La historia del monasterio cisterciense de Santa María de Valdediós, en Asturias

Santa María de Valdediós es un monasterio cisterciense fundado en 1200 por el rey Alfonso IX de León en el antiguo valle de Boiges, formado por los ríos Rozaes y Valdediós, en la parroquia de San Bartolomé de Puelles de Villaviciosa, delimitado por suaves montañas con robles y castaños centenarios, a partir de ese momento conocido como valle de Valdediós, en el que tres siglos antes Alfonso III el Magno había levantado un conjunto palacial del que sólo se conserva la iglesia prerrománica de San Salvador, de la que ya he publicado un artículo dedicado a su génesis y sus restauraciones, que podéis consultar en este enlacey otro a su arquitectura en la actualidad, al que podéis acceder a través de este otro enlace.

Vista aérea del monasterio de Santa María de Valdediós, con la iglesia prerrománica de San Salvador arriba en el centro (2)

Sobre el origen del vocablo “Boiges”, hay autores que lo consideran una variante de “Boides”, que significaría “terreno inculto”, “terreno baldío”, con excesiva humedad, en relación con los arroyos que lo cruzan.

La Orden del Císter fue creada a fines del siglo XI por un grupo de trece monjes benedictinos encabezados por Robert de Molesme, que fundaron un monasterio alejado del de Cluny, en un lugar llamado Cistercium en latín, de donde proviene el nombre, y Cîteaux en francés, puesto bajo la advocación de la Virgen, buscando reencontrarse con la soledad y pobreza que preconizaba la Regla de san Benito y que los benedictinos vivían de forma muy relajada, abandonando casi por completo el trabajo manual para poder cumplir con las múltiples funciones litúrgicas destinadas a reyes, abades y benefactores a las que se habían comprometido a cambio de importantes donativos.

La fundación de la nueva Orden propiamente dicha se debió a los sucesores de Robert de Molesme, los abades Albéric y Stephen Harding, que adoptaron, para diferenciarse de los monjes benedictinos, con hábito negro, el color blanco para sus vestiduras, de ahí que también se les empezara a llamar “monjes blancos”. Pero la expansión de la misma se produjo gracias a la fuerte personalidad de Bernard de Fontaine, monje de Cîteaux que en 1115 fundó el monasterio de Clairvaux, de ahí que se le conozca como Bernard de Clairvaux, Bernardo de Claraval en español, formando una de las cuatro ramas del tronco común de Cîteaux junto a La Ferté, Pontigny y Morimond, de las que surgieron el resto de monasterios cistercienses. En 1153, a la muerte de San Bernardo, ya eran trecientos cuarenta y tres establecimientos diseminados por toda Europa, alimentados por abundantes vocaciones a pesar de la austeridad de vida, la escasa alimentación, los ayunos, la oración y la penitencia que caracterizaban su vida monástica.

Ceremonia de entrada de Bernard de Fontaine, el único con aureola de santidad, y sus compañeros en Cîteaux en una miniatura del manuscrito Mirior Historical de Vicent de Beauvais del siglo XV en el Musée Condé de Chantilly (2)

Cîteaux y la fundación de las cuatro primeras abadías en una miniatura del Cmmentaire sur L'Apocalypse del franciscano Alexandre de Brême (1256-1271) de la University Library de Cambridge (2)

Los cistercienses llegaron a la Península Ibérica poco antes de mediados del siglo XII gracias al apoyo de la realeza como forma de asegurar los territorios que iba conquistando a los musulmanes, a través de las fundaciones de FiteroSobradoOseira y Santa María de Moreruela. Pero su llegada a Asturias fue tardía, cuando ya estaba arraigada en Galicia, León y Castilla, siendo su primera fundación la de Gúa, una pequeña comunidad femenina promovida por Fernando II de León durante la segunda mitad del siglo XII, sin que se sepa la fecha exacta. Y fue precisamente Alfonso IX quien promovió su asentamiento a través de la fundación de las comunidades de Santa María de Valdediós, Santa María de Lapedo en Belmonte y Villanueva de Oseas, que se integró en el Císter como filial de Carracedo en 1203.

La estricta observancia de la Regla y el que no ejercieran ningún ministerio externo es la causa de que los monasterios se fundaran en lugares despoblados y silenciosos con abundantes bosques que les procuraran madera y les aislaran, cercanos a ríos con los que regar sus huertos y con canteras de las que obtener la piedra necesaria para construir sus edificios, que obedecen a disposiciones en las que se prohibía lo figurativo y ornamental, signos suntuarios en objetos litúrgicos o vidrieras coloreadas por considerar que distraían de la meditación y el rezo.

El monasterio en el valle de Valdediós (3)

La elección de los emplazamientos quedó ya fijada en el Capítulo General del Císter de 1134 donde se establece deliberadamente que no se construyan en ciudades, villas o castillos sino en sitios apartados y que no estén sobre tumbas de santos que puedan atraer peregrinos, teniéndose que establecer en valles reducidos, solitarios y cerrados para que el alma se reconcentrara en sí misma. Además, la forma de vida de la comunidad también definió un prototipo arquitectónico de monasterio cisterciense, aplicado, con ligeras variaciones, en todos los monasterios de nueva planta.

Una leyenda dice que Alfonso IX entregó el valle de Boiges al Císter para congraciarse con la Orden de los monjes blancos y tenerla de su parte ante sus malas relaciones con la Iglesia después de su boda con su prima Teresa de Portugal en 1196, el repudio de ésta y su nuevo matrimonio con su sobrina Berenguela de Castilla en 1197, ambos casamientos anulados por el papa por causa de consanguinidad.

Alfonso IX en una miniatura del Tumbo A del archivo de la catedral de Santiago de Compostela (4)

Lo cierto es que el monarca y su esposa, Berenguela de Castilla, firmaron la carta de donación de sus posesiones del valle de Boides/Boiges, heredadas de los reyes astures, a los monjes cistercienses en 1200.

En  la carta fundacional, firmada por los monarcas en Compostela, se especifica que los monjes reciben toda la heredad de Boiges, tanto de realengo como de infantazgo, incluyendo todos sus bienes raíces, como iglesias, ganado, derechos fluviales para el aprovechamiento de molinos o para la pesca y pescadores y otros hombres a su servicio:

“Damus Deo et Beate Marie, sanctisque omnibus, totam hereditatem de Boiges, tam de realengo quam de infantatico, ad abbatiam ibidem cisterciensis ordinis construendam”

(Damos para el culto a Dios, a la Virgen y a todos los santos todo el dominio sobre Boiges, tanto de realengo como de infantazgo, para la construcción allí mismo de una abadía de la orden cisterciense) 

A partir de la fundación el valle adquirió la denominación de Valdediós, tal y como se lee en la carta privilegio extendida por los monarcas a los monjes en mayo de 1201:

“Concedimus Deo et monasterio de Valle Dei quod de novo constrimus in Asturiis in loco nominato Boiges”

(Ofrecemos a Dios y al monasterio de Valle de Dios que de nuevo construimos en Asturias en el lugar denominado Boiges)

El cambio de denominación podría ponerse en relación con la costumbre francesa de designar con el nombre de Dios a los monasterios establecidos en valles retirados, como Valdieu en el alto Loira.

Su fundación formó parte de la política real de creación de grandes empresas agropecuarias para la reordenación y administración del territorio asturiano, en la misma línea de las fundaciones regias de las villas de Llanes, Tineo y Pravia, a las que les concedió alfoz y mercado semanal, del trazado de la muralla de la ciudad de Oviedo, de la donación de impuestos a los cenobios de San Vicente, San Pelayo y Santa María de la Vega… buscando consolidar una malla a la medida de sus intereses.

En los meses siguientes al documento fundacional, los monarcas donaron a la nueva fundación el realengo de Melgar, entre las villas leonesas de Valencia y Mansilla, y tierras en San Juan de Maliayo y Sariego. En febrero de 1202 favorecieron al cenobio con la donación de 100 maravedís anuales en las rentas devengadas por el portazgo de Avilés. Pero en 1206 Alfonso IX entregó al abad Nuño su realengo de Boñar, en León, y dispuso que el monasterio de Asturias se reedificase en ese lugar:

“ut ipsum monasterium quod edificatum est in Asturiis in Boniar reedificetis”

(para que el mismo monasterio edificado en Asturias se reedifique en Boñar)

Este hecho constata un intento de traslado del originario asentamiento que parece indicar que en Asturias habían surgido dificultades, seguramente conflictos de intereses con otros señoríos más antiguos de la zona y con pequeños propietarios que se consideraron desposeídos de sus derechos. Y aunque al año siguiente la comunidad obtuvo la autorización del Capítulo General para efectuar dicho traslado, debieron surgir también allí problemas, como la oposición del obispo y del cabildo de la catedral leonesa.

Así, este intento resultó fallido y en 1210 el papa Inocencio III tomó a Valdediós bajo su protección y emitió una bula confirmando todas sus posesiones y exenciones, de lo que se deduce que por esas fechas el establecimiento en Asturias ya era definitivo.

En 1220 Alfonso IX, buscando construir un sólido señorío dominical y jurisdiccional que le favoreciera, fijó la extensión del coto monástico en unos siete kilómetros cuadrados, coincidiendo con la actual parroquia de Pueyes, y le concedió el privilegio non introito, que implicaba la prohibición a los funcionarios del rey de entrar en las zonas acotadas para realizar las funciones de su cargo y la asunción del abad de la plena autoridad sobre esas tierras y los hombres que las cultivaban. Esto supuso una subrogación a favor del monasterio respecto del poder real en la titularidad de facultades de naturaleza pública destacando, sobre todo, la de administración de justicia, quedando reservada solo al monarca la facultad en casos de especial gravedad tipificados en la propia concesión: ladrón público, camino quebrantado, alevosía y mujer forzada.

El mismo año de 1220 el rey también concedió al monasterio bienes y rentas en Asturias, León y Zamora y el privilegio del eminagium salis de Avilés, el derecho sobre el comercio de la sal en el puerto de esa ciudad, uno de los elementos constitutivos de su señorío y fuente de muchos conflictos con ese concejo, pues era una de las materias fundamentales del intenso tráfico portuario.

Así, en sólo veinte años, gracias a la protección real, las donaciones particulares y las propias adquisiciones, Valdediós se convirtió en el cenobio más poderoso de la orden cisterciense en Asturias, un latifundio de gran extensión y también en un importante enclave cultural y político.

Fernando III de Castilla, tras heredar los reinos de Galicia y León, confirmó todas las donaciones de su padre a Valdediós, e igual proceder tuvieron Sancho IV y Fernando IV, lo mismo que la nobleza local, que favoreció al cenobio con abundantes donaciones.

Fernando III el Santo en una miniatura del Tumbo A del archivo de la catedral de Santiago de Compostela (5)

En cuanto a la construcción del monasterio, ésta se inició después de una compleja obra de ingeniería en la que se modificó el primitivo cauce del Valdediós. La comunidad cisterciense tuvo la sensibilidad suficiente como para preservar la mencionada capilla real de San Salvador de tiempos de Alfonso III el Magno, en una actitud que podría compararse con la que tuvieron los benedictinos de San Salvador de Celanova con la capilla-oratorio de San Miguel, pues ambas poseían valor de símbolo, la gallega como último testimonio del conjunto monástico levantado por san Rosendo y la asturiana como recuerdo de un monarca desterrado y al que las crónicas reales loaban por haber regido piadosamente a su pueblo.

Iglesia prerromanica de San Salvador de Valdediós

La cabecera de la iglesia de San Salvador con el monasterio de Santa María al fondo

El monumentum aedifictionis, la inscripción en el tímpano de la Puerta de difuntos en el transepto de la Epístola, dice que las obras comenzaron el 18 de mayo de 1218:

“GALTERIO QUI BASILICAM ISTAM CONTRUXIT / POSITUM EST HOC FUNDAMENTUM MAGISTRO / EPS. AUTEM OVETENSIS JOHANES ABBAS VALLIS DEI JOHANES QUARTUS / XV KALD JUN II ERA MCC LVI REGNANTE DNO ALFHONSO IN LEGIONE”

(El día decimoquinto de las calendas de junio en la era MCCLVI (18 de mayo de 1218), reinando don Alfonso en León y siendo obispo de Oviedo Juan y abad de Valdediós Juan IV, fueron puestos estos cimientos estando presente el maestro Gualterio, que construyó esta basílica)

Inscripción en el tímpano de la Puerta de Difuntos en el transepto de la Epístola de la iglesia

Esa fecha de inicio es la más admitida por los especialistas, aunque hay otros que defienden que éstas comenzaron inmediatamente después de la donación en 1200 y que la inscripción de 1218 corresponde a la inauguración de la cabecera y el transepto, algo que no parece concordar con el intento de traslado del monasterio a León en 1206. Respecto a su finalización, la mayoría de los autores la fechan entre 1225 y 1226, aunque el periodo parece resultar demasiado corto para una iglesia de esa envergadura. En este sentido, en el documento de confirmación de los privilegios concedidos por Alfonso IX firmado por su hijo Fernando III en 1231 parece deducirse que la obra no estaba terminada por esas fechas, pues en él se lee:

“ad opus et laborem ipsius monasterii”

(para el trabajo y la obra del propio monasterio)

Así, hay autores que consideran, teniendo en cuenta estos documentos y las últimas investigaciones basadas en la arqueología de la arquitectura, que en 1225 ni siquiera estaban terminadas las capillas laterales, de ahí la presencia de capiteles plenamente góticos en las partes bajas de la cabecera, que hasta fines del segundo cuarto del siglo XIII no estarían terminadas las partes orientales del templo y las siguientes campañas se desarrollarían paulatinamente hasta quedar rematado todo el templo en los últimos años de esa centuria o incluso principios del siglo XIV.

El maestro Gualterio mencionado en la lápida de consagración sería un alarife itinerante posiblemente de origen borgoñón, con una trayectoria que abarcaría desde tierras de los reinos de León y de Castilla, poniéndosele en relación con los monasterios cistercienses de Santa María de Moreruela en Zamora, Santa María de Sandoval, Santa María de Carrizo y Santa María de Gadefes en León y La Espina en Valladolid. Se desplazaría en solitario por distintas canterías, trazaría y planificaría llevando consigo libros de modelos que serían interpretados por los distintos talleres locales según sus posibilidades.

También se ha localizado en dos capiteles el nombre de Nicolás, que sería uno de los escultores que trabajó en Valdediós en la fase inicial, y que presentan rasgos estilísticos análogos a otros capiteles de la capilla mayor, del interior y del exterior.

Capiteles con una inscripción alusiva a un tal Nicolás (6)

El esquema propuesto fue el de templo de planta de cruz latina con tres naves de cinco tramos, la central más ancha y alta que las laterales, transepto, tres ábsides semicirculares escalonados, más en la línea del esquema tradicional románico en vez del propio del císter de testero plano, y ausencia de torres, algo habitual en las construcciones cistercienses, con una espadaña a los pies.

Dentro del panorama artístico asturiano del siglo XIII, la iglesia es una obra excepcional, pero su estructura es muy arcaizante y vinculada, aunque presente bóvedas de crucería y algunos motivos góticos en su decoración, a la tradición románica, tanto en planta como en alzados, con una concepción global que tiene su origen en modelos planimétricos y diseños empleados con anterioridad en las iglesias cistercienses mencionadas en las que trabajaría el maestro Gualterio.

Planta de la iglesia de Santa María de Valdediós (6)

Las obras comenzaron por la cabecera, como era lo habitual. En una primera época se habrían construido las capillas absidiales sin llegar a la línea de impostas, las partes bajas del transepto de la Epístola y el primer tramo de la nave de ese lado, con la Puerta de Monjes. También se habrían puesto el zócalo y los basamentos de los primeros tramos de las naves laterales y de los pilares exentos de ambos lados.

Puerta de los Monjes, que comunica el claustro procesional con el primer tramo de la nave de la Epístola 

Cabecera de la iglesia de Santa María de Valdediós (7)

Los capiteles de la primera fase son los de más calidad; el resto muestran talla más burda, escaso relieve y nula plasticidad, salvo en la portada central de la fachada occidental, donde se percibe mayor calidad.

Arquivoltas y capiteles de la portada central de la fachada occidental

Capiteles del lado del Evangelio de la portada central

Capiteles del lado de la Epístola de la portada central

A continuación se avanzó en las obras del transepto del Evangelio construyendo la Puerta de los Muertos, momento en el que se produjo una primera lesión grave del edificio al fallar los cimientos en esa zona, de ahí que se aumente la superficie de los soportes y se opte por utilizar sillarejo para aligerar el peso de las partes altas.

Puerta de los Muertos en el transepto del Evangelio

Después se cubrieron los tramos rectos de las tres capillas absidiales con cañones y se cerró el hemiciclo de la central. En cuanto a las naves, se elevaron los muros hasta justo debajo de las ventanas excepto en el primer tramo de la nave de la Epístola, que sí se completa.

También se construye una capilla adosada al transepto del Evangelio de la que sólo se conserva la imposta sobre la que arrancaba una bóveda de cañón, que se cree que sería apuntada. Las excavaciones arqueológicas en 1989 confirmaron que tenía planta cuadrangular de 4’5 x 4 metros y, por su ubicación al lado de la Puerta de los Muertos, además de por los paralelos con la capilla de San Rafael en La Espina, la del Santo Cristo en Matallana o la de los Valcarce en Carracero, su uso debía ser funerario.

Espacio que ocuparía  la capilla funeraria adosada entre el transepto del Evangelio y la nave lateral

Las dependencias orientales del claustro también se construyen con sillarejo con refuerzo de sillares en los vanos, tal y como se ve en las puertas de acceso al locutorio y el paso a la huerta.

En una siguiente etapa se recupera la sillería hasta terminar el edificio, construyéndose las partes altas del transepto, los arcos de embocadura de las naves laterales y el cuerpo del Evangelio de la fachada occidental, con una puerta que sigue el modelo de la de los monjes y de los difuntos.

Puerta de la nave del Evangelio en la fachada occidental

Después se completan los muros de las naves laterales, donde aparecen ventanas de distintas tipologías aunque todas con amplio derrame interno, se elevan los pilares exentos, los arcos formeros y se cubre y remata el transepto. La ventana del brazo de la Epístola, cegada por la posterior incorporación de las plantas del claustro de la Edad Moderna, presenta un fuerte derrame interno en arista viva y la del brazo del Evangelio, encima de la Puerta de difuntos, sigue las líneas empleadas en ésta, con arquivoltas muy molduradas y con chambrana, sobre columnillas acodilladas.

Ventana del transepto del Evangelio

Lo siguiente fue el cierre de los muros de la nave central, las partes altas de la fachada occidental y el abovedamiento de dicha nave.

Se piensa que el muro sobre la portada central, donde se encuentra el rosetón, se elevaba hasta llegar a una segunda imposta y que la configuración actual es resultado de la instalación del coro alto en el siglo XVI y de otras obras llevadas a cabo en el XVIII.

Fachada occidental, con un pórtico que oculta las portadas románicas

En el muro de esta fachada occidental, entre la nave central y la de la Epístola, había practicada una escalera de caracol a la que se accedería por una escalera de mano, conservándose sus dos primeros peldaños y las huellas de otros en el paramento. En el costado opuesto se practicó otro husillo del que apenas quedan restos. Sería un paso interior que, a través de husillos excavados en la fachada comunicaba los trasdoses de las naves laterales con el de la nave central y la espadaña, tal y como sucedía en otros monasterios medievales como Valbuena, La Oliva, Fitero, Iranzu…

El siguiente paso fue el levantamiento de los muros que quedaban y el abovedamiento total del templo.

Cuerpo de ventanas y bóvedas de la nave central

Nave central

La configuración exterior quedaría completada con la construcción del pórtico adosado a la fachada occidental, otro a la fachada del transepto del Evangelio, conservándose los mensulones de ambos, y de otro que recorría la fachada norte, con otros mensulones que, junto a los huecos de forma cuadrada excavados en los laterales de los contrafuertes, servían de apoyo a la cubierta. Las excavaciones de 1989 y 2002 sacaron a la luz parte de los cimientos de estos tres pórticos.

El desplazamiento del curso del río Valdediós, que provocó continuas avenidas que buscaban su cauce natural, que junto a la acumulación de agua de manantiales subterráneos cercanos que empapan el sustrato de la edificación, fueron la causa de muchos problemas en la iglesia que se intentaron reparar al tiempo que se iba levantando la fábrica. Las zonas más afectadas fueron el transepto del Evangelio, con el hundimiento parcial de la Puerta de Difuntos y la rotura del tímpano y las arquivoltas y la apertura de grietas. Aunque los problemas intentaron solucionarse, el empuje de toda la zona superior de ese tramo también provocó la rotura del arco de la ventana y nuevas grietas que se intentaron solucionar colocando sillares engatillados que corrigieron la pendiente producida.

En la nave central también se aprecian los problemas estructurales en el hundimiento de los pilares del segundo y tercer tramo del Evangelio y en la ruptura de las claves de los arcos de las ventanas de esos tramos.

A comienzos del siglo XIV comenzó el declive de Santa María de Valdediós, agravado por un incendio en 1348. Y es que la prosperidad del Císter de los siglos anteriores, adquiriendo poder social, político y económico, empezó a declinar con el desarrollo de las ciudades y las universidades y la aparición de las órdenes mendicantes, que supusieron la consiguiente disminución de su influencia intelectual. La situación se vio agravada por el Cisma de Occidente (1378-1417) y el costoso mantenimiento de dos curias, una en Roma y otra en Avignon, la consiguiente división de la Iglesia Católica en dos bandos, las epidemias, la degradación que sufría la vida conventual por la falta de vocaciones debida al hundimiento demográfico provocado por la Guerra de los Cien Años (1337-1453) y la penuria económica por la que atravesaban los monasterios causada, sobre todo, por la disminución de las donaciones, las luchas de poder entre el papado y los obispos por el control económico de los cenobios, y los abades comendatarios, nombrados por el papa, que se desentendían del gobierno y la administración de los mismos al tiempo que malversaban y dilapidaban sus rentas, muchas de ellas empleadas en las luchas intestinas entre la nobleza y la monarquía por acaparar parcelas de poder.

La paulatina relajación en el cumplimiento de la disciplina y la vida monástica dio paso a una corriente reformista europea que en España fue capitaneada por el monje Martín de Vargas del Monasterio de Piedra, que consciente de la decadencia de la Orden y de la incapacidad de su Capítulo General para atajarla, en 1425 consiguió que el papa Martín V expidiera la bula Pia supplicum vota para erigir dos monasterios en Castilla en los que se observara estrictamente la Regla de san Benito según los usos cistercienses. Y así nacieron Montesión, como fundación ex novo a las afueras de Toledo, y Santa María de Valbuena, refundación en la provincia de Valladolid, aunque hubo que esperar a fines del siglo XV para que otros monasterios empezaran a incorporarse a la reforma y surgiera, impulsada por los Reyes Católicos, la Congregación Cisterciense de Castilla o Regular Observancia de san Bernardo en España, que supuso la renovación espiritual mediante la recuperación de la antigua liturgia cisterciense, el auge económico de los cenobios gracias a la eliminación de las encomiendas, la sustitución del abadiato vitalicio por el trienal y después cuatrienal, el saneamiento de las rentas mediante el control de las fuentes de ingresos, y la elevación cultural de las crecientes comunidades mediante la creación de una red de colegios en distintos monasterios.

Todos estos cambios tuvieron una importante repercusión en los edificios monásticos, que experimentaron profundas reformas de sus construcciones medievales y a los que se añadieron nuevas estructuras para adaptarse a los nuevos usos. Así, la Congregación generó una tipología arquitectónica común acorde con un nuevo modo de vida, una vuelta a la observancia que precisó que las fábricas se ajustaran a las nuevas necesidades, entre las que destacó la aparición de celdas individuales que sustituyeron al dormitorio común y que ocuparon el piso superior del claustro reglar, un cambio que surge por la importancia que se dio a la oración y la meditación individual a partir del espacio concreto de la celda. También se modificó la distribución de las dependencias del piso inferior, pues las sacristías, los refectorios y las habitaciones destinadas al abad se hicieron más grandes. Otro cambio fue la ampliación de las hospederías, que duplicaron su capacidad, ubicándose en el propio claustro o, muchas otras veces, en patios de nueva construcción, sobre todo si el monasterio se convertía en sede de un colegio, pues también necesitaba de las instalaciones necesarias para la función docente.

Otro cambio fundamental fue la incorporación de un coro alto a los pies de los templos, como ya habían hecho otras órdenes religiosas como franciscanos, dominicos y jerónimos y que también habían adoptado los benedictinos de la Congregación de Valladolid. Ese coro no sustituyó al coro bajo, utilizándose ambos indistintamente para celebrar la liturgia de las horas, y aunque no existe acuerdo entre los especialistas respecto a por qué se duplicó este espacio, y además de la pragmática razón en cuanto a su uso en verano o en invierno dependiendo de las condiciones climáticas, el coro alto también podría haber respondido a la necesidad de buscar intimidad para la oración tras la apertura de los templos al creciente número de seglares al servicio de los monasterios provocado por la ausencia de conversos y a la de ubicarlo cerca de las nuevas celdas individuales que ocuparon los claustros altos, con acceso directo desde estos. Los sotocoros fueron, precisamente, los espacios reservados a los fieles.

Coro a los pies de la nave central

Vista de la iglesia desde el sotocoro (3)

Santa María de Valdediós se incorporó a la Congregación en 1515, iniciándose un proceso de transformación del conjunto románico que se vio frenado por unas inundaciones en 1522 que destrozaron el claustro y las dependencias en su entorno, aunque la iglesia sobrevivió.

A mediados de ese siglo XVI se reanudaron las obras según trazas de Juan de Cerecedo el Viejo, que también trabajó en otros monasterios cistercienses como Santa María de Meira en Lugo, Santa María de Montederramo en Orense, Santa María de Oya en Pontevedra… En este periodo se construyeron una nueva sacristía, una nueva sala capitular y la Casa Abacial y se reconstruyó el claustro procesional con dos plantas, la portería y los dos primeros pisos de un patio de servicios adosado al claustro procesional. También fue en esa época cuando la iglesia se amuebló con nuevos retablos.
Claustro procesional. Las dos primeras plantas son del siglo XVI y la última del XVIII

En 1621 hubo otra inundación de la que queda constancia en uno de los pilares del lado de la Epístola, con una inscripción que marca los casi tres metros que llegó a alcanzar el agua.

Inscripción que señala dónde llegó el agua en la inundación de 1621 (3)

En el siglo XVII continuaron las obras en el claustro procesional añadiéndole una escalera principal, el cuerpo saliente de las letrinas y reformando la sacristía. También se levantaron las crujías oeste y sur del patio de servicios, se construyeron los dos primeros cuerpos de la hospedería y se sustituyó el pórtico medieval de la portada occidental de la iglesia por uno nuevo según trazas de Andrés de Verrendón.

Patio de servicios (3)

Pórtico del siglo XVII en la fachada occidental

Interior del pórtico, con la portada del Evangelio y la central de la iglesia, románicas, a la izquierda, y la de acceso a las dependencias monásticas, del siglo XVII, a la derecha (3)

En el siglo XVIII se instala el archivo sobre la bóveda del transepto de la Epístola, se construyen un capítulo nuevo junto a la esquina noroeste del templo, un nuevo dormitorio y la tercera planta del claustro procesional, se concluye el patio de servicios y se amplía la hospedería externa.

La invasión francesa y las desamortizaciones en la primera mitad del siglo XIX provocaron la extinción del monasterio y la conversión de su iglesia en parroquia, aunque los monjes pudieron seguir viviendo allí hasta su fallecimiento. El último abad fue el padre Florencio Fernández.

En 1843 el cenobio fue subastado junto a los huertos dentro de la tapia conventual y adquirido por don Manuel Zoreda, de Oviedo, aunque poco después el inmueble pasó a ser propiedad del Estado español. Los fondos diplomáticos del monasterio fueron trasladados al Archivo Histórico Nacional de Madrid y su biblioteca pasó a la Biblioteca Universitaria de Oviedo.

Grabado de Parcerisa en Recuerdos y Bellezas de España, vol. IX, 1855, donde se ven el monasterio y la iglesia del San Salvador

En 1862, durante el obispado de don Juan Ignacio Moreno, el conjunto pasó a pertenecer al arzobispado de Oviedo, que estableció en él el seminario menor de la archidiócesis, y en 1877, siendo obispo don Benito Sanz y Forés, también acogió un colegio de segunda enseñanza, convirtiéndose de nuevo en referente cultural, social y económico de la zona.

Alumnos del Colegio Seminario de Valdediós en el claustro. Curso 1899-1900. Fotografía de Feliciano Pardo (8)

Estos nuevos usos provocaron la demolición de tabiques interiores para una nueva distribución de los espacios, la pavimentación con adoquín del patio de servicios y del de entrada, la construcción de un salón de estudios sobre la casa abacial, la construcción de unas cocinas y un horno ante la fachada este del patio, la conversión de la sala capitular en urinarios (todo demolido en 1995), la construcción de un frontón y la adaptación para cuadras del capítulo nuevo y la hospedería externa.

En 1923 el obispo don Francisco Baztan Urniza sustituyó el colegio por los cursos de latín y filosofía del seminario mayor diocesano, a los que en 1935 se incorporaron los de teología, hasta ese momento en Oviedo.

En 1931 el Conventín, nombre coloquial con el que se conoce la iglesia prerrománica San Salvador, y el Monasterio fueron declarados Monumento Nacional.

Durante la guerra civil el monasterio se convirtió en el hospital psiquiátrico de La Cadellada dentro de la zona republicana, y dos unidades militares del ejército franquista, el IV Batallón de Montaña Arapiles nº 7 y la VI Brigada de Navarra lo tomaron, violando, matando y enterrando en una fosa común a doscientos metros del monasterio a diez enfermeras junto a seis hombres y una niña de 15 años.

En la posguerra Valdediós retomó sus funciones de Seminario Diocesano hasta su traslado a Covadonga en 1951, cuando el conjunto monumental quedó de nuevo abandonado.

En 1986 la Consejería de Cultura del Principado de Asturias, la Archidiócesis de Oviedo y el Ministerio de Fomento, gracias a fondos de la UE, impulsaron un Plan de Restauración Integral mediante la creación de la Escuela Taller de Valdediós y de un anteproyecto global firmado por los arquitectos Miguel Ángel García-Pola Vallejo, Carlos Ignacio Marqués Rodríguez y Jesús María Palacios Fernández.

En 1988 unas excavaciones arqueológicas identificaron la existencia del pórtico abierto adosado al muro norte de la iglesia en cuyo extremo este había una capilla con bóveda de cañon apuntada.

En 1992 una nueva comunidad cisterciense a las órdenes del prior Jorge Gisbert lo ocupó, con lo que la restauración física del conjunto fue acompañada de la restauración de la vida monástica, incluyendo la creación de una nueva biblioteca con más de 20.000 volúmenes, la recuperación de la labor de albergue acogiendo a peregrinos en su camino a Santiago y la de hospedería, instalada en la antigua casa del Abad. También se optó por empezar a celebrar una misa mozárabe en el Conventín los últimos sábados de cada mes, una reinstauración del rito compartida solamente con la catedral de Toledo.

En las excavaciones arqueológicas de 1994 y 1995 se confirmó que en el ala oriental del claustro se conservan los restos de la sacristía, del armarium, de la sala capitular, del corredor hacia las letrinas, del locutorio y de la caja de escalera de subida al dormitorio superior, que ocupaba el ala sur. También se localizaron los cimientos del lavatorio y los del refectorio, también en el ala sur.

En 1998 se fundó el Círculo Cultural de Valdediós, con sede en el monasterio, con el objetivo de organizar actividades para convertir el monasterio en un foco de cultura y reflexión y contribuir a la difusión de su conocimiento con visitas guiadas y conferencias.

Entre 2004 y 2006 se realizaron obras de restauración de la iglesia financiadas por el Ministerio de Fomento bajo la dirección de los arquitectos Enrique Villar Pagola y Francisco J. González, y el templo estuvo cerrado al culto y a las visitas turísticas.

Restauración del rosetón de la fachada occidental

Pero en 2009 la comunidad cisterciense fue obligada por el Vaticano, de quien dependía directamente, a abandonar Valdediós alegando que su número, tres monjes y un postulante, era demasiado reducido, siendo sustituida por una de frailes de la Congregación de San Juan Apóstol, una orden francesa de reciente creación que, no pudiendo asumir el mantenimiento, en 2012 también lo abandonaron, pasando a depender de la Archidiócesis de Oviedo.

El conjunto en la actualidad (3)

Desde 2016 el conjunto está a cargo de una comunidad de Carmelitas Samaritanas del Corazón de Jesús procedentes del Monasterio del Corazón de Jesús y San José de Valladolid, que regentan un albergue de peregrinos, una hospedería, un bar y el servicio de visitas guiadas al conjunto monumental.

Dejo para un próximo artículo un paseo por el monasterio en la actualidad.

Imágenes ajenas:

(6) GARCÍA FLORES, A., “El maestro Gualterio y Valdediós: notas sobre un maestro itinerante por los monasterios cistercienses del reino de León durante el siglo XIII”. En ALBURQUERQUE CARREIRAS, J., Mosteiros Cistercienses. História, Arte, Espiritualidade e Património, Tomo II, Alcobaça, 2013, pp. 207-234.

Fuentes:

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