La fundación del Monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce por Guzmán "El Bueno" y su etapa cisterciense

El Monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce, uno de los conjuntos monumentales más importantes de la provincia de Sevilla, se ubica a unos siete kilómetros de la capital, en una loma en la margen derecha del Guadalquivir, dominando su valle y las primeras estribaciones de Sierra Morena y del Aljarafe, a la vera de la calzada romana de la “Vía de la Plata”, que unía Hispalis (Sevilla) e Italica (Santiponce) con Emerita Augusta (Mérida), Legio Septima Gemina (León) y Cantabria, convertida en la Edad Media en el “Camino Mozárabe”, el utilizado por los peregrinos a Santiago de Compostela desde Andalucía.

Fachada oriental del monasterio de San Isidoro del Campo (1)

Con la conquista de Sevilla a los musulmanes y el reparto de tierras, el lugar conocido como “Talca” o “Sevilla la Vieja” y la villa de Santiponce, en las inmediaciones de la antigua ciudad romana de Itálica, les correspondieron a Guy Martínez y Nuño Yáñez, a quienes se los compró don Alonso de Molina, hermano de Fernando III. De él pasaron a su hija, doña María de Molina, que se casó con Sancho IV, pero a la muerte del monarca, la delicada situación política que se generó ante la minoría de edad de Fernando IV, la falta de legitimidad pontificia del matrimonio y los deseos del infante don Juan, hermano del monarca fallecido, de hacerse con la corona, doña María se vio obligada a vender parte de sus posesiones patrimoniales para recuperar lo que el usurpador había tomado en el Reino de León.

Don Alonso Pérez de Guzmán “El Bueno” y doña María Alonso Coronel compraron estos lugares y en 1298 consiguieron un Privilegio de Fernando IV para cederlos a la orden que ellos decidieran y fundar un monasterio, la primera institución monástica andaluza que no fue de patrocinio real, en el lugar donde la tradición decía que había existido un oratorio bajo la advocación de San Isidoro levantado donde el santo había construido un colegio y una iglesia, lugar de culto para los mozárabes, en la que habrían reposado los restos del santo arzobispo sevillano hasta su traslado a la Colegiata de San Isidoro de León en 1062.

“(…) Tengo por bien que el moesterio que uso ffasedes a sant esidro, que es en Sevilla la vieia que sea de qual orden uso quisierdes et que seades patron del uso e los que uenieren de uuestro linage para siempre iamas. Et que lo podades adoctar e heredar de uuestros bienes e de uuestros heredamientos asi de lo de ssarti pons como de quiern quier al que vos ayades en quanto uso quisierades (…)”. (Privilegio concedido por Fernando IV en 1298. Transcrito por José Gestoso y Pérez)

En cuanto al origen de la palabra “Santiponce”, hay varias versiones. Unos dicen que procede de San Ponzio o Ponziano, otros la relacionan con Santipozo en relación con el pozo de una de las historias de San Isidoro para valorar la constancia, igual que la cuerda hace mella en la piedra del brocal al pasar por ella cada vez que se saca agua, otros la relacionan con el mártir San Geroncio y otros la relacionan con la ciudad turdetana de Sancios.

El matrimonio decidió entregar la heredad a los monjes cistercienses de San Pedro de Gumiel de Hizán, en Burgos, dependientes de Morimond y vinculados a la familia de los Guzmanes burgaleses.

El Císter fue creado a fines del siglo XI por un grupo de trece monjes benedictinos encabezados por Robert de Molesme, que fundaron un monasterio alejado del benedictino de Cluny, en un lugar llamado Cistercium en latín, de donde proviene el nombre, o Cîteaux en francés, puesto bajo la advocación de la Virgen, buscando reencontrarse con la soledad y pobreza que preconizaba la Regla de san Benito y que los benedictinos vivían de forma muy relajada, abandonando casi por completo el trabajo manual para poder cumplir con las múltiples funciones litúrgicas destinadas a reyes, abades y benefactores a las que se habían comprometido a cambio de importantes donativos.

La fundación de la nueva orden propiamente dicha se debió a los sucesores de Robert de Molesme, los abades Albéric y Stephen Harding, que adoptaron, para diferenciarse de los monjes benedictinos, con hábito negro, el color blanco para sus vestiduras, de ahí que también se les empezara a llamar “monjes blancos”. Pero la expansión de la misma se produjo gracias a la fuerte personalidad de Bernard de Fontaine, monje de Cîteaux que en 1115 fundó el monasterio de Clairvaux, de ahí que se le conozca como Bernard de Clairvaux, Bernardo de Claraval en español, formando una de las cuatro ramas del tronco común de Cîteaux junto a La FertéPontigny y Morimond, de las que surgieron el resto de monasterios cistercienses. En 1153, a la muerte de san Bernardo, ya eran trecientos cuarenta y tres establecimientos diseminados por toda Europa, alimentados por abundantes vocaciones a pesar de la austeridad de vida, la escasa alimentación, los ayunos, la oración y la penitencia que caracterizaban su vida monástica.

Ceremonia de entrada de Bernar de Fontaine, el único con aureola de santidad, y sus compañeros en Citeaux en una miniatura del manuscrito Mirior Historical de Vicent de Beauvais (siglo XV) en el Musée Condé de Chantilly (2)

Citeaux y la fundación de las cuatro primeras abadías en una miniatura del Commentaire sur L'Apocalypse del franciscano Alexandre de Brême (1256-1271) de la University Library de Cambridge (2)

Los cistercienses llegaron a la Península Ibérica poco antes de mediados del siglo XII gracias al apoyo de la realeza como forma de asegurar los territorios que se iban conquistando a los musulmanes, a través de las fundaciones de FiteroSobrado de los MonjesOseira o Santa María de Moreruela.

La elección de los emplazamientos quedo ya fijada en el Capítulo General del Císter de 1134 donde se estableció deliberadamente que no se construyeran en ciudades, villas o castillos sino en sitios apartados y que no estuvieran sobre tumbas de santos que pudieran atraer peregrinos, teniéndose que establecer en valles reducidos, solitarios y cerrados para que el alma se reconcentrara en sí misma, algo que no se cumplió en San Isidoro del Campo, la fundación de la orden más al sur de la Península Ibérica, pues en su emplazamiento la tradición decía que había estado la tumba de san Isidoro.

El nuevo monasterio de Santiponce se conformó como un señorío completo, igual que los señoríos de las órdenes militares, con la justitiam et merum imperium, tanto en lo espiritual, pues la Iglesia Hispalense reconoció su carácter de jurisdicción exenta, al margen de la autoridad diocesana, como en lo temporal, con un abad con el poder espiritual equiparable al de un obispo y conformado como señor feudal del Señorío de Santiponce y de Sevilla la Vieja, recibiendo sus rentas y con potestad para nombrar al alcalde y control sobre el horno, la botica, el molino, el mesón, el médico, el cirujano…

Las ruinas de la ciudad romana de Itálica, con cascotes, sillares y muros, se convirtieron en una fuente de ingresos como cantera de materiales de construcción, entre los que destacaron los abundantes mármoles con los que se fabricaba cal, iniciándose un constante despojo que no finalizó hasta época relativamente reciente.

Vista aérea de Itálica y Santiponce (3)

La estructura y distribución en San Isidoro fue la habitual de los monasterios medievales, con iglesia, que tampoco adoptó los cánones cistercienses al ser de nave única y de dimensiones modestas, a la que después se le añadió otro templo en paralelo del que hablaré más adelante, conformando dos iglesias juntas, el claustro procesional adosado al lado de la Epístola en torno al que se ubicaron las distintas dependencias, con la sacristía, la sala capitular, la cocina y el refectorio en la planta baja y el dormitorio común sobre la sacristía y la sala capitular, y el claustro de la hospedería, en el que se ubicaba la portería, el atrio de la iglesia y la hospedería, además de los edificios destinados a la explotación agrícola y los campos de huerta.

Comenzaría a construirse por la iglesia ya en 1298, tras el Privilegio real, y en 1301, según se lee en la carta de dotación, las obras estarían muy adelantadas:

“En nombre de dios amén. Sepan quantos esta carta vieren Conmo nos don alonso peres de gusman Et doña Maria alonso su muger. queriendo faser monesterio que sea de monges de çister en la iglesia de sant esidro que es çerca de Sevilla la vieja principalmente a onrra e a seviçio de dios e de santa maría e de todo la corte celestial e a onrra de sant esidro e en rremisión de nros pecados. Otorgamos que damos pora este monesterio esta dicha iglesia con todas sus casas. Et damos a este monesterio. todo el heredamiento que es en su termino segunt que nos don alonso peres e doña Maria alonso lo avemos. Et otrosí les damos santy pons con todos sus terminos e con todos sus derechos segunt que yo don alonso peres lo compre de la Reyna doña maria, e segunt me es otorgado de nro señor el Rey don ferrando”.

Planta del monasterio en época cisterciense (4). Las indicaciones son mías

Sección longitudinal de la iglesia primitiva y del claustro de la hospedería (4)

Sección transversal de las dos iglesias y el claustro procesional (4)

Alzado de la fachada norte (4)

Alzado de la fachada este, con los ábsides de las iglesias a la derecha y el cuerpo del claustro procesional a la izquierda (4)

En origen el monasterio, construido solo cincuenta años después de la conquista de Sevilla a los musulmanes, tuvo un marcado carácter fortificado que todavía hoy conserva, plasmado en las almenas y los merlones sobre los muros protegiendo una terraza que permitía que las tropas circularan, a la que se accedía por una escalera de caracol entre los contrafuertes del ábside, hoy cegada, vanos pequeños y matacanes bajo los arcos apuntados entre los contrafuertes del ábside, elemento genuino de la arquitectura gótica andaluza que se ha puesto en relación con Languedoc, donde desde el siglo XII se construyeron varias iglesias fortificadas en las que aparece este dispositivo precisamente conocido como “mâchicoulis sur arcs” (matacán bajo arcos), como las catedrales de Agde, Toulouse y Beziers, el palacio de Albí, el arzobispal de Narbona y, sobre todo, aunque ya es del siglo XIV, el palacio papal de Avignon.

Almenas y merlones coronando la fachada norte

Almenas, merlones y matacanas bajo los arcos apuntados de los ábsides (5)

Matacán (5)

En este sentido también hay que tener en cuenta el aspecto simbólico del edificio, pues toda iglesia y, por extensión, todo edificio religioso, buscaba ser el reflejo de la Jerusalén Celeste del Apocalipsis, que igual que en la “De civitate dei” de San Agustín, se representaba como fortaleza, de ahí que el aspecto fortificado de los edificios religiosos medievales sea una constante y muchas veces tenga más valor simbólico que real.

La iglesia también se conformó como panteón de los fundadores y del linaje de los Guzmanes, con la obligación por parte de la comunidad de celebrar sufragios por los difuntos de esa casa. La fundación de este tipo de panteones se inscribe dentro de una costumbre arraigada en la Baja Edad Media, cuando el cristianismo tomó conciencia de que la Parusía y el Juicio Final anunciados en los Evangelios no iban a ser inmediatos y se formó una idea de Juicio del alma individual justo después de la muerte que afianzó fuertemente el concepto de Purgatorio, un lugar intermedio antes de subir al Cielo, al que los purgantes podrían llegar dependiendo de las misas, oraciones y buenas obras que los vivos ofrecieran por ellos después de su muerte, de ahí la proliferación de capellanías privadas en monasterios, catedrales y parroquias a las que se dotaba económicamente para que se celebraran misas por las almas de sus comitentes.


Retrato idealizado de Guzmán el Bueno en su sepultura, fruto de una reestructuración de la iglesia fundacional a comienzos del siglo XVII (6)

Retrato idealizado de María Alonso Coronel en su sepultura, fruto de una reestructuración de la iglesia fundacional a comienzos del siglo XVII (6)

El panteón también tuvo una fuerte intención propagandística, la forma de expresar la preeminencia social, política y económica de un linaje que buscaba trascender, pues los Guzmanes eran miembros de la alta nobleza castellana pero de una rama lateral que logró consolidarse política y socialmente y poner las bases de lo que después fue la Casa de Niebla, con condado desde 1369, y origen de la Casa de Medina Sidonia, con ducado desde 1445, el primero hereditario en la Corona de Castilla, concedido por Juan II a otro don Juan Alonso Pérez de Guzmán de la familia, el III conde de Niebla, uno de los linajes más importantes de España en relevancia histórica además de ser el ducado hereditario continuo más antiguo de España.

La historiografía en general defiende que don Alonso Pérez de Guzmán el Bueno nació en León en 1256, hijo bastardo de don Pedro Núñez de Guzmán, Adelantado mayor de Castilla. En cuanto a su madre, se cree que sería una dama llamada Isabel que murió en el parto y con la que el padre no pudo cumplir su promesa de casamiento porque tuvo que marchar con Alfonso X a la conquista de Jerez de la Frontera.

Con diecinueve años se unió a las tropas del infante don Sancho y don Lope Díaz de Haro contra la entrada de benemerines norteafricanos en la Península, pero tras la derrota castellana ante el emir marroquí Abū Yūsuf, y después de una afrenta de su hermano de padre Álvar Pérez de Guzmán, que aludió a su bastardía delante del rey y de toda la corte, se pasó a las tropas marroquíes convirtiéndose en guarda mayor de la casa del emir y capitán de todos los cristianos a su servicio, un contrato de mercenario habitual en la época. Desde esa posición realizó labores diplomáticas entre el Alfonso X y Abū Yūsuf cuando el primero le pidió ayuda al segundo en su enfrentamiento con su hijo, el infante Sancho, y como pago, don Alonso recibió del rey castellano la villa y el castillo de Alcalá Sidonia (Alcalá de los Gazules) y el casamiento con doña María Alonso Coronel, dama castellana de quince años de muy noble linaje que aportó una rica dote repartida entre Castilla, León, Galicia, Portugal y, sobre todo Andalucía, especialmente en el Aljarafe sevillano y en Jerez de la Frontera.

Durante unos años el matrimonio vivió en Fez y allí nacieron cinco de sus hijos, y con Sancho IV ya en el trono, ella volvió a Sevilla con parte de las riquezas acumuladas en África mientras él se quedó sirviendo a Abū Yūsuf y, a la muerte de éste en 1286, a su hijo Abū Ya‘qūb, enviando importantes remesas de dinero que doña María invirtió en comprar las tierras y señoríos en Andalucía que fueron el origen de la potencia económica de la casa y parte muy activa en la conformación como mito de su marido.

La vuelta definitiva a la Península al servicio de Sancho IV se produjo en 1291, siendo decisivos sus consejos para la toma de Tarifa en 1292, de la que después fue nombrado alcaide. Entre abril y agosto de 1294 la plaza fue duramente asediada y de este periodo data el episodio que más fama le ha dado a don Alonso, cuando no cedió al chantaje de Abū Ya‘qūb, quien aconsejado por su aliado el infante don Juan, enemistado con su hermano Sancho IV, le amenazó con degollar a su hijo, que tenía prisionero, si no entregaba la plaza. Las crónicas dicen que fue él mismo Guzmán el Bueno quien lanzó el cuchillo desde el castillo, sacrificando la vida de su hijo antes que rendirse.

Guzmán el Bueno arrojando su daga en el cerco de Tarifa, Salvador Martínez Cubells, 1884, Museo del Prado, Madrid

El caso es que la defensa de Tarifa frenó el asalto benemerín sobre Andalucía y obligó a sus tropas a regresar a África y Alfonso Pérez de Guzmán se convirtió en máxima dignidad de la nobleza castellana y pieza clave en la defensa de la baja Andalucía.

Alfonso IV le concedió todas las tierras del primitivo Alfoz de Cádiz, despobladas desde hacía años por las incursiones musulmanas, y entre las que se incluía la pequeña fortaleza de Torres de Solúcar, origen de Sanlúcar de Barrameda. En las cercanías, don Alonso edifico otras tres torres que fueron el inicio de Rota, Chipiona y Trebujena.

Tras la muerte de Sancho IV en 1295 don Alonso se posicionó claramente a favor de la reina viuda María de Molina y de Fernando IV contra los ataques que empezaron a recibir por todos los frentes.

El primer título de la Casa fue el de señor de Sanlúcar de Barrameda, nombrado por Fernando IV en un privilegio rodado de 1297 en el que confirmaba la donación de Sanlúcar que le había hecho su padre.

En los años siguientes don Alonso siguió participando en luchas contra Granada, en la defensa de María de Molina contra el infante Juan, que se hacía llamar rey de León, en la salvaguarda de la frontera… al tiempo que incrementaba su ya enorme patrimonio señorial con la merced de Conil y sus almadrabas, la mitad de El Puerto de Santa María y Chiclana. Su gran prestigio en Andalucía queda de manifiesto en el hecho de que en 1304 negociase personalmente una tregua con Granada.

También estableció una importante red de intereses a través de los matrimonios de sus hijos. Isabel, la mayor, se casó con Fernán Pérez Ponce, hijo segundo del ricohombre homónimo adelantado mayor de la Frontera y bisnieto de Alfonso IX de León, recibiendo como dote Rota, Chipiona, la mitad de Ayamonte y Marchena. Juan Alonso, su sucesor como señor de Sanlúcar de Barrameda, se casó con Beatriz, hermana de Fernán Pérez Ponce. Leonor se casó con Luis de la Cerda, hijo del pretendiente al trono de Castilla Alfonso de la Cerda, al que había renunciado en 1304, por el que le correspondió la dote de la otra mitad de El Puerto de Santa María y otros bienes raíces en Jerez y el Aljarafe. La última hija, Teresa Alfonso, habida con una doncella sevillana y a la que María Alonso Coronel crió como si fuera suya, se casó con Juan de Ortega, hijo de Juan Mathé de Luna.

En 1309 Alonso Pérez de Guzmán, ya con cincuenta años, encabezó el ejército castellano que salió de Sevilla en la guerra reanudada por Fernando IV contra Granada, muriendo el 19 de septiembre por heridas de flecha entre Algeciras y Gibraltar. Fernando IV confirmó a su viuda y a sus hijos todos los señoríos y bienes, tanto los otorgados por concesión regia como los comprados por el matrimonio. Su hijo y heredero, don Juan Alonso de Guzmán, recibió Sanlúcar de Barrameda, las almadrabas de Conil, Chiclana, Vejer, la mitad de Ayamonte…

El cuerpo de Guzmán el Bueno fue trasladado a San Isidoro del Campo. La iglesia ya estaba terminada y sus restos fueron depositados en el ábside en un sepulcro con tapa a dos aguas. En 1322 su mujer recibió sepultura en otro sepulcro, pero no se conservan ninguno de los dos.

“(…) fue su cuerpo sepultado en el medio de la capilla de la yglesya en vn sepulcro de marmol puesto sobre quatro leones de marmol, con sus escudos de armas a los lados, que eran las calderas sin ninguna orla (…)”

Antes ya había tenido lugar el depósito de los restos de su hijo Pedro Alonso de Guzmán, el protagonista en 1294 del episodio de Tarifa.

Dibujo de Pedro Barrantes Maldonado en el siglo XVI del sepulcro de Guzmán el Bueno, desaparecido (7)

Recreación de cómo pudieron ser los sepulcros de los fundadores (6)

La finalidad del edificio como panteón de los Guzmanes quedó patente en la propia carta de dotación y posiblemente su erección tuviera, en parte, carácter de templo expiatorio en el que enterrar al niño. En dicha carta también se prohibía expresamente el enterramiento en la misma de los monjes o de cualquier otra persona ajena a la familia y que ninguna de las sepulturas de sus descendientes se ubicaran en sepulcro alto ni más cerca del altar que las de los patronos.

 “Et escogemos nras sepolturas dentro de la eglesia de sant ysidro entre el altar e el coro. Et ordenamos e defendemos que nin el abad nin el convento nin otro ninguno, non pueda Reçecir sepoltora dentro en la eglesia a ninguno sinon los de nro linage. Et en tal manera que ninguno non sea puesto en sepulcro alto nin entre nos e el altar”.

En el segundo tercio del siglo XIV el primogénito de los fundadores, don Juan Alonso Pérez de Guzmán, II señor de Sanlúcar, y su segunda esposa, doña Urraca Osorio, hija de don Alvar Núñez Osorio, conde de Trastámara, patrocinaron la construcción del otro templo adosado al primitivo destinado a su propio enterramiento. En cuanto a sus motivaciones, pudieron deberse a que la iglesia se habría quedado demasiado pequeña para la preeminencia que el linaje había logrado en esos años, o a que el hijo del fundador, apodado “el gran batallador” no quisiera verse relegado a un segundo plano en el mausoleo de sus padres y optara por construirse uno propio.

Don Juan Alonso falleció en 1351 y su cuerpo fue trasladado a su nuevo panteón desde Orihuela en 1365, mismo año de la muerte de doña Urraca, cuyas cenizas también fueron depositadas allí. Los túmulos funerarios hoy están encastrados en sendos arcosolios en la pared del Evangelio de su iglesia. En la lápida de don Juan Alonso se lee:

“AQVI YACE DON JUAN ALONSO PEREZ DE GVZMAN HIJO DEL GRAN DON ALONSO PEREZ DE GVZMAN Y DE DOÑA MARÍA ALFONSO CORONEL ILLMO. SEÑOR DEL ESTADO DE SAN LVCAR MARIDO DE DOÑA VRRACA OSSORIO DE LARA HIJA DEL CONDE DON ALVARO NVÑEZ DE OSSORIO GRAN VALIDO DEL REI DON ALONSO XI. HALLÓSE EN LA BATALLA DEL SALADO Y EN TODAS LAS BATALLAS DE SV TIEMPO, POR LO CVAL LE LLAMARON EL GRAN BATALLADOR. MVRIO EN PAZ ESTANDO EN JEREZ ANO 1351”.

Sepulcro de don Juan Alonso Pérez de Guzmán en el lado del Evangelio del presbiterio de la segunda iglesia

Doña Urraca murió en trágicas circunstancias al verse envuelta en la guerra civil que tras la muerte de Alfonso XI de Castilla en 1350 enfrentó a los que querían como sucesor al hijo legítimo, Pedro I, y a los partidarios del ilegítimo, Enrique de Trastámara. Como su hijo don Juan Alonso Pérez de Guzmán y Osorio se puso del lado de este último, eso le costó la persecución del primero cuando por fin llegó al trono, que como no lo encontró porque había huido a Portugal, se vengó de él acusando a su madre de cabecilla de la sublevación y de conspiración y condenándola a muerte, siendo quemada en la hoguera delante del convento de Belén, cerca de la hoy Alameda de Hércules en Sevilla en 1367. Según la leyenda, Isabel Dávalos, una de sus criadas, cuando vio que las vestiduras de su ama se levantaban y dejaban ver sus piernas, se lanzó para taparla y murió con ella, de ahí que en la sepultura estén las cenizas de ambas. En la lápida se lee:

"AQVI REPOSAN LAS ZENIZAS DE DOÑA VRRACA DE OSSORIO DE LARA MUJER DE DON JUAN ALONSO PEREZ DE GUZMAN ILLMO. SEÑOR DE SANLUCAR. MVRIÓ QVEMADA EN LA ALAMEDA DE SEVILLA POR ORDEN DEL REY DON PEDRO EL CRVEL POR LE QVITAR LOS TESOROS E RIQUEZAS. TAMBIEN SE QVEMO CON ELLA PORQVE NO PELIGRASE SU HONESTIDAD LEONOR DAVALOS LEAL CRIADA SVIA AÑO 1367”.

Sepulcro de doña Urraca Osorio en el lado de la Epístola del presbiterio de la segunda iglesia

En ningún momento se pretendió que las dos iglesias formasen un todo unitario y no se derribó el muro de separación para fundir ambos espacios, utilizándose como conexión entre ambas la puerta lateral del primer templo hasta 1600, cuando con el monasterio ya en manos de los jerónimos, los dos tramos inmediatos a los presbiterios quedaron unidos.

Axonometría del monasterio en época cisterciense (6)

Claustro procesional

Esta estructura se adaptaba perfectamente a las necesidades de la comunidad religiosa, que celebraba sus cultos en la iglesia primitiva, dejando la más reciente para el pueblo.

Las naves de ambos templos fueron ocupándose con túmulos y lápidas de los Guzmán, mientras que los monjes cistercienses recibieron sepultura, como era lo habitual, en el exterior del templo, en lo que hoy es el Patio de los Naranjos.

Como el resto de monasterios peninsulares, San Isidoro del Campo también se vio afectado por la crisis internacional provocada por el Cisma de Occidente (1378-1417) y el costoso mantenimiento de dos curias, una en Roma y otra en Avignon, la consiguiente división de la Iglesia Católica en dos bandos, las epidemias, la degradación que sufría la vida conventual por la falta de vocaciones, la llegada de las órdenes mendicantes y la penuria económica por la que atravesaban los monasterios causada, sobre todo, por la disminución de las donaciones, las luchas de poder entre el papado y los obispos por el control económico de los cenobios.

En 1429 esta crisis provocó que don Enrique de Guzmán, II conde de Niebla, de la Casa de Medina Sidonia, patrón del monasterio, solicitara una Bula al papa Martín V para desposeer a la comunidad cisterciense del monasterio alegando irregularidades en su gobierno y que en 1431 entregara San Isidoro del Campo a la llamada Congregación Jerónima de la Observancia, comenzando una nueva etapa sobre la que iré publicando los siguientes artículos en breve:

El Monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce en la actualidad
Las dos iglesias del Monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce
La pintura mural en el Patio de la Hospedería del Monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce
La decoración de la Sala Capitular del Monasterio de San Isidoro del Campo en Santiponce

Imágenes ajenas:

(4) RESPALDIZA LAMA, P. J., “El Monasterio cisterciense de San Isidoro del Campo”, Laboratorio de Arte, nº 9, 1996, pp. 23-47.
(6) RESPALDIZA LAMA, P. J. y RAVÉ PRIETO, J. L., Monasterio San Isidoro del Campo. Guía, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, Santiponce, 2002.
(7) SEGURA CONZÁLEZ, W., “Iconografía de Guzmán el Bueno en Trujillo (Cáceres)”, Aljaranda, nº 88, 2015, pp. 7-20.

Fuentes:
GALI LASSALETTA, A., Historia, municipio y colonia romana. S. Isidoro del Campo. Sepulcro de Guzmán el Bueno, Sevilla, 1892.
GESTOSO PÉREZ, J., Sevilla monumental y artística, vol. III, Sevilla, 1892.
GONZÁLEZ JIMÉNEZ, M., “Propiedades, rentas y explotación del dominio del Monasterio de San Isidoro del Campo”, Historia. Instituciones. Documentos, nº 36, 2009, pp. 199-227.
FERNÁNDEZ, P. Historia de la Liturgia de las Horas, Biblioteca Litúrgica 16, Barcelona, 2002.
PÉREZ GÓMEZ, Mª P., Representación artística  poder de los duques de Medina Sidonia en el Palacio de Sanlúcar de Barrameda, Tesis doctoral, Universidad de Sevilla, 2017.
RESPALDIZA LAMA, P. J., “El Monasterio cisterciense de San Isidoro del Campo”, Laboratorio de Arte, nº 9, 1996, pp. 23-47.
RESPALDIZA LAMA, P. J. y RAVÉ PRIETO, J. L., Monasterio San Isidoro del Campo. Guía, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, Santiponce, 2002.
SEGURA CONZÁLEZ, W., “Iconografía de Guzmán el Bueno en Trujillo (Cáceres)”, Aljaranda, nº 88, 2015, pp. 7-20.

Comentarios

cipripedia ha dicho que…
Fantástico, como siempre, es un gusto leer contenidos de tanta calidad y tan bien informados. Gracias Sira.
Sira Gadea ha dicho que…
Gracias a ti, Cipriano.

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