La iglesia del Carmen de Antequera en Málaga

La majestuosa iglesia de Nuestra Señora del Carmen, en el barrio alto de Antequera, muy cerca de la colegiata de Santa María la Mayor y del Alcázar, en una pequeña plaza con unas magníficas vistas, es lo que queda de un convento de Carmelitas Descalzos fundado en la ciudad a comienzos del siglo XVI.

Iglesia de Nuestra Señora del Carmen de Antequera

Los asentamientos humanos en Antequera datan del Paleolítico Medio, aunque los importantes restos prehistóricos de Menga, Viera y El Romeral, fechados entre el 2500 y el 2000 aC., son de la Edad del Bronce. Además, bajo los restos del alcázar árabe ya hubo un núcleo fortificado ibérico que después se transformó en la Anticaria romana.

Restos de unas termas romanas localizadas a pie de la colegiata

Entre los siglos IV y XV existe poca documentación sobre la ciudad. Se sabe que durante el periodo islámico se la denominó Medina Antaqȋra y que tras la caída de los omeyas cordobeses estuvo sometida a continuos conflictos, convirtiéndose en un importante enclave militar fronterizo desde mediados del siglo XIII, tras la caída de Sevilla y Jaén, cuando los monarcas castellanos entendieron que su conquista era esencial para hacerse con el Reino de Granada, cayendo finalmente el 16 de septiembre de 1410 de la mano del infante don Fernando de Antequera, sobrenombre que le vino a partir de dicho acontecimiento, que después reinó en Aragón como Fernando I.

Alcazaba de Antequera. A la izquierda, al fondo, se puede ver la iglesia del Carmen (1)

Plaza del Coso Viejo de Antequera, con la estatua ecuestre de don Fernando de Antequera (2)

Tras la conquista de Granada en 1492 la condición de plaza militar de Antequera cambió para convertirse en zona de expansión urbanística y demográfica, adquiriendo gran importancia las actividades agrícolas, artesanales y comerciales, de ahí que en el siglo XVI ya fuera una de las más importantes ciudades andaluzas, regulando el tráfico de mercancías entre los ejes Sevilla-Granada y Málaga-Córdoba, las cuatro más grandes.

Situación del Carmen respecto de la Alcazaba y la Colegiata (3)

Además, la fundación de la Colegiada de Santa María la Mayor por los Reyes Católicos tuvo gran importancia para la vida cultural de la ciudad al convertirse en sede de una cátedra de Gramática que propició un ambiente humanístico propenso a la intelectualidad en la ciudad y por la que pasaron figuras tan sobresalientes como Juan de Vilches, propiciando la creación del grupo poético antequerano del manierismo y el barroco, con evidente reflejo en el arte.

Es por ello que la ciudad fue acumulando un importante patrimonio artístico mediante la construcción de importantes edificios civiles, la constitución de las parroquias de San Sebastián, San Juan Bautista y San Pedro, San Isidro o Santa María de la Esperanza y el asentamiento de órdenes religiosas que fundaron los conventos de San Zoilo, San Agustín, la Encarnación o el Carmen.

El Carmen desde el mirador de la colegiata

En el siglo XVII se construyen las iglesias de la Trinidad, del Loreto y Santo Domingo y se inician las de Belén, el Hospital de San Juan de Dios y los Remedios además de la Torre de San Sebastián, uno de los monumentos más emblemáticos del barroco antequerano.

El siglo XVIII señala el máximo apogeo de la ciudad gracias al clima espiritual e intelectual que embarga a la ciudad y al auge de la agricultura y la importante actividad artesanal y comercial. En este sentido, la demanda de obras de arte por parte de la Iglesia, sobre todo esculturas y retablos, impulsa la formación de una importante escuela local de artistas con una producción destinada no solo a Antequera sino a poblaciones cercanas de las provincias de Córdoba, Sevilla y Málaga. También es en este siglo cuando surgen las Cofradías de Semana Santa y las devociones a imágenes muy concretas, levantándose las iglesias de la Victoria, las Descalzas, Santa Catalina, Madre de Dios, Santa Eufemia, Santiago, Santa Clara, la Caridad, la Escuela de Cristo, San Miguel… La nobleza también construye los palacios del marqués de Villadiarias, del conde de Pinofiel, del conde de Colchado, del conde de Valdellano, del barón de Sabasona…

En el siglo XIX la burguesía toma la iniciativa en la actividad industrial, sobre todo la textil lanera, con una producción que llegó a ocupar casi a un 25% de la población activa de la ciudad. En cuanto al arte religioso, desaparece prácticamente y la arquitectura civil muestra un academicismo burgués y ecléctico.

En el siglo XX la agricultura se especializa en el cultivo cerealístico y olivarero y comienza un declive que se ve agravado con la guerra civil y la fuerte emigración posterior que hace que la población sufra una gran regresión de la que no empieza a recuperarse hasta muchos años después gracias a una agricultura modernizada, una creciente actividad industrial y su estratégica situación, con Antequera convertida en un importante centro de infraestructura logística.

El convento del Carmen Calzado de Antequera fue fundado en 1513 después de que el ayuntamiento de la ciudad cediera la ermita de San Sebastián el Viejo a fray Juan de Ortega y fray Agustín, carmelitas calzados, para levantar allí un convento con el patrocinio de la familia Fernández de Córdoba, aunque las obras quedaron suspendidas hasta que en 1580 ya se reiniciaron en el emplazamiento actual, quedando terminadas en 1633 gracias a la intervención de la familia Roxas con generosas donaciones. El siglo XVIII fue su periodo de máximo apogeo pero tras las desamortizaciones del XIX, las exclaustraciones y su abandono, llegó a tal estado de deterioro que a fines de ese siglo se optó por la demolición de la casa conventual al tiempo que se acometían importantes obras de consolidación para conservar el templo, declarado Bien de Interés Cultural en 1976, hoy sede de la antigua parroquia de Santa María y que, afortunadamente, todavía conserva toda su decoración original, compuesta de esgrafiados, pintura mural, cuadros en lienzo, retablos, capillas, camarines, imaginería…

La fachada presenta una portada de mampostería enlucida con arco de medio punto enmarcado por semicolumnas toscanas con basamento de mármol que sostienen un entablamento y un frontón curvo y partido con un escudo del Carmelo. A la izquierda está adosado el primer cuerpo de la desaparecida Torre del Gallo, demolida en 1883, sobre la que se construyó una sencilla espadaña de ladrillo en la que ubicar las campanas necesarias para anunciar los oficios.

Fachada de la iglesia

El acceso se realiza por una puerta lateral a la izquierda que da paso a una estancia en la que se sitúan las taquillas y que abre a los pies de la iglesia. En ella destaca un cuadro del siglo XVII con La escala de Jacob, que narra los pasos del alma para alcanzar la unión divina basándose en el Salmo 23 del Antiguo Testamento que dice:

“¿Quién subirá al monte del señor y quién estará en su lugar? El limpio de manos y de corazón puro”.

Escala de Jacob

Jacob descansa sobre una piedra mientras sueña con una escalera que lleva al cielo por la que suben y bajan ángeles. La representación es una escala mística que indica los pasos del alma para alcanzar una unión perfecta con Dios. Así, muestra doce peldaños acompañados con una imagen que representa la acción. Está apoyada en la tierra sostenida por las alegorías de la Fe y la Humildad. Bajo la escalera hay un pórtico con tres escalones con la Obediencia, la Bondad y la Castidad, los votos que los miembros de las órdenes hacen. Los cuatro elementos, Tierra, Agua, Aire y Fuego, están a continuación para crear un espacio a partir del que se sitúan las esferas celestiales, siete cielos que corresponden a los planetas, representados por sus personificaciones e identificados por sus atributos. Las almas representadas en la parte más alta están ahí por sus logros y superaciones en la vida. Ubicados al final de la escalera están la Santísima Trinidad y la Virgen María, esta última en su papel de intercesora ante la divinidad.

El templo tiene planta longitudinal y sigue una variante del modelo de iglesia morisca granadina de nave única con capilla mayor espacialmente muy definida y capillas laterales independientes entre si. También tiene coro a los pies en forma de U sobre bóveda rebajada.

La nave muestra los arcos que abren a las capillas laterales, entablamento, cuerpo de ventanas y una impresionante techumbre mudéjar rectangular y sin tirantes decorada con lacerías de estrellas de ocho puntas terminada en 1614.

La iglesia desde el sotocoro

La iglesia desde la cabecera, destacado la impresionante techumbre mudéjar

Planta de la iglesia

Las capillas laterales hacen un total de seis, tres a cada lado, con distintas formas y decoraciones variadas. En el lado del Evangelio se suceden la Capilla del Nazareno, con un retablo con una talla del titular atribuida a Diego Márquez, la Capilla de San José, santo al que tradicionalmente las iglesias carmelitanas suelen dedicar el lado de la Epístola de la cabecera, completamente decorada con pintura mural que imita telas ricas sobre la que aparecen escenas de la vida del santo y con un retablo atribuido a José de Medina y Anaya del siglo XVIII, y la Capilla de la Piedad, con un retablo anónimo del siglo XVII.

Capilla del Nazarno (4)

Retablo de San José

Decoración mural de la Capilla de San José

Capilla de la Piedad

En cuanto a las capillas del lado de la Epístola, están la Capilla o nave de la Cofradía de la Soledad, la Capilla de Santa Magdalena de Pazzi y la Capilla de la Quinta Angustia.

La Capilla de la Soledad fue añadida a fines del siglo XVIII y concebida como un pequeño templo, un ámbito rectangular con nave de cuatro tramos de bóveda de medio cañón rebajado, presbiterio con cupulita decorada con yeserías y retablo en el que se aloja la imagen de la Virgen de la Soledad.

Capilla de la Soledad

Ante el retablo en la actualidad se expone un Cristo yacente y frente a éste se ubica un Crucificado de José Hernández que fue realizado a fines del siglo XVI por encargo de doña Isabel de Narváez para su capilla funeraria en la desaparecida iglesia de san Salvador.

Cristo yacente de la Capilla de la Soledad

Crucificado en la Capilla de la Soledad

Además, en una hornacina situada en el intradós izquierdo del arco de acceso de la capilla se expone una talla de la Virgen del Socorro del siglo XV regalada por los Reyes Católicos a la iglesia de San Salvador, la imagen más antigua de Antequera, realizada en pasta de cartón y policromada.

La Capilla de Santa Magdalena de Pazzi está dedicada a la santa más ilustre de la Orden, que hubiera sido la más importante sin la arrolladora personalidad de Santa Teresa de Jesús, esencial para la reforma religiosa, de ahí esta capilla además de su presencia en el retablo mayor, en un retablo lateral de la nave y en el púlpito. Nació en Florencia en 1566, a los doce años tuvo su primer éxtasis y a los dieciséis ingresó en el convento de Santa Maria degli Angeli, con una tormentosa vida llena de visiones, éxtasis y otros fenómenos místicos que fueron relatados por las monjas de su congregación en cinco libros que se conservan en el archivo del convento en los que se dice que mientras estaba en éxtasis hacía labores como cocinar o barrer, de ahí que en varios cuadritos en la capilla se la represente así. Su pensamiento influyó decisivamente en la espiritualidad de los siglos XVII y XVIII, sobre todo en Italia, defensora de la reforma religiosa promovida por la Contrarreforma.

Capilla de santa Magdalena de Pazzi

La Capilla de la Quinta Angustia cuenta con un retablo de traza simple con las tallas de los santos Cosme y Damián, patrones de los médicos franqueando un camarín con el grupo escultórico de la Virgen María sosteniendo a Cristo muerto sobre sus rodillas fechado en el siglo XVI y de autor desconocido, aunque se sabe que en 1817 fue muy transformado por Miguel Márquez, hijo de Diego Márquez y Vega.

Camarín de la Quinta Angustia

Este camarín es uno de los tres de esta iglesia del Carmen, ámbitos independientes que se vislumbran a través de una ventana cuya única función es la de acoger una imagen sagrada, siempre en el centro de la cámara, para recrear un espacio celestial exclusivo para ella apartándola de los fieles y rodeándola de un halo de misterio.

Tiene planta poligonal, recibe luz natural mediante dos ventanas laterales y cuenta con una cripta compartida con el camarín del Ecce Homo en el transepto de la Epístola que se cree que se utilizaría como lugar de almacenaje para guardar los trajes, objetos de culto… adscritos a ambos recintos.

Por encima de los arcos que abren a las capillas, en el cuerpo de ventanas, se ubican siete de las ocho pinturas, pues falta una que debió quitarse al colocar el órgano en el lado del Evangelio, dedicadas a la Virgen, conformando un ciclo de exaltación del Carmelo que se completa con la Anunciación en las enjutas del arco que abre al presbiterio y que culmina en el retablo mayor. Hay autores que atribuyen estas pinturas a Antonio Mohedano de la Gutierra entre 1615 y 1626 y otros que no identifican al autor y las fechan en la segunda mitad del siglo XVIII. En la zona del coro se aprecian pinturas de igual formato, aunque la falta de estudios y la inaccesibilidad del ámbito no me permiten hablar de ellos.

Los lienzos muestran marcos de estuco coronados con un frontón partido que acoge un jarrón rematado por dos pirámides terminadas en bolas. Los del lado del Evangelio son la Virgen del Carmen orante y contemplativa, una Inmaculada Concepción y una Ascensión, todas ellas con hábito carmelitano, túnica marrón y capa blanca más una quinta pintura con un santo carmelitano.

Lienzos del cuerpo de ventanas del lado del Evangelio

La Virgen del Carmen orante y contemplativa aparece sentada junto a una mesa con un libro abierto y mirando hacia arriba, hacia unos querubines que rodean un rompimiento de gloria. La escena es una representación de uno de los preceptos del Carmelo, el de meditar día y noche en la ley del Señor lo mismo que hacía la Virgen, que meditaba en su corazón todo lo que veía y oía relacionado con Jesús, también orando en el momento de la Anunciación, un momento esencial para el Carmelo, cuyo ideal es el equilibrio entre la vida activa y la contemplativa, tomando a María como modelo.

La Inmaculada Concepción es una Virgen suspendida en el cielo por un trío de querubines mientras otros dos sujetan las puntas de su capa, que en este caso no es blanca sino roja por dentro y azul por fuera. Une las manos en actitud orante y cuenta con nimbo de querubines que forman un círculo.

En la Ascensión la Virgen aparece con las manos cruzadas ante el pecho mirando hacia arriba ascendiendo a los cielos sostenida por tres querubines situados a sus pies mientras los ángeles que la rodean parecen estar dándole la bienvenida al Cielo.

Inmaculada Concepción y Ascensión en el cuerpo de ventanas del lado del Evangelio

En cuanto a los tres lienzos del lado de la Epístola muestran, desde los pies hacia la cabecera una escena difícil de identificar, la Natividad, la Purificación y la Presentación de la Virgen en el Templo. Igual que en el lado de la Epístola, hay una última pintura, la más cercana a la cabecera, que representa a un santo carmelitano.

Lienzos del cuerpo de ventanas del lado de la Epístola

La enigmática primera escena muestra la Aparición de la Virgen del Carmen a dos personajes, uno femenino y otro masculino, quizá los santos Joaquín y Ana.

El Nacimiento de la Virgen presenta a Santa Ana en el lecho junto a San Joaquín mientras dos jóvenes secan a la Virgen recién nacida y otros dos personajes togados contemplan la escena.

En la Purificación, los santos Joaquín y Ana, siguiendo las tradiciones hebreas, llevan a la recién nacida al Sumo Sacerdote para que sea purificada mientras dos jóvenes sujetan sendos cirios encendidos que podrían aludir al Antiguo y al Nuevo Testamento y al papel de mediadora entre ambos de la Virgen. Otro personaje se arrodilla para hacer la ofrenda de dos pichones blancos.

La Presentación en el Templo muestra a la Virgen niña de la mano de Santa Ana y con San Joaquín al lado llegando al templo donde esperan las autoridades religiosas.

Estas pinturas tienen su continuidad en la Anunciación que ocupa las enjutas del arco toral que abre al presbiterio, con San Gabriel en el lado de la Epístola y a la Anunciada en el del Evangelio, de nuevo ataviada con hábito carmelita, túnica y toca marrón y capa blanca, dos pinturas para las que parece que hay unanimidad en atribuírselas a Antonio Mohedano de la Gutierra y que han sido recientemente restauradas.

Anunciación en las enjutas del arco toral del presbiterio

Anunciación (5)

Detalle del arcángel San Gabriel (5)

La condición de pureza de María, su estado de gracia ya en su nacimiento, santificada desde el seno de su madre, condición por la que los carmelitas la veneran como modelo de contemplación y de santidad, el estado que precisamente se refleja con la Anunciación, es lo que le permitió ser la Madre de Dios y preservar del infierno y librar del purgatorio, y aquí tiene su continuidad en la Virgen del Carmelo con el rosario del camarín del retablo mayor.

En cuanto a los santos representados en los lienzos del cuerpo de ventanas más cercanos a la cabecera son los profetas Elías, en la Epístola, y Eliseo, en el Evangelio, ambos con hábito carmelitano y en sendos parajes al aire libre. Elías muestra edad avanzada, con pelo y barba canosos, con nimbo de santidad, el brazo en alto sosteniendo una espada como símbolo de poder espiritual. Eliseo también está representado en edad madura, calvo y con barba mirando una jarra que vuelca con su mano derecha, alusión el pasaje bíblico en el que se dice que vertía agua en las manos de Elías, y con la izquierda sujeta una hoz.

El profeta Eliseo en el lado del Evangelio

La Biblia describe a Elías como defensor del monoteísmo y relacionado con Moisés porque uno pacta con Dios la Alianza y otro conserva y cuida su pureza, ambos presentes en la Transfiguración de Jesús en el Monte Tabor para indicar que la Nueva Alianza continúa y supera a la Antigua. Eliseo fue el sucesor de Elías y ambos habitaron en el Monte Carmelo y realizaron numerosos milagros, siendo consideraros los primeros eremitas, con sus vidas centradas en la oración y en la actividad profética. Su presencia de estos lienzos, que en principio podría parecer ajena al ciclo de la Virgen, busca, precisamente, identificar a los legendarios fundadores del Carmelo con María, pues igual que ella, fueron escogidos por la divinidad para una misión a la que dedicaron toda su vida, consagrándose a Dios.

Se relacionan con el origen de los Carmelitas porque vivían en el Monte Carmelo y porque en la regla dada al grupo de eremitas fundadores por el patriarca de Jerusalén San Alberto a comienzos del siglo XIII se dice que estos estaban reunidos cerca de la fuente de Elías y que, a imitación de éste, llevaban una vida solitaria, considerándose sus imitadores y también sus sucesores.

En este mismo sentido, en la sacristía, adosada a la cabecera por el lado del Evangelio, destaca un lienzo en el que aparecen varios santos carmelitas cogiendo agua que brota de diferentes caños de una fuente mientras en la parte superior San Elías está sosteniendo un templo como fundador del Carmelo.

Sacristía

Cuadro de los carmelitas ante la fuente contemplados por san Elías

Los seis retablos laterales, tres a cada lado, en los entrepaños de la nave, todos iguales, realizados en madera, con columnas corintias que sostienen un frontón partido con un lienzo de un árbol, también tienen como protagonistas a santos carmelitanos. Como están tapando otros lienzos de santos de igual estilo de los del cuerpo de ventanas, los dedicados a la Virgen, los especialistas deducen que su realización es posterior a la del resto de la iconografía de la iglesia.

Retablos laterales entre las capillas

Comenzando con los del lado del Evangelio, primero está el Retablo de San Dionisio papa, con tiara y bastón papal trirregno. Le acompaña una encina, árbol de madera dura, símbolo de fortaleza, solidez, permanencia y majestad, en relación con la lucha de este santo papa del siglo III contra las numerosas herejías de su época y su defensa de la ortodoxia de la fe.

A continuación está el Retablo de Santa Febonia, vestida con hábito carmelitano. Monja legendaria de la Orden que ya no aparece en las hagiografías del Carmelo, está acompañada de un árbol muy similar al anterior que también podría identificarse con un pino de copa ancha, relacionado con la inmortalidad y con la fertilidad.

Y el último es el Retablo de San Cirilo de Alejandría, con mitra, palio, cruz de dos brazos y libro. Es venerado por la Orden por equivocación al haberlo confundido desde antiguo con su homónimo Cirilo de Constantinopla, aunque aclarada la confusión se decidió incluirlo en la liturgia carmelitana porque se retiró al desierto y practicó una vida ascética después de defender la ortodoxia cristiana frente al patriarca constantinopolitano Nestorio, que negaba la maternidad divina de María y fue depuesto de su sede en el Concilio de Éfeso del 431. Su árbol parece un olivo, también de hoja perenne, el árbol de Atenea porque evoca sus valores: sabiduría, prudencia y civilización. A éstos la tradición judeocristiana añade la paz porque Noé supo que el diluvio había terminado cuando una paloma le llevó una rama de olivo indicando que la cólera de Dios había terminado. Se aplica a San Cirilo por su sabiduría y su prudencia para vencer a Nestorio y proporcionar paz a la Iglesia.

Ya en el lado de la Epístola, primero está el Retablo de Santa Magdalena de Pazzi, a la derecha de la entrada a la capilla dedicada a la propia santa. Va vestida con hábito carmelita y sujeta una gran cruz de madera. Su árbol no se conserva.

A continuación está el Retablo de San Andrés Corsini, que destacó por grandes virtudes, sobre todo su humildad y sobriedad. Aparece sus atributos obispales como obispo de Fiésole a mediados del siglo XIV y mira fijamente un crucifijo que sujeta en alto con la mano derecha, con un granado en el ático, símbolo de fertilidad y de abundancia porque su fruto contiene multitud de granos y utilizado aquí porque la mística cristiana traspasa esa fecundidad al plano espiritual, por eso san Juan de la Cruz dice que sus granos evocan las perfecciones de Dios, y que aquí podría aludir a las perfecciones del santo, venerado por poseer las principales virtudes morales: humildad, penitencia, modestia, celo, apostolado, castidad, continencia, pobreza y obediencia.

El último de este lado de la Epístola es el Retablo de Santa Anoeta, con un ciprés en el ático, símbolo de la eternidad por ser de hoja perenne y de tránsito de la tierra al cielo por su verticalidad, de ahí su uso funerario. Tanto esta santa como Santa Febonia, ubicada en el Evangelio, ambas figuras legendarias de la Orden que ya no aparecen en las hagiografías del Carmelo, podrían ser veneradas como mártires, de ahí que sus respectivos árboles hagan referencia a la eternidad y la inmortalidad.

Adosado a la pilastra del Evangelio bajo el arco de triunfo que abre al presbiterio, como es habitual en el barroco, se ubica el púlpito, obra de madera tallada con medallones con bustos de los santos carmelitas iluminados por el Espíritu Santo, frutos diferentes de un mismo árbol, identificados con sus nombres: Teresa de Jesús; Cirilo de Constantinopla, eremita y profeta; Pedro Tomás patriarca, hábil diplomático; Cirilo de Alejandría, defensor de la ortodoxia y la fe; Ángel de Sicilia; Magdalena de Pazzi, cuyos éxtasis fueron reveladores de su doctrina; y Ángela de Bohemia. Fue realizado en 1799 por Miguel Márquez Díaz dorado y policromado por Miguel Jiménez y Juan Díaz y tornavoz rematado con un niño coronado que sostiene con la mano derecha una bandera y lleva en la izquierda un escapulario con el escudo del Carmen.

Púlpito. A la izquierda está el Retablo de san Cirilo de Alejandría

La capilla mayor abre a la nave mediante un gran arco de medio punto, tiene planta cuadrada, de igual ancho que la nave, y está cubierta con cúpula decorada con yeserías de motivos de cinta entrelazadas, con pechinas con los escudos de los patronos Fernández de Córdoba, Rojas y Padilla y el de la orden carmelita. Las paredes presentan decoración mural que imita telas ricas y su amueblamiento consiste en tres impresionantes retablos, uno mayor y dos laterales.

Cúpula del presbiterio

La cabecera desde la nave

El retablo mayor es uno de los ejemplos más importantes de la retablística barroca andaluza del siglo XVIII. Fue realizado en madera de pino con apoyos en olivo y montado en los años anteriores a 1747, sin que llegara a ser dorado, como era lo habitual, sino simplemente teñido con anilina y con una capa final de protección, mostrando un color rojizo oscuro sobre el que destaca la gran calidad de sus esculturas, que al estar policromadas, contrastan con el fondo produciendo un efecto, no planeado, de suspensión en el aire acentuado, si cabe, por el desarrollo ascensional de los ángeles.  A comienzos de la década de 1990 todas las tallas, que presentaban pérdidas de elementos y problemas de asentado del color, fueron sometidas a un proceso de limpieza y desinsectación y se les asentaron los dorados y las policromías.


Su traza se atribuye a Antonio Primo, el otro de los hijos de Mateo Primo, autor del retablo mayor de las Carmelitas Descalzas de Lucena, con el que guarda afinidad de estilo. En cuanto a su ejecución, hay autores que consideran que es del propio Antonio Primo y otros que defienden que corrió a cargo de Diego Márquez y Vega, que se sabe que mantuvo una estrecha relación laboral y personal con la familia Primo.

Su esquema muestra una complicada articulación y una evidente despreocupación por la norma arquitectónica no sólo por el uso de estípites, soportes anticlásicos, sino también por el dislocamiento de los entablamentos y las cornisas, que se quiebran en un ritmo que va acelerándose desde abajo hacia arriba.

Relacionado con el retablo mayor de la iglesia de San Juan de Dios de Granada, no se acopla al testero recto del presbiterio sino que adopta una forma cóncava envolvente, dividido en banco y tres cuerpos de tres calles separadas por complicados estípites que sustentan quebradas cornisas cubiertas con cortinajes simulados y que alojan hornacinas con esculturas de bulto redondo. El último cuerpo es semicircular para adaptarse al luneto de la cúpula y todo el conjunto está enmarcado por dos anchos pilares laterales que sustentan un arco carpanel, una estructura cerrada que se quiebra mediante el gran peinetón que invade la cúpula del crucero hasta casi rozar la linterna.

Alzado del retablo mayor (6). Las indicaciones son mías

Retablo mayor

La calle central es más ancha que el resto y por encima de la ventana del camarín se suceden: un medallón con el busto del profeta Elías y la inscripción “Ordo Prophetarum” bajo el que aparece una filacteria con la inscripción “Ipse es Elías”; un manifestador eucarístico ahora ocupado por una pequeña Inmaculada Concepción; la escultura de bulto redondo de Elías en el ático, con hábito carmelitano, pelo y barba canos y nimbo de santidad, con el brazo derecho en alto sosteniendo la espada símbolo del poder espiritual y el brazo izquierdo bajado sujetando un libro abierto como defensor de las Escrituras; y el peinetón coronado con el Arcángel San Miguel como guerrero, con escudo y flecha pisando el monstruo que representa al pecado.

Detalle de la calle central

En el primer cuerpo, flanqueando el camarín central, aparece un rosetón con el busto de El Salvador bendiciendo en el lado del Evangelio que se corresponde con un rosetón con el busto de la Virgen en el lado de la Epístola.

En las calles laterales del segundo cuerpo se ubican, en hornacinas de escasa profundidad rematadas por arcos de medio punto con veneras, las esculturas de bulto redondo de San Juan Bautista, vestido con pieles de camello portando el bastón cruz en la mano izquierda y con un cordero a los pies, que aparece aquí porque además de ser el patrón de los Carmelitas Calzados de la Bética, vivía en el desierto y es considerado desde siempre el sucesor de Elías, y San Eliseo, representado igual que en la pintura del cuerpo de ventanas de la nave, con hábito carmelitano y derramando el agua de la jarra.

San Juan Bautista y ángel adolescente con escapulario

San Eliseo y ángel adolescente con escapulario

En la parte baja de los pilares laterales se ubican dos esculturas de bulto redondo de dos papas. El del lado del Evangelio es San Telesforo, con la cruz papal de tres brazos con la mano derecha y su atributo del cáliz con tres sagradas formas en la mano izquierda, alusión a que él fue el papa que instituyó las tres misas de Navidad: de la media noche, cuando nació Jesús; al romper el alba, cuando fue adorado por los pastores; y la de la hora de Tercia, la llamada de la Conmemoración Solemne del día de Navidad en señal de la luz que vino a traer al mundo. Fue papa en el siglo II, introducido en el santoral carmelita porque antes se había afiliado al instituto de Elías y profesado en uno de los monasterios de Palestina y por combatir la herejía de Valentín, que cuestionaba que Jesús fuera verdaderamente hombre e hijo de María defendiendo que sólo era Dios y que la Virgen fue un simple receptáculo.

En cuanto al del lado de la Epístola, que sostiene la cruz papal con la mano izquierda, aunque carece de atributos tan explícitos, se ha identificado con San Dionisio porque la Orden carmelitana sólo rinde culto a estos dos papas, que también profesó vida anacorética y monástica antes de ser elevado al pontificado en el siglo III, desde donde luchó contra las herejías de Sabelio y Pablo de Samosata defendiendo la Trinidad y la Maternidad divina de María.

San Telesforo y San Dionisio con ángeles músicos

Más arriba aparecen dos óvalos con relieves de medio cuerpo de Santa Ángela de Bohemia, coronada para indicar que era princesa, en el lado del Evangelio, y Santa Magdalena de Pazzi en el de la Epístola, de la que ya he comentado que es la santa más ilustre de la Orden y hubiera sido la más importante sin la arrolladora personalidad de Santa Teresa de Jesús, con una capilla de la nave dedicada a su persona, aunque otros autores la identifican con la propia Santa Teresa. En cuanto a Santa Ángela de Bohemia, es uno de los personajes legendarios de la Orden y su biografía ya no aparece en las recopilaciones más críticas y científicas, sólo conocida en una pintura de San Felice del Benaco de 1470 en la que aparece san Alberto rodeado de catorce medallones.

Sobre la cornisa, en las bases del arco carpanel sustentado por las pilastras laterales, hay otras dos figuras de bulto redondo identificadas con patriarcas de occidente por llevar “palio”, la capita que se observa sobre la capa blanca carmelitana, identificados como San Cirilo de Alejandría en el lado del Evangelio y San Alberto de Jerusalén en el lado de la Epístola. Ya he dicho que San Cirilo de Alejandría es venerado por la Orden por equivocación al confundirlo con Cirilo de Constantinopla, y está presente en el retablo por su defensa de la Virgen. En cuanto a San Alberto, es venerado por los carmelitas porque hacia 1208-1209, siendo patriarca de Jerusalén, redactó su “norma de vida” o “regla”. Ambos se muestran ya con cierta edad, con barba, y portan en la mano izquierda el atributo de la cruz patriarcal, aunque San Alberto la ha perdido. También podrían ser San Pedro Tomás y San Andrés Corsino, muy venerados por la Orden.

La obra se completa con multitud de angelitos niños y adolescentes que revolotean por todo el retablo tocando instrumentos, sosteniendo filacterias, escapularios o guirnaldas, uniendo sus manos en actitud orante o tocando palmas…

Ángeles alrededor del tondo de san Elías

Las esculturas de bulto redondo y los medallones se atribuyen a José de Medina y Anaya, mientras que los arcángeles y ángeles que tocan instrumentos, sostienen filacterias o guirnaldas o dan palmas, se sabe que son de Diego Márquez y Vega porque en la restauración de las escultura en 1990 se halló un pequeño papel pegado con cola en un vacío posterior de uno de los arcángeles en el que se leía “Diego Márquez me fecit. Año 1755”.

Toda esta exuberancia decorativa e iconográfica, con figuras de gran movimiento en actitudes declamatorias que recuerdan a un auto teatral, están puestas al servicio de la exaltación del Carmelo, con el retablo convertido en marco del camarín con la Virgen del Carmen que ocupa la calle central del primer cuerpo y gran parte del segundo.

Camarin del retablo mayor

Es un camarín que destaca en Antequera porque no tiene planta hexagonal, lo habitual, sino hexalobulada, con seis lóbulos separados por dobles pilastras corintias cajeadas que se continúan en altura dando forma a los paramentos de la pared y a los plementos de la cúpula, con una decoración en relación con las letanías marianas que rodea a la figura de la Virgen, iluminada por la luz natural proveniente de ventanas y situada en el centro sobre un trono con peana del que parten cuatro brazos rematados en una gran corona superior.

Es una imagen de vestir con hábito marrón y capa blanca y con la cabeza cubierta con mantilla también blanca y corona de plata, y muestra la iconografía tradicional que se dice traída desde el Monte Carmelo, con un cetro en la mano izquierda y un escapulario en la derecha.

La Virgen del Carmen procesionando (7)

El padre Saggi, carmelita que escribió una historia de la Orden, explica que los carmelitas han venerado a María bajo diferentes aspectos. Así, en los siglos XIII y XIV, predominó su imagen como Patrona y Madre de Jesús; entre los siglos XIV y XV se prefirió a la “Mujer del Apocalipsis”, a Inmaculada; y a partir del siglo XVI predomina esta Virgen del escapulario, la que preserva del infierno y libra del purgatorio, que en verdad es un compendio de las otras dos.

Su incorporación a la iconografía se debe a una visión del carmelita Simón Stock en el siglo XIII en la que la Virgen le entrega un escapulario como prenda de salvación. Más tarde a esta visión se unió la bula sabatina de 1322 concedida por Juan XXII a la Orden.

Así, el ciclo iconográfico reflejado en la iglesia busca resaltar la Anunciación como primer instante de la Encarnación y la Maternidad divina de María, que tiene mucho que ver con el compromiso espiritual de los carmelitas, cuyos primeros ermitaños, que vivían cerca de la fuente de Elías en el Monte Carmelo era “vivir en obsequio de Cristo”, cuando “obsequio” en el contexto de las Cruzadas significaba “servicio”, ayuda a Cristo para recuperar Tierra Santa. En este sentido, las fiestas principales de la Orden del Carmelo son la Conmemoración Solemne del mes de julio junto a la Anunciación y la Inmaculada, ambas resaltando la virginidad de María.

No se sabe el autor de la talla de la Virgen. Hay autores que consideran que es anterior al retablo, aunque su policromía se renovó en el siglo XVIII. Teniendo en cuenta que el motivo del escapulario empezó a difundirse en el siglo XVI y alcanzó su apogeo en el XVII, podría centrarse en esas fechas, aunque también pudo añadirse después.

Elías, Eliseo y el Bautista aparecen en el retablo mayor como prototipos de la vida religiosa en soledad de ahí que San Ambrosio dijera de ellos que realizaron una feliz huida del mundo hacia el desierto. Pero los tres también se consideran prefiguraciones de Jesucristo, lo que los pone en relación con los retablos laterales de la cabecera.

Así, en el lado del Evangelio está el Retablo de San Elías, prefiguración de Cristo además de mítico fundador de la Orden del Carmelo, cuya traza se atribuye a Mateo (o Matías) Primo, padre de Antonio y patriarca de una importante saga de escultores que trabajan en el convento y en la comarca, mientras que las tallas serían de Diego Márquez y Vega.

Retablo de San Elías

Está dividido en banco de jaspes, dos cuerpos de tres calles separadas por volutas y recargados estípites y ático. El primer cuerpo presenta un relieve central que representa el Carmelo flanqueado por dos cornucopias. En el segundo cuerpo, la hornacina de la calle central, más grande que las laterales, aloja una imagen de vestir de San Elías con el brazo derecho en alto sujetando una espada llameante mientras que con la mano izquierda sostiene un libro abierto. Sobre la hornacina luce el escudo carmelitano. Delante hay una pequeña figura de Santa Teresa en igual postura. En las hornacinas laterales se ubican las tallas de San Ángel de Sicilia, con una cimitarra clavada en la cabeza símbolo de su martirio, y otro santo con mitra y báculo, de lo que se deduce que fue obispo, arzobispo o patriarca y que podría ser San Pedro Tomás o San Andrés Corsino.

La figura de San Ángel de Sicilia fue muy criticada por los jesuitas a mediados del siglo XVII en los Acta Sanctorum, donde aplicando el método crítico a las fuentes, arremetieron contra la historia carmelitana, sus orígenes elianos y los relatos de vidas de sus santos, siendo precisamente la de San Ángel la mayor fuente de discordia entre jesuitas y carmelitas, pero la iconografía de esta iglesia no parece mostrar preocupación por aquellas críticas e incluso también muestra al santo en el púlpito.
Pero la parte que soporta toda la carga iconográfica es el ático, que muestra, dentro de una hornacina con dosel, la Subida al cielo del profeta Elías en el carro de fuego, prefiguración de la Ascensión de Cristo porque, según la Biblia, fue arrebatado de la tierra directamente por Dios. Su representación toma como referente la figura de Helios-Apolo sobre su carro de fuego de la iconografía clásica.

Subida al cielo del profeta Elías

El carro está tirado por dos caballos, el santo lleva hábito carmelitano y levanta la mano derecha hacia Dios mientras con la izquierda le lanza la capa a Eliseo, que también lleva el hábito de la Orden y está arrodillado en el suelo cegado por la visión, para nombrarle su sucesor, convirtiéndose en el primer eslabón de santos carmelitas que serán sucesores e imitadores de Elías, marcando una línea ininterrumpida desde el Antiguo Testamento que a la Orden le interesa resaltar. También en este gesto se ve la prefiguración de los poderes transmitidos por Cristo a San Pedro cuando le entrega las llaves.

En el lado de la Epístola, frente a su prefiguración en San Elías, se encuentra el Retablo del Ecce Homo. Fechado en torno a 1740, la traza se atribuye a Francisco Primo, hijo de Mateo y hermano de Antonio, quizá ejecutado por Diego Márquez y Vega.

Retablo del Ecce Homo

Se parece al del Evangelio en su composición arquitectónica y su profusa ornamentación, organizado mediante un gran cuerpo de tres calles separadas por protuberantes volutas y recargados estípites y ático, pero se diferencia porque este ático no soporta la carga iconográfica, que igual que el retablo mayor, se centra en un camarín en la calle central con la talla del titular.

El camarín muestra la estructura semiovalada y destaca por su riqueza arquitectónica, escultórica y pictórica, con representaciones en la cúpula del Padre Eterno, San Joaquín, Santa Ana, el Bautista, la Virgen del Carmen y San José.

Camarín del Retablo del Ecce Homo

En el centro se ubica un Cristo dentro de un templete que, junto al de la Virgen de la Victoria de Málaga, son precedentes de lo que después dará lugar a los tronos asociados a las procesiones, con una base maciza como peana y un espacio central abierto, para dejar pasar la luz a la talla, delimitado por los brazos que convergen en la parte superior, una corona que culmina el conjunto.

Aunque efectivamente la talla del Cristo, una obra del siglo XVII atribuida a Juan Bautista del Castillo, se conoce tradicionalmente como “Ecce Homo”, su iconografía, que parte de estampas, sobre todo una de Durero, es la de un Cristo de las Penas o de la Humildad y Paciencia, arrodillado, con las manos atadas y entrelazadas orando en su papel de Cristo mediador, esperando la inminente Crucifixión mientras reza pidiendo el perdón para sus enemigos y ofrece su sufrimiento a Dios para la Redención de la Humanidad. Los especialistas lo relacionan con el realizado por Pedro Roldán para el Hospital de la Caridad de Sevilla. La representación convivió durante un tiempo con la que aparece sentado, que fue la que terminó por triunfar.

Cristo de las Penas

El altorrelieve de la Virgen de la Soledad en el ático del retablo, las pequeñas figuritas en las hornacinas laterales bajas con las que se localizan las inscripciones “IN CELO”, (HACIA LO OCULTO), y “SIETET” (ESTUVO EN PIE), y los múltiples angelitos portando los instrumentos de la Pasión van en consonancia con esta iconografía del Cristo de las Penas.

En las calles laterales se ubican las esculturas de Santa Ifigenia y San Elesbán, dos legendarios santos carmelitanos, ambos etíopes. La leyenda de santa Ifigenia dice que fue hija del rey de Etiopía en el siglo I dC., directamente bautizada por el apóstol San Mateo, que también le impuso el hábito carmelita, y fundadora del primer monasterio carmelitano femenino. San Elesbán vivió en el siglo VI y comparte con Santa Ifigenia su origen real etíope y el ser también fundador de un convento, dos santos de raza negra que suelen representarse juntos en la iconografía carmelita con pequeñas iglesias sobre las manos como símbolo de sus fundaciones, como en este caso.

Santa Ifigenia y San Elesbán (8)

Imágenes ajenas:

(5) VV.AA., La Anunciación del Convento del Carmen de Antequera, un Conjunto Recuperado, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, 2007.

Fuentes:

CAMACHO MARTÍNEZ, R. y ROMERO BENÍTEZ, J., “Aproximación al estudio del retablo en Antequera en el siglo XVIII”, Imafronte, nº 3, 4 y 5, 1987-88-89, pp. 347-366.
CARMONA MATO, Mª J., “La Flor del Carmelo. Iconografía y mensaje simbólico de la iglesia conventual del Carmen de Antequera (I)”, Boletín de Arte, nº 29, 2008, pp. 135-157.
CARMONA MATO, Mª J., “La Flor del Carmelo. Iconografía y mensaje simbólico de la iglesia conventual del Carmen de Antequera (II)”, Boletín de Arte, nº 30 y 31, 2009 y 2010, pp. 185-201.
FERNÁNDEZ PARADAS, A. R. (coord.), Escultura Barroca Española. Nuevas lecturas desde los Siglos de Oro a la Sociedad del Conocimiento, Málaga, Exlibric, 2016.
MARTÍNEZ CARRETERO, I., “Santos legendarios del Carmelo e iconografía”, El culto a los santos: cofradías, devoción, fiestas y arte, San Lorenzo de El Escorial, Instituto escurialense de Investigaciones Históricas y Artísticas, 2008, pp. 393-416.
TAYLOR, R., “La familia Primo; retablistas del siglo XVIII”, Imafronte, nº 3, 4 y 5, 1987-88-89, pp. 323-345.
VV.AA., La Anunciación del Convento del Carmen de Antequera, un Conjunto Recuperado, Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía, 2007.

Comentarios

Calamidad ha dicho que…
Pero, ¡Sira!, has estado por la tierra que ahora me acoge :-O Lo que me habría encantado estar por Antequera (no estoy exactamente en Antequera, pero al lado) contigo. Seguramente habría disfrutado de la Iglesia del Carmen mucho más allá de su espectacularidad, que sí, es una auténtica joya.

(Y habrías conocido a una nueva miembro de mi familia, una muy pequeñita y muy curiosa que se llama como tú, por cierto.)

¡Un beso bien fuerte!
Sira Gadea ha dicho que…
Hola Marisa. Acabo de ver tu comentario. No sé por qué se me había pasado. La entrada es de una visita relámpago de hace 2 años que hicimos con unos amigos desde Marbella. Hacía muchísimo calor pero la ciudad nos pareció preciosa y tenemos pendiente volver más pausadamente y cuando las cosas se calmen. Cuando vayamos, estaría genial poder vernos y achucharnos de una vez. Cuéntame algo más de mi tocaya, que me has dejado con la intriga. Un beso enorme.

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