Los sepulcros del infante don Felipe de Castilla y de su segunda esposa de Villalcázar de Sirga, en Palencia

La iglesia de Santa María la Blanca, destacada en el horizonte en medio de la pequeña localidad de Villalcázar de Sirga, en Tierra de Campos palentina, es uno de los templos más relevantes del Camino de Santiago a su paso por tierras castellanas, convertido en una de sus paradas de más devoción en la Edad Media por la fama de su Virgen titular y hoy visitado por miles de peregrinos y turistas.

Como ya nos recreamos hace unos días visitándola con detenimiento en este enlace que podéis abrir, ahora nos queda conocer con detalle de los Sepulcros del infante don Felipe de Castilla de Suabia († 1274) y de su segunda esposa, fechados en el último cuarto del siglo XIII.

Sepulcros del infante don Felipe de Castilla y de su segunda esposa (1)

Estas excepcionales obras de la escultura medieval están en la actualidad, aunque esa no fue su ubicación original, en la Capilla de Santiago, erigida en el siglo XIV ocupando un tramo del transepto de la Epístola y construyendo otro más adosado a éste, gracias a la financiación de un caballero de la Orden de Santiago, enterrado en el tercer sarcófago del ámbito, que tiene planta rectangular de dos tramos cubierto con bóvedas de combados cuyos nervios apoyan en esbeltas columnas con capiteles con el escudo y la cruz de la Orden y con un gran rosetón que ilumina todo el transepto.

Bóvedas de combados de la Capilla de Santiago y rosetón

Sepulcros de la Capilla de Santiago

Don Felipe era el quinto hijo de Fernando III el Santo y doña Beatriz de Suabia, nacido en 1231, y su vida siempre estuvo condicionada por la primogenitura de su hermano, Alfonso X el Sabio. Criado por orden de su abuela, la reina Berenguela de Castilla, por don Rodrigo Jiménez de Rada, después arzobispo de Toledo, su formación fue orientada hacia la carrera eclesiástica y recibió una esmerada educación en París, donde fue alumno de san Alberto Magno. Con sólo quince años ya era obispo de Osma, con dieciocho, tras la conquista de Isbiliya por su padre, fue nombrado procurador de la archidiócesis de Sevilla y pocos años después, en 1254, ya era obispo de la misma, acumulando también, entre otros, los cargos de abad de la Colegiata de santa María de Valladolid y de la Colegiata de San Cosme y San Damián de Covarrubias.

Pero en 1258, y con la oposición inicial del rey, su hermano, abandonó la carrera eclesiástica y contrajo matrimonio, a propuesta del propio Alfonso X, con la princesa Cristina de Noruega, hija del rey Haakon IV, concediéndosele varios señoríos y posesiones. Tras la muerte de su primera esposa en 1262, enterrada en la Colegiata de Covarrubias, don Felipe contrajo matrimonio con otra dama, que es la que está enterrada con él en Villasirga, y de cuya identidad se tienen todavía dudas.

A la muerte de ésta en 1265, el infante contrajo un tercer matrimonio con doña Leonor Rodríguez (o Ruiz) de Castro, hija de don Rodrigo Ponce de Castro, señor de Cigales, Mucientes y Santa Olalla, y de doña Leonor González de Lara.

Durante mucho tiempo se pensó que era precisamente doña Leonor la enterrada junto a don Felipe. Pero Faustino Menéndez-Pidal, después de un estudio de la heráldica, en la que además de los escudos del infante, cuartelados de leones y águilas y la cruz del Temple, aparecen otros con jaquelado y panelas, observó que éstos no corresponden a los de doña Leonor sino a los Girón-Cisneros, entonces señores de Villasirga, y Guevara, y conjeturó que la dama allí enterrada podría ser su hija ilegítima Beatriz Fernández (consta documentalmente que tuvo también otros dos hijos ilegítimos). Además, hoy se sabe que doña Leonor, fallecida en 1275, un año después de su marido, fue sepultada junto al hijo de ambos, el infante don Felipe de Castilla y Rodríguez de Castro, fallecido de niño, siguiendo sus propias disposiciones testamentarias, en la iglesia del convento de calatravas de San Felices de Amaya, en Burgos, vinculado a su familia.

En el documento en el que doña Leonor pedía dispensa papal para contraer matrimonio con don Felipe por sus lazos de consanguineidad se dice que hace lo mismo que la segunda esposa del infante, a la que llama “Inés”. En este sentido, Ángela Franco la identifica con doña Inés Rodríguez Girón, y dice que era hija de don Rodrigo González Girón, que había sido mayordomo de Fernando III, señor de Frenchilla, Cisneros y Autillo de Campos, y de su segunda esposa, doña Teresa López de Haro, de ahí la presencia de los jaqueles de la familia Girón-Cisneros y las panelas del linaje Guevara. Pero también hay dudas respecto a esta identificación porque las genealogías no informan de que don Rodrigo tuviera una hija con ese nombre. Así, a día de hoy y a falta de otras investigaciones, lo único que parece que pueda decirse con seguridad es que la dama se llamaba Inés y pertenecería, dados los blasones que la acompañan, a la familia Girón-Cisneros.

La vida del infante estuvo marcada por los constantes conflictos con su hermano, el rey, pues el abandono del concepto primus inter pares de éste buscando acaparar todo el poder en la corona generó constantes luchas con una nobleza que quería conservar su poder y estaba descontenta con los escasos señoríos y propiedades que recibía de los repartos de las tierras conquistadas a Al-andalus, un malestar que derivó en una rebelión en la que también participó una familia real que había perdido la mayoría de los señoríos heredados de Fernando III, que incluso condujo a la ejecución del infante don Fadrique, hermano de Alfonso X y de don Felipe, y que terminó con una concordia firmada en 1273 que obligó a Alfonso X a poner freno a su concepto de monarquía en favor de una nobleza que salió reforzada del conflicto, una debilidad real que terminó con su destronamiento en la guerra civil de 1282-1284 y el ascenso al trono de su hijo, Sancho IV. Pero el infante don Felipe no vivió estos últimos acontecimientos porque había muerto el 28 de noviembre de 1274, con 43 años de edad, poco después de terminada la revuelta nobiliaria, después de solicitar su ingreso en la Orden del Temple y disponer su enterramiento en la iglesia de Santa María de Villasirga, donde ya estaba enterrada su segunda esposa.

La elección del lugar habría que ponerla en relación con la fama devocional conseguida por su Virgen gracias a la popularidad dada a sus milagros a través de las Cantigas de su hermano y por el carácter de única encomienda templaria al norte del Duero.

Ambos sepulcros son exentos, están realizados en piedra, conservan gran parte de su policromía en rojos, azules y blancos, y muestran laudas con los difuntos yacentes ricamente ataviados, con la cabeza apoyada en tres almohadones, privativos de personajes de elevada categoría social, y enmarcados por dos columnillas con capiteles que sujetan un dosel con castilletes sobre su cabeza.

Detalle de los yacentes

Yacentes (2)

Él, con rostro afeitado, lleva el bonete ornamentado utilizado por la realeza y viste bata interior azul, túnica granate con castillos y águilas y manto real rodeado de una cenefa con los mismos motivos heráldicos sujeto en el pecho con trabillas y cordones. Tiene los brazos sobre el pecho, empuñando la espada con la mano derecha en alusión a su condición militar, y sosteniendo un halcón con la izquierda en alusión a la cetrería, práctica popularizada en Castilla por Beatriz de Suabia y Alfonso X que, junto a la montería, eran privilegio exclusivo de la nobleza. Cruza la pierna derecha (mutilada) sobre la izquierda, convencionalismo para señalar su procedencia noble, y a sus pies aparece un perro, el sepulcro de la Corona de Castilla conservado más antiguo en el que aparece este animal, junto a dos conejos. Los flancos de la lauda están recorridos por motivos heráldicos en los que se alternan los blasones familiares con cruces rojas de los templarios, símbolo de la relación del infante con la Orden del Temple, uno de sus grandes benefactores, quizá como agradecimiento al refugio que le brindaron durante sus enfrenamientos con su hermano, el rey Alfonso X.

Ella lleva un alto tocado ornamentado sujeto con barbuquejo y cinta rizada cubriéndole los labios y viste una lujosa túnica larga adornada con cintas con los blasones familiares y los brazos cruzados a la altura del pecho sujetando una panela, motivo heráldico familiar.

En cuanto a las cajas, apoyadas sobre cuatro leones en las esquinas, que denotan el carácter real de los enterramientos, y dos grifos centrales, se organizan mediante arcos trilobulados abarcados por otros apuntados con castilletes, que simbolizan una ciudad, reminiscencia románica que vemos, por ejemplo, en el Cenotafio de los santos Vicente, Sabina y Cristeta, en las enjutas y de los que asoman rostros doloridos, bajo los que se representan el cortejo fúnebre y las exequias, ceremonias multitudinarias presenciadas por todos. Cada cara también está enmarcada por la orla que también aparece en la tapa sepulcral en la que se alternan las cruces templarias y los blasones de don Felipe en su condición de hijo de Fernando III y Beatriz de Suabia.

El sepulcro de don Felipe narra las exequias del infante concediendo una importancia relevante al cortejo fúnebre y conformando la mejor y más antigua representación medieval conservada del “planto caballereso”, quizá basado en el que figuraba en el sepulcro de don Rodrigo González Girón (¿su suegro?), enterrado en el monasterio cisterciense de Santa María de Benavides, en Bohadilla de Ríoseco, Palencia, obra firmada por Roy Martínez de Bureba y que lamentablemente sólo conocemos por una detallada descripción de una fuente de fines del siglo XVI. Además, el uso de ciertas recetas concretas, como la innovadora solución de desarrollar la narración en los cuatro lados del sarcófago, también revelan el conocimiento de miniaturas por parte de los escultores.

“El sepulcro es todo alrededor labrado, de muchas figuras relevadas y con colores, y en el quadro primero de los dos pequeños que mira a la parte del coro, está don Rodrigo González acostado en la cama, ayudándole a morir el Abad y ciertos religiosos bernardos, y en lo alto dos ángeles que en una toalla llevan su ánima al cielo. En medio del quadro mayor de mano derecha está una dueña cubierta con un manto negro, que representa a doña Berenguela López, su muger, y de una parte sus criados, y de la otra sus criadas mesándose sus cabellos en señal de dolor. Y en medio del quadro ygual al este de mano yzquierda, está un ataud sobre una mesa, y de la una parte mucha clerecía con una cruz alta y velo, y de la otra abades bernardos y benitos con los religiosos de su orden, y de San Francisco y Santo Domingo, que entonces comenzaban a florecer. En el quadro pequeño que mira al altar mayor se ve un caballo encubertado de unos paramentos largos, llenos de escarques de oro y colorados, con criados de una parte y de la otra mesándose, entre los quales hay un negro haziendo lo mismo. La piedra que dijimos cubrir este sepulcro, tiene en medio de sí una gran figura de hombre tendido a la larga en representación de don Rodrigo, que es un caballero sin barba y con cabello, según el uso antiguo, y cubierto de una capa asida con una chía por la parte delantera. En rededor de esta piedra, que tendrá de grueso más de cuatro dedos, ay dos renglones de letras grandes esculpidas en ella, declarando el nombre y calidad del varón que está allí sepultado. Agradó tanto esta suntuosa obra a su artífice, que dejó en ella puesto su nombre que es Roy Martínez de Bureba y de Bame en el fin del epitafio (…)”. (3)

Siguiendo casi miméticamente lo descrito, en el lado menor de la cabecera del sepulcro del infante se representan sus últimos momentos, tumbado en su lecho cogiendo la mano de su esposa y rodeado de religiosos. La narración de los hechos que suceden al fallecimiento comienza en el lado menor a los pies de la caja, donde aparece una abigarrada escena con el portaestandarte y un heraldo con un pendón caudal, privativo de quién acaudilla a los hombres en el combate, invertido, en señal de duelo, abriendo una comitiva seguida de un grupo de personajes a pie que hacen sonar bocinas de caza, también en señal de duelo, tras los que aparece el caballo del infante con la cola recortada, lo mismo que el resto de caballos del cortejo, siguiendo una antigua tradición castellana, ricamente engalanado con gualdrapas decoradas con su heráldica, una señal de la importancia de la cabalgadura en esa época, y el escudo a la funerala, boca abajo, pendiendo del animal. Detrás del caballo hay otro grupo de personajes mesándose los cabellos en señal de dolor.

Caballo de don Felipe

El caballo con el escudo a la funerala, aunque lo más habitual era que la representación se centrara en la parte escatológica de la ceremonia, la muerte y el enterramiento, también lo encontramos en otros sarcófagos de zonas próximas de entre fines del siglo XIII y comienzos del XIV, como en tres procedentes de Santa María de Palazuelos en Valladolid, uno de ellos expuesto en el Museo Diocesano, uno de Santa María de Matallana, todos ellos en uno de los lados menores, igual que en el mencionado perdido de Santa María de Benavides, o uno de Santa María de la Vega, cerca de Carrión de los Condes, hoy en el Museo de Palencia, esta vez en uno de los lados mayores, y también es una escena propia de otros sarcófagos de la corona de Aragón, una ceremonia con orígenes en la celebración romana funus imperatorum protagonizada por los miembros de la orden ecuestre de un caudillo difunto y en la que, tras la inhumación, el escudo que portaba el caballo, normalmente realizado especialmente para la ocasión, quedaba depositado cerca del sepulcro, de ahí la presencia de escudos colgados en las capillas funerarias. La ceremonia podía completarse con otra particular manifestación de duelo mientras el cadáver era inhumado consistente en batir sus escudos produciendo un ruido ensordecedor hasta que se rompían.

Caballo con escudo a la funerala en uno de los sarcófagos de Santa María de Palazuelos, hoy en el Museo Diocesano de Valladolid

Sepulcro de ¿Gómez Ruiz Manzanedo? del Monasterio de Santa María de la Vega, hoy en el Museo de PalenciaA la derecha aparece el caballo del difunto con el escudo a la funerala

La representación de este magnífico cortejo se continúa por uno de los lados mayores. El caballo va seguido por dos pajes y tres escuderos a caballo con los escudos hacia abajo en señal de luto y que también se mesan los cabellos o se arañan el rostro, que en algunos casos están tiznados, todos gestos de dolor y luto pero también de teatralización y espectacularización presente en las ceremonias de adiós de los personajes ilustres. Van precediendo el paso del ataúd cerrado y oculto bajo un tejido rojo llevado en andas por tres escuderos y otros tres como relevo que también se mesan los cabellos. Detrás del ataúd aparece la viuda a caballo vestida de negro en señal de luto y con el rostro oculto mediante un largo velo porque no era propio de las clases altas exteriorizar excesivamente sus sentimientos. Va acompañada de dos damas con hábitos monacales y escoltada por tres caballeros.

Representación del cortejo fúnebre en el Sepulcro de don Enrique (2)

Detalle del cortejo con la viuda a caballo (2)

Detalle del cortejo con el traslado del féretro (2)

Para terminar, el otro lado mayor del sarcófago se centra en la parte escatológica, la ceremonia religiosa, con la liturgia fúnebre y la inhumación del cadáver en el sepulcro, que en este caso tiene mucho menos protagonismo que la exaltación civil. El féretro del infante aparece rodeado de prelados, abades y el oficiante con capa pluvial, la viuda junto a sus damas de honor, sus dueñas y las plañideras, cuatro caballeros del Temple, cuatro religiosos de las órdenes franciscana, agustina, cisterciense y benedictina en actitud de cantar en los responsos… mientras los sirvientes se disponen a cerrar el ataúd. La presencia de los monjes de distintas órdenes está en relación con su valor como salvoconductos de salvación y la de los caballeros templarios está recordando la pertenencia de la localidad y la vinculación del propio infante con la Orden.

Ceremonia religiosa en el Sepulcro de don Felipe

Detalle del féretro del infante representado en su propio sepulcro

El sepulcro de doña Inés es más pequeño y no tiene labor escultórica en sus lados menores, pero las escenas de los mayores siguen la misma tónica que las del sepulcro de su esposo, con arquerías trilobuladas inscritas en arcos apuntados que albergan la representación de las exequias, con una escena central más ancha que las demás en la que aparece la muerte de doña Inés y otras con el cortejo fúnebre presidido por un obispo con un báculo y varios acólitos, personajes a pie y a caballo, clérigos, plañideras y niños mesándose los cabellos…

Sepulcro de doña Inés

Detalle del sepulcro de doña Inés

Basándose en sus características estilísticas, históricas e iconográficas, hay estudiosos que defienden que fueron obra de un taller palentino activo después de 1260 aunque otros retrasan la ejecución hacia 1300, pudiendo ser anterior el del infante que el de doña Inés.

Como autores de estas dos obras escultóricas se han propuesto a Pedro Pintor, relacionado con algunos sepulcros procedentes del Monasterio de Santa María de Aguilar de Campoo, como el Sepulcro de doña Inés Rodríguez de Villalobos, hoy en el Museo Arqueológico Nacional, o a Roi Martinez de Burueva, autor del mencionado desaparecido Sepulcro de Rodrigo González Girón, con los que los sepulcros de Villasirga debía guardar muchas similitudes.

Sepulcro de doña Inés Rodríguez de Villalobos del monasterio de Santa María de Aguilar de Campoo, hoy en el Museo Arqueológico Nacional (4)

Pero parece ser que éstos son posteriores, quizá de Antón Pérez de Carrión, que en 1292 firma el Sepulcro de don Nuño Díaz de Castañeda del Monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo, y al que muy recientemente también se le han podido atribuir cinco sepulcros de la familia Téllez de Meneses en el monasterio de Santa María de Palazuelos, Valladolid, del que fueron fundadores, repartidos en el propio monasterio y en el Museo Diocesano de Valladolid, gracias a la localización de una inscripción en uno de los conservados en Palazuelos en la que se lee:

AQUÍ YACE GONCAL IVANE… DE DON IVAN AL- FONSO: DIOS LE PERDONE. ERADE MIL E CCCXXX ANTÓN PÉREZ ME FECIT AIA (5)

Sepulcro de un miembro de la familia Téllez en Santa María de Palazuelos

Detalle de un sepulcro de otro miembro de la familia Téllez de Meneses de Santa María de Palazuelos, hoy en el Museo Diocesano de Valladolid

La fecha se corresponde con el año 1292, la cronología asignada a todo el grupo, y también pertenecerían a su taller otros cuatro sarcófagos de similares características procedentes del monasterio de Matallana, también fundación de los Téllez de Meneses, hoy conservados en el Museu Nacional d’Art de Catalunya. De todos modos, los de Villasirga presentan mayor calidad formal y estilística, sobre todo si los comparamos con el que parece ser el primero de la serie, el de Castañeda de Aguilar de Campoo.

En cuanto al comitente de las obras de Villasirga no hay unanimidad y se baraja que podría haber sido un encargo dejado por el propio infante antes de su muerte, de su tercera esposa en la última etapa del gobierno alfonsí, o de una hija ilegítima (¿Beatriz Fernández?) ya en época de Sancho IV y dentro de una política llevada a cabo por el nuevo monarca de revitalización de los “nobles rebeldes” que lo apoyaron en la rebelión contra su padre.

Lo cierto es que en la iconografía del túmulo de don Felipe pueden observarse modus de la realeza que parecen tener la intención de dejar constancia de la disidencia política en la que participó el infante. Así, aunque el tema de las exequias fue común en la escultura gótica castellana de los siglos XIII y XIV, con secuencias como el reparto de limosnas, los responsos o las plañideras, el sepulcro de don Felipe destaca porque el cortejo fúnebre, un acontecimiento con el que se exaltaba el rango del difunto, adquiere gran protagonismo, una ceremonia representada con multitud de asistentes que busca magnificar la grandeza del finado y equipararla a la intensidad de las honras fúnebres reales, con gestos de dolor, rostros compungidos y hasta arañados que no se limitan a las plañideras sino que afectan a todos los asistentes menos a la viuda, que adopta una actitud mesurada, con el rostro bajo una toca y un largo velo, un comedimiento propio de las clases altas, y los cuatro miembros de las órdenes religiosas y los templarios, en un impresionante acontecimiento público que se desarrolla por la ciudad que en las Partidas de Alfonso X el Sabio y en las Crónicas de la época quedaba reservado exclusivamente a los decesos reales.

En este mismo sentido de insolencia hacia su hermano, Alfonso X, podría interpretarse la forma en la que el yacente sujeta la espada, pues aunque lo habitual era que ésta apareciera en actitud de parada, con el filo sobre el suelo, de forma que el arma se asemejara a una cruz, don Felipe la porta levantada, otro gesto de la realeza que vemos en algunas efigies de la galería de monarcas del Alcázar de Segovia o en la escultura de su propio padre en la desaparecida Capilla Real sevillana.

El infante con la espada levantada (6)

Detalle de la Galería de monarcas en el Alcázar de Segovia (7)

Además, el pendón que aparece ante el caballo del infante ha sido identificado por otros autores como el posadero en vez del caudal, descrito en las Partidas como “ancho contra el asta e agudo facia los cabos”, advirtiéndose en ellas que en tiempo de paz y a diario sólo el rey debía llevarlo, aunque es posible que en el tiempo en el que se labró el sepulcro su uso en los funerales fuese exclusivo de la casa real. Lo cierto es que poco después ya se extendió a toda la nobleza castellana.

También se cree que la ubicación original de ambos sepulcros fue en el coro a los pies del templo, uno de los espacios preferidos para enterramientos de la nobleza como lugar en el que se cantaba perpetua y solemnemente el oficio divino a imitación de la corte celestial, incluyendo el rezo de las Horas desde el siglo X y el oficio de difuntos, en una escenografía que se completaría con una talla mariana convertida en punto focal del conjunto, a imagen del enterramiento de su padre, Fernando III, en la desaparecida Capilla Real de la catedral de Sevilla, aunque hubo que retirarlos de ahí ante el inminente derrumbe de esa zona de la iglesia tras los destrozos provocados por el terremoto de Lisboa en 1755.

Este deseo de vinculación con su progenitor y con la ascendencia de su linaje también parece estar presente en la lauda en latín en su tapa sepulcral, que se centra exclusivamente en su condición de hijo de rey y no hace referencia alguna a su hermano Alfonso X.

Era: millesima: trecentissima: duocedima: iiii kalendas: mensis: decebris: vigilia: beatisaturnini: obiit: dominus: filipus: infans: vir: nobilisimus: filius: regius: domini: fernadi: pater: cuius: sepulta: est: ispal: s: cuius: aia: reqescat: inpace: am: filius: vero: iacet: hic: ineccabea: temarie: devilesirga: cuius: oipoteti: deo: et: santisoiba: comedetur: o qit… it: c…: … et… dicat: pater; nr…ae … maria (8)

(en la era de 1312, el día cuarto de las calendas de diciembre (28 de noviembre de 1274), víspera de San Saturnino, murió el infante Felipe, varón nobilísimo, hijo del rey don Fernando cuya sepultura está en Sevilla y cuya alma descanse en paz. Amén. Su hijo yace aquí, en la iglesia de Santa María de Villasirga; sea su alma encomendada a Dios omnipotente y a todos los santos (...). Recemos todos un Padre Nuestro y un Ave María) (9)

En cuanto al arco trilobulado acastillado a modo de dosel que cubre a la figura, aunque se ha argumentado que es una fórmula utilizada en sepulcros del taller palentino, parece otro evidente signo de distinción de nuevo en paralelo con su padre, pues en su espacio fúnebre sevillano éste estaba colocado bajo un palio de orfebrería.

En este mismo sentido este gran desarrollo de la ceremonia civil fue calificado por Joaquín Yarza como

“una provocación de insolencia nobiliaria sin parangón en ese momento en Castilla o León… Su sepulcro es paradigma de la desacralización de un aristócrata”

Los sepulcros han sido abiertos en numerosas ocasiones a lo largo de los siglos y la capa del infante, una pieza elaborada con un tejido almohade del siglo XIII, después de que en 1844 fuera trasladada al Palacio Real de Madrid por orden de Isabel II junto a otros restos textiles de los mismos sepulcros, hoy se encuentra, en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, que conserva el trozo más grande, expuesto junto al bonete, la daga y el cojín mortuorio de doña Inés, en el Victoria & Albert de Londres, en el Instituto Valencia de Don Juan de Madrid, en el Cooper Union Museum for the Arts of Decoration de Nueva York, en el Museo de la Cámara de Comercio y de Industria de Lyon, en el Art Institute of Chicago y en el Museo Real de Arte e Historia de Bruselas.

Por lo que ha podido conservarse y estudiarse, las vestiduras del cadáver eran muy similares a las de la representación del yacente, un juego metafórico premeditado buscando resaltar el linaje de don Felipe.

Y aquí termino con los sepulcros , pero si queréis "pasearos" por la magnífica iglesia de Santa María la Real de Villalcázar de Sirga, podéis abrir este enlace.

Si todavía queréis seguir por Palencia en Viajar con el Arte, están en este otro enlace.

Imágenes y referencias ajenas:

(2) ANTOLÍN FERNÁNDEZ, J. E., “Villasirga”, Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses, nº 30, 1971, p. 157 y ss.
(3) FERNÁNDEZ, L., “Colección diplomática del Real Monasterio de Santa María de Benavides (Boadilla de Rioseco-Palencia)”, Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses, nº 20, 1959, pp. 153-154.
(5) BALADO PACHÓN, A. y MARTÍNEZ GARCÍA, A., “Recientes excavaciones arqueológicas en el monasterio de Santa María de Palazuelos (Valladolid)”. En WATTEMBERG GARCÍA, E. (coord.), Conocer Valladolid. VIII Curso de patrimonio cultural 2014/2015, Valladolid, Ayuntamiento de Valladolid, 2015, pp. 37-52.
(8) PÉREZ MONZÓN, O., “La procesión fúnebre como tema artístico en la Baja Edad Media”, Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte, UAM, vol. 20, 2008, nota 53.
(9) Traducción en FRESNEDA GONZÁLEZ, Mª N., Atuendo, aderezo, pócimas y ungüentos femeninos en la Corona de Castilla, (siglos XIII y XIV), Tesis doctoral UCM, 2013, p. 165.

Fuentes:

ANTOLÍN FERNÁNDEZ, J. E., “Villasirga”, Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses, nº 30, 1971, p. 157 y ss.
BALADO PACHÓN, A. y MARTÍNEZ GARCÍA, A., “Recientes excavaciones arqueológicas en el monasterio de Santa María de Palazuelos (Valladolid)”. En WATTEMBERG GARCÍA, E. (coord.), Conocer Valladolid. VIII Curso de patrimonio cultural 2014/2015, Valladolid, Ayuntamiento de Valladolid, 2015, pp. 37-52.
ESPAÑOL, F., "El "còrrer les armes". Un aparte caballeresco en las exequias medievales hispanas", Anuario de Estudios Medievales, 37-1, 2007, pp. 867-905.
FERNÁNDEZ, L., “Colección diplomática del Real Monasterio de Santa María de Benavides (Boadilla de Rioseco-Palencia)”, Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses, nº 20, 1959, pp. 141-193.
FRANCO MATA, Á., “Imagen del yacente en la Corona de Castilla (ss. XIII-XIV), Boletín del MAN, nº 20, 2002, pp. 121-143.
FRANCO MATA, Á., “Iconografía funeraria gótica en Castilla y León (siglos XIII y XIV)”, De Arte, nº 2, 2003, pp. 47-86.
FRESNEDA GONZÁLEZ, Mª N., Atuendo, aderezo, pócimas y ungüentos femeninos en la Corona de Castilla, (siglos XIII y XIV), Tesis doctoral UCM, 2013.
HERNANDO GARRIDO, J. L., “Apuntes sobre la caza en el Arte Medieval Hispano”, Codex Aquilarensis, nº 19, 2003, pp. 103-126.
INCLÁN e INCLÁN, R., “Sepulcro de la Infanta Doña Leonor, segunda mujer del Infante Don Felipe”, Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo 75, 1919, p. 143-184.
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MARTÍNEZ GIL, F., La muerte vivida. Muerte y sociedad en Castilla durante la Baja Edad Media, Toledo, 1996.
PÉREZ MONZÓN, O., “La procesión fúnebre como tema artístico en la Baja Edad Media”, Anuario del Departamento de Historia y Teoría del Arte, UAM, vol. 20, 2008, pp. 19-30.
PÉREZ MONZÓN, O., “La imagen del poder y el poder de la imagen. Alfonso X de Castilla y el infante don Felipe”, Nuevo Mundo Mundos Nuevos [En ligne], Colloques, mis en ligne le 30 juin 2009, consulté le 01 novembre 2016.
PÉREZ MONZÓN, O., “Ceremonias regias en la Castilla Medieval. A propósito del llamado Libro de la coronación de los reyes de Castilla y Aragón”, Archivo Español de Arte, LXXXIII, 332, octubre-diciembre, 2010, pp. 317-334.
POLERÓ, V., Estátuas tumulares de personajes españoles de los siglos XIII al XV, Madrid, 1903, p. 13-17.
RUBIO SALÁN, A., “Breve noticia de Villalcazar de Sirga y de su templo”, Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses, nº 8, 1952, pp. 27-48.
SÁNCHEZ AMEIJEIRAS, R., “Un espectáculo urbano en la Castilla medieval: las honras fúnebres del caballero”, El rostro y el discurso de la fiesta, Santiago de Compostela, 1994, pp. 141-157.
SUÁREZ SMITH, C. y SANTOS RODRÍGUEZ, R. Mª de los, “Investigación museológica acerca de los fragmentos de tejido pertenecientes a la capa del infante Don Felipe (s. XIII)”, Boletín de la ANABAD, nº 47, 1,  Madrid, 1997, pp. 161-164.
TORRES BALLESTEROS, N., “La muerte como aspecto de la vida cotidiana medieval: los sepulcros de Villasirga”. En AGUILERA CASTRO, Mª C. (coord.), Vida cotidiana en la España medieval. Actas del VI Curso de Cultura Medieval celebrado en Aguilar de Campoo del 26 al 30 de septiembre de 1994, Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real, 1998, pp. 427-456.

Comentarios

Calamidad ha dicho que…
¡Qué decirte, Sira! Pues por lo menos lo agradecida que te estoy por estos tres últimos posts sobre las maravillas escondidas de Palencia.
Como podrás intuir, dada mi afición funeraria, estos dos sepulcros de los que escribes en este magnífico artículo me tienen robado el corazón desde bien pequeña, cuando era típico en mi familia ir a comer lechazo asado a Villalcázar algún que otro domingo (espero que vosotros también disfrutárais del arte gastronómico de la zona).
Yo les tengo pendientes de estudio en mi "to do list". Es una pena que no te dejen entrar en la capilla para disfrutarlos bien de cerca. O una suerte porque con lo dados que somos los humanos a toquetearlo todo (y últimamente al selfie absurdo), quedaría aún menos de la policromía.
De veras, ¡millones de gracias!
Anónimo ha dicho que…
Si quieres fotos con detalles de los sepulcros, he estado varias veces en el interior de la capilla y tengo algunas que no son las típicas de las guias turísticas. Um saludo
Sira Gadea ha dicho que…
Muchas gracias por tu ofrecimiento, Anónimo. Estaría encantada de poder contar con tus fotografías ¿cómo podrías hacérmelas llegar?
Sira Gadea ha dicho que…
Estos sepulcros son joyas absolutas del arte funerario y muy especiales por lo que narran. A mí también me han enamorado, Marisa. No me extraña que desde pequeña te tuvieran fascinada. Ha sido todo un honor poder dedicar estos artículos a tu emocionante tierra palentina. Todavía tengo alguna más pendiente. Ahora ando enfrascada con Aguilar de Campoo, justito justamente. Un abrazo enorme.
Anónimo ha dicho que…
luisjasan31@gmail.com Te dejo mi correo electrónico por si es de tu interés. Un saludo
Calamidad ha dicho que…
Puff, pues con lo lejos que ahora estoy de mi amada tierra de Aguilar, seré feliz de pasearme por tu blog, que será, seguro, como perderme por allí (¿Santa María la real, tal vez...? ;-D).
Muchos, muchos besos.
Calamidad ha dicho que…
Por cierto, de haber seguido por allí, habría estado encantadísima de hacerte de guía, aunque seguro que me habrías enseñado tú más a mí que yo a ti. Ojalá coincidiéras con César del Valle que sabe latín de todo lo que tiene que ver con el arte de mi pueblo.
enrique ha dicho que…
La provincia de Palencia es muy agradecida y campo abonado para tus maravillosas entradas, Sira.

Abrazos.
Sira Gadea ha dicho que…
Palencia es mucho Palencia, sí señor.
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