La historia del Monasterio de Santa María de Montederramo, en Orense

El imponente monasterio cisterciense de Santa María de Montederramo se encuentra en la localidad de la que toma el nombre, en la comarca orensana de Terra de Caldelas, en la margen derecha del río Mao, en la ladera norte de la Sierra de san Mamede, que recibe ese nombre en honor a un monje anacoreta que vivió en un antiguo eremitorio en la zona, en plena Ribeira Sacra, un agreste territorio bañado por los ríos Miño y Sil que en la Edad Media llegó a albergar una treintena de monasterios.

Iglesia del monasterio de Santa María de Montederramo

Tradicionalmente se ha considerado que su fundación se remontaba a 1124 teniendo en cuenta una escritura otorgada por doña Teresa de Portugal, hija de Alfonso VI el Bravo y madre de don Alfonso I Henriques, primer rey de Portugal, al abad Arnaldo de un lugar de Seoane Vello denominado “Monte de Ramo” en la “Rovoyra Sacrata” (y no “Rivoyra”, como aparece en casi todas partes), para que edificara un monasterio, que se ubicaría a unos siete kilómetros del que luego sería su asentamiento definitivo y que estaría bajo la advocación de san Juan, de ahí su denominación como San Juan de Monte de Ramo. Pero hoy este documento se considera apócrifo, de ahí que las conclusiones extraídas de él en cuanto a un primer emplazamiento no estarían demostradas, sin que tampoco puedan descartarse definitivamente.

En cuanto a la mención de la “Rovoyra Sacrata”, se cree que es la primera vez que ya se denomina así a la zona, aunque los autores no se ponen de acuerdo, pues unos defienden que el término “Rovoyra” se refiere a un robledal considerado sagrado desde antiguo y otros creen que alude a un concepto más amplio relacionado con la cantidad de pequeños monasterios que surgieron en torno a los cauces de los ríos y afluentes del Sil, el Bibei y el Navea.

Otro documento de 1144 nos informa de que Alfonso VII, seguramente dentro de su campaña de consolidación de territorios mediante la fundación de monasterios con una finalidad repobladora y de explotación, hizo una donación al abad Pelagio de la “Iglesia de San Juan de monte Ramis”, un documento en el que se confirma que en ese momento los frailes del cenobio estaban bajo la regla benedictina. Y como la misma advocación a san Juan aparece en otros documentos de 1152, 1154 y 1155, de ello se deduce que en esas fechas todavía no había tenido lugar la adscripción al Císter. Así, no es hasta una bula de Alejandro III de 1163 por la que coloca a Montederramo bajo la protección directa de la Santa Sede, con exención de la jurisdicción real y episcopal y le confirma todos sus privilegios y posesiones, cuando el cenobio ya aparece nombrado como Santa María de Montederramo, advocación mariana que está indicando que en esa fecha ya estaba integrado en el Císter, de ahí que la afiliación, que no fundación ex novo, tuvo que producirse entre 1155 y 1163, pasando a depender directamente de Claraval, cuando se produciría el traslado al emplazamiento definitivo.

La Orden del Císter fue creada a fines del siglo XI por un grupo de trece monjes benedictinos encabezados por Robert de Molesme, que fundaron un monasterio alejado del benedictino Cluny, en un lugar llamado Cistercium en latín, de donde proviene el nombre, y Cîteaux en francés, puesto bajo la advocación de la Virgen, buscando reencontrarse con la soledad y pobreza que preconizaba la Regla de san Benito y que los benedictinos vivían de forma muy relajada, abandonando casi por completo el trabajo manual para poder cumplir con las múltiples funciones litúrgicas destinadas a reyes, abades y benefactores a las que se habían comprometido a cambio de importantes donativos.

La fundación de la nueva Orden propiamente dicha se debió a los sucesores de Robert de Molesme, los abades Albéric y Stephen Harding, que adoptaron, para diferenciarse de los monjes benedictinos, con hábito negro, el color blanco para sus vestiduras, de ahí que también se les empezara a llamar “monjes blancos”. Pero la expansión de la misma se produjo gracias a la fuerte personalidad de Bernard de Fontaine, monje de Cîteaux que en 1115 fundó el monasterio de Clairvaux, de ahí que se le conozca como Bernard de Clairvaux, Bernardo de Claraval en español, formando una de las cuatro ramas del tronco común de Cîteaux junto a La Ferté, Pontigny y Morimond, de las que surgieron el resto de monasterios cistercienses. En 1153, a la muerte de san Bernardo, ya eran trecientos cuarenta y tres establecimientos diseminados por toda Europa, alimentados por abundantes vocaciones a pesar de la austeridad de vida, la escasa alimentación, los ayunos, la oración y la penitencia que caracterizaban su vida monástica.

Ceremonia de entrada de Bernard de Fontaine, el único con aureola de santidad, y sus compañeros en Citeaux en una miniatura del manuscrito Mirior Historical de Vicent de Beauvais (siglo XV) en el Musée Condé de Chantilly (1)

Citeaux y la fundación de las cuatro primeras abadías en una miniatura del Commentaire sur l'Apocaliyse del franciscano Alexandre de Brême (1256-1271) de la University Library de Cambridge (1)

Los cistercienses llegaron a la Península Ibérica poco antes de mediados del siglo XII gracias al apoyo de la realeza como forma de asegurar los territorios que iba conquistando a los musulmanes, a través de las fundaciones de Fitero, Sobrado de los Monjes, Oseira o Santa María de Moreruela.

La estricta observancia de la Regla y el que no ejercieran ningún ministerio externo es la causa de que los monasterios se fundaran en lugares despoblados y silenciosos con abundantes bosques que les procuraran madera y les aislaran, cercanos a ríos con los que regar sus huertos y con canteras de las que obtener la piedra necesaria para construir sus edificios, que obedecen a disposiciones en las que se prohibía lo figurativo y ornamental, signos suntuarios en objetos litúrgicos o vidrieras coloreadas por considerar que distraían de la meditación y el rezo.

La elección de los emplazamientos quedo ya fijada en el Capítulo General del Císter de 1134 donde se establece deliberadamente que no se construyan en ciudades, villas o castillos sino en sitios apartados y que no estén sobre tumbas de santos que puedan atraer peregrinos, teniéndose que establecer en valles reducidos, solitarios y cerrados para que el alma se reconcentrara en sí misma.

Aunque el Císter tampoco se propuso fijar una estética concreta, la forma de vida de la comunidad, basada en la Regla benedictina definió un prototipo arquitectónico de monasterio, caracterizado por la vida separada entre monjes de coro, que eran de origen noble, debían tener cierto nivel de estudios, pudiendo estar o no ordenados sacerdotes, y se ocupaban de los oficios litúrgicos y las tareas intelectuales, y entre conversos, hermanos legos, laicos de origen burgués o campesino, muchos de ellos iletrados, que trabajaban en labores agropecuarias y otras tareas manuales dentro del monasterio y en sus granjas, y que hacían vidas separadas dentro del monasterio, con partes destinadas a cada grupo y con escasas actividades en común.

La iglesia más habitual presentaba planta en T, con testero recto, que también se denomina “planta bernardina”, de tres naves, la central ocupada por dos coros diferenciados para monjes de coro, justo antes del presbiterio, y conversos, en la parte de atrás, con accesos separados en la cabecera y los pies de la nave de la Epístola, respectivamente.

Planta tipo de un monasterio cisterciense tomada de (2) con algunas modificaciones: 1. Iglesia; 2. Altar principal; 3. Altares secundarios; 4. Sacristía; 5. Lavatorio; 6. Escalera de maitines; 7. Clausura alta; 8. Coro de monjes; 9. Banco de enfermos; 10. Entrada de monjes de coro a la iglesia; 11. Coro de conversos; 12. Callejón de conversos y entrada a la iglesia; 13. Patio; 14. Armarium para libros de rezo; 15. Claustro; 16. Sala capitular; 17. Escalera del dormitorio de monjes; 18. Dormitorio de monjes; 19. Letrinas; 20. Locutorio; 21. Salida a los huertos; 22. Scriptorium; 23. Sala de novicios; 24. Calefactorio; 25. Refectorio de monjes; 26. Púlpito de lectura; 27. Cocina; 28. Despensa; 29. Locutorio de conversos; 30. Refectorio de conversos; 31. Salida al exterior; 32. Almacén; 33. Escalera; 34. Dormitorio de conversos; 35. Letrinas.

El conjunto medieval de Santa María de Montederramo no estaría muy alejado de estas características comunes. Y pudo acometer obras de gran envergadura porque a partir de su adscripción a la Orden cisterciense, cuando ya se sabe que poseía dieciséis granjas, su patrimonio se vio notablemente acrecentado por sucesivas donaciones de nobles y de los monarcas Fernando II, Alfonso IX, Fernando III, Alfonso X y Sancho IV, recibiéndolas también de monarcas portugueses y convirtiéndose en uno de los monasterios cistercienses más importantes de Galicia y de la Península, con posesiones en las tierras de Caldelas, Limia, Tribes, Lemos, Quiroga, Baroncelle… polarizando la vida económica y religiosa del entorno y atrayendo, para ponerse bajo su protección por la observancia que allí se practicaba, a otros pequeños monasterios familiares de la zona.

Plantas hipotéticas de Montederramo durante el Medievo (3)

Pero en el siglo XIII el monacato gallego se vio sumido en una profunda crisis provocada por la conformación del reino portugués y la definitiva unión entre Castilla y León a la que no fue ajeno Montederramo, que también se vio afectado por la crisis económica generalizada, la peste negra y las frecuentes luchas nobiliarias, una crisis que se vio agravada en la siguiente centuria.

En el siglo XV también le afectó la crisis internacional como resultado del Cisma de Occidente (1378-1417) y el costoso mantenimiento de dos curias, una en Roma y otra en Avignon, la consiguiente división de la Iglesia Católica en dos bandos, las epidemias, la degradación que sufría la vida conventual por la falta de vocaciones y la penuria económica por la que atravesaban los monasterios causada, sobre todo, por la disminución de las donaciones, las luchas de poder entre el papado y los obispos por el control económico de los cenobios, y los abades comendatarios, nombrados por el papa, que se desentendían del gobierno y la administración de los mismos al tiempo que malversaban y dilapidaban sus rentas, muchas de ellas empleadas en las luchas intestinas entre la nobleza y la monarquía por acaparar parcelas de poder.

La situación incluso fue más grave en Galicia, imbuida en una profunda crisis política provocada por los conflictos dinásticos en el reinado de Enrique IV, con nobles que eran partidarios de la integración en la corona de Portugal enfrentados a los adeptos a Castilla, como lo demuestra, ya durante el reinado de los Reyes Católicos y promovida por ellos buscando la unidad del reino, la bula de Inocencio VIII Quanta in Dei Ecclesia de 1487, por la que se comisionó a cuatro prelados españoles para reformar los monasterios gallegos benedictinos, cistercienses y de canónigos regulares de san Agustín, y en cuyo preámbulo puede leerse:

“De algún tiempo a esta parte, a causa de la relajación que se introdujo entre los abades, priores, comendatarios, monjes (…), se fue enfriando en los repetidos Monasterios la regular observancia, y no solo fue abandonada por completo la antigua regla de vida, sino que sus moradores, dejándose llevar de reprobados instintos, postpuesto el temor de Dios, hacen una vida libre y disoluta, hasta el punto de que en muchos conventos ha cesado del todo el culto divino, y sus abades y priores o comendatarios gastan con hombres de armas sus rentas y frutos o los emplean en otros usos profanos y poco honestos, los despojan de sus tierras y haciendas y otros bienes destinados al culto divino, echan fuera a los monjes y religiosos y no cesan de cometer cada día otros muchos y nefandos atentados para la perdición de sus almas, ofensas de la divina Majestad, desdoro de la Religión, disminución del culto divino en dicho reino de Galicia” (4)

Pero el problema de los abades comendatarios no afectó a Montederramo, pues sólo tuvo uno, don Pedro, cardenal de san Eusebio, que incluso renunció a la encomienda para facilitar el ingreso de la comunidad en la Congregación Cisterciense de Castilla en 1518, iniciándose un periodo de expansión y riqueza para el monasterio gracias a la mejora en la administración de bienes y rentas.

La Congregación se había formado gracias a la iniciativa del monje Martín de Vargas del Monasterio de Piedra, que consciente de la decadencia de la Orden y de la incapacidad de su Capítulo General para atajarla, en 1425 consiguió que el papa Martín V expidiera la bula Pia supplicum vota para erigir dos monasterios en Castilla en los que se observara estrictamente la Regla de san Benito según los usos cistercienses. Y así nacieron Montesión, como fundación ex novo a las afueras de Toledo, y Santa María de Valbuena, refundación en la provincia de Valladolid, aunque hubo que esperar a fines del siglo XV para que otros monasterios empezaran a incorporarse a la reforma y surgiera, impulsada por los Reyes Católicos, la Congregación Cisterciense de Castilla o Regular Observancia de san Bernardo en España, que supuso la renovación espiritual mediante la recuperación de la antigua liturgia cisterciense, el auge económico de los cenobios gracias a la eliminación de las encomiendas, la sustitución del abadiato vitalicio por el trienal y después cuatrienal, el saneamiento de las rentas mediante el control de las fuentes de ingresos, y la elevación cultural de las crecientes comunidades mediante la creación de una red de colegios en distintos monasterios.

Todos estos cambios tuvieron una importante repercusión en los edificios monásticos, que experimentaron profundas reformas de sus construcciones medievales y a los que se añadieron nuevas estructuras para adaptarse a los nuevos usos.

Así, la Congregación generó una tipología arquitectónica común acorde con un nuevo modo de vida, una vuelta a la observancia que precisó que las fábricas se ajustaran a las nuevas necesidades, entre las que destacó la aparición de celdas individuales que sustituyeron al dormitorio común y que ocuparon el piso superior del claustro reglar, un cambio que surge por la importancia que se dio a la oración y la meditación individual a partir del espacio concreto de la celda. También se modificó la distribución de las dependencias del piso inferior, pues las sacristías, los refectorios y las habitaciones destinadas al abad se hicieron más grandes. Otro cambio fue la ampliación de las hospederías, que duplicaron su capacidad, ubicándose en el propio claustro o, muchas otras veces, en patios de nueva construcción, sobre todo si el monasterio se convertía en sede de un colegio, pues también necesitaba de las instalaciones necesarias para la función docente.

Planta de Montederramo en la Edad Moderna. Los espacios en línea discontinua son hipotéticos (3)

Otro cambio fundamental fue la incorporación de un coro alto a los pies de los templos, como ya habían hecho otras órdenes religiosas como franciscanos, dominicos y jerónimos y que también habían adoptado los benedictinos de la Congregación de Valladolid. Ese coro no sustituyó al coro bajo, utilizándose ambos indistintamente para celebrar la liturgia de las horas, y aunque no existe acuerdo entre los especialistas respecto a por qué se duplicó este espacio, y además de la pragmática razón en cuanto a su uso en verano o en invierno dependiendo de las condiciones climáticas, el coro alto también podría haber respondido a la necesidad de buscar intimidad para la oración tras la apertura de los templos al creciente número de seglares al servicio de los monasterios provocado por la ausencia de conversos y a la de ubicarlo cerca de las nuevas celdas individuales que ocuparon los claustros altos, con acceso directo desde estos. Los sotocoros fueron, precisamente, los espacios reservados para los fieles.

Sección longitudinal de la iglesia, con el coro alto a los pies (3)

El coro alto desde el crucero

El primer abad trienal de Montederramo fue fray Antonio de Palomero, que había sido monje en el Monasterio de la Santa Espina de la provincia de Valladolid, y la adopción de las nuevas normas que regían la Congregación reformada provocaron la necesidad de cambios en la estructura arquitectónica del monasterio que se hicieron mucho más necesarios a partir de 1590, cuando Montederramo se convirtió en sede del Colegio de Artes y Filosofía y Casa Central de Estudios de la Orden Cisterciense, y la comunidad se vio incrementada por los monjes alumnos y sus profesores. Las reformas habían comenzado por el Claustro Reglar, después se añadió el Claustro de la Portería y, finalmente, se acometió la construcción de una nueva iglesia, en un periodo constructivo que abarcó hasta principios del siglo XVII.

Fachada principal del monasterio (5)

Alzado norte del monasterio (3)

Alzado oeste del monasterio (3)

Alzado este del monasterio (3)

Sección transversal del Claustro Reglar y la iglesia (3)

Con las primeras desamortizaciones del siglo XIX la comunidad empezó a disgregarse y en 1835 la desamortización de Mendizábal supuso la exclaustración definitiva, el abandono del monasterio y la incautación de todos sus bienes, cuando la iglesia se convierte en parroquial y el resto de sus bienes son puestos a la venta en pública subasta y la mayoría son adquiridos por el comerciante orensano don Manuel Palao, iniciándose un periodo de dejadez y saqueos en los que el monasterio se utilizó como cantera para construcciones particulares. A comienzos del siglo XX se empezó a vender por lotes a los vecinos del pueblo, que comenzaron a parcelar los exteriores y tabicar los interiores para establecer viviendas y negocios y desaparecieron casi todos los bienes muebles atesorados por el monasterio durante siglos, incluso la biblioteca monacal, pues aunque fue trasladada a Orense, en 1927 pereció en un incendio.

Claustro de la Portería utilizado como pajar (3)

Gallineros en el Claustro Reglar (3)

El proceso de ruina no se frenó ni con la declaración de Monumento Nacional en 1951, pues aunque el deterioro de las cubiertas de la iglesia obligó a emprender obras urgentes bajo la dirección de Luis Menéndez Pidal y Francisco Pons-Sorolla y en 1956 el obispo de Orense declara Montederramo parroquia, anexionándose los pueblos de Graña y Sanfitoiro, a pesar de obtener la aprobación ministerial para iniciar una restauración integral, no se logró el presupuesto necesario, que solo alcanzó para atajar el principal problema, un fallo en la cimentación en la fachada norte que repercutía en la estabilidad del edificio, prolongándose un estado tal de abandono que en 1958 tuvo que tomarse la decisión, ante el riesgo de derrumbe, de desmontar el retablo mayor, almacenar sus tablas en la sacristía y clausurar la iglesia.

En 1959, con la creación de la Diócesis de Vigo-Tui, el obispo inició gestiones para el traslado del templo de Montederramo, piedra a piedra, a Vigo, para convertirlo en la catedral, un proyecto que, a pesar de contar con el beneplácito de Franco, terminó desbaratándose tras el informe negativo de Pons Sorolla. Lo curioso es que no se planteó la conservación del monumento.

En los años siguientes se sucedieron intervenciones mínimas y hubo que esperar a la década de 1980, tras el derrumbe parcial del Claustro Reglar, para que la Xunta de Galicia asumiera la recuperación del monasterio, con varios proyectos de restauración, consolidación y rehabilitación en los que han participado los arquitectos David Ortiz Arce de la Fuente, que se encargó de la rehabilitación del Claustro Reglar, tras la compra de los lotes a los distintos propietarios, para convertirlo en un colegio, cuando se descubre una ventana medieval en el muro meridional del templo; Celestino García Braña y Gonzalo de Pedro Quijano, que se encargaron de la rehabilitación de la iglesia; Celestino García Braña, que dirigió la rehabilitación del coro alto y de su sillería; y Nicanor Cid Lama, que restauró los forjados y la carpintería de las pandas sur y oeste del Claustro de la Hospedería.

Claustro Reglar convertido en patio del colegio

Claustro de la Portería con los vanos superiores tapiados (3)

Claustro de la Portería en la actualidad

Sillería del coro alto antes de la restauración (6)

Sillería del coro alto en la actualidad

Hoy la iglesia, al carecer de culto regular, y el Claustro Procesional, que ya no acoge el colegio público de primera enseñanza, se contemplan con criterios museísticos, y el Claustro de la Portería, dividido en distintas propiedades, solo tiene ocupada la panda norte, que aloja un bar, estando todavía pendiente una recuperación integral del monumento.

En un próximo artículo haremos una reposada visita por todos los ámbitos visitables en la actualidad.

Y si queréis "pasearos" por otros MONASTERIOS CÍSTER en el blog, abrid este enlace.

Referencias e imágenes ajenas:

(3) GRANDE NIETO, V., Santa Mª de Montederramo. Proceso de revisión arquitectónica, s.f.
(4) BERNARI LÓPEZ VÁZQUEZ (coord.), Opus Monasticorum I. Patrimonio, arte, historia y orden, Xunta de Galicia, 2005.
(6) FERNÁNDEZ CASTIÑEIRAS, E., “Cielo, agua y piedra. La fe sobre la que se construyó la Ribeira Sacra (Ourense). En LOZANO BARTOLOZZI, Mª M. y MÉNDEZ HERNÁN, V. (coords.), Paisajes modelados por el agua: entre el agua y la ingeniería, 2012, pp. 313-336.

Fuentes:

BERNARI LÓPEZ VÁZQUEZ (coord.), Opus Monasticorum I. Patrimonio, arte, historia y orden, Xunta de Galicia, 2005.
CASTRO FERNÁNDEZ, B. Mª, Francisco Pons-Sorolla y Arnau, arquitecto-restaurador: sus intervenciones en Galicia (1945-1985), Tesis doctoral, Universidade de Santiago de Compostela, 2007.
CES FERNÁNDEZ, B., Los efectos del seísmo de Lisboa de 1755 sobre el patrimonio monumental de Galicia, Tesis doctoral, Universidade da Coruña, Escola Técnica Superior de Arquitectura, Departamento de Composición, 2015.
FOLGAR DE LA CALLE, Mª C. y FERNÁNDEZ CASTIÑEIRAS, E., “Del esplendor a la ruina. La recuperación del mobiliario litúrgico de la iglesia del monasterio cisterciense de Santa María de Montederramo (Ourense)”, Estudos de conservação e restauro, nº 3, 2011, pp. 110-129.
FERNÁNDEZ CASTIÑEIRAS, E., “Cielo, agua y piedra. La fe sobre la que se construyó la Ribeira Sacra (Ourense). En LOZANO BARTOLOZZI, Mª M. y MÉNDEZ HERNÁN, V. (coords.), Paisajes modelados por el agua: entre el agua y la ingeniería, 2012, pp. 313-336.
GARCÍA FLORES, A., Para mayor culto del oficio divino y servicio de Dios. Las iglesias de los monasterios cistercienses de la Congregación de Castilla (siglos XV-XIX), 2014.
GRANDE NIETO, V., Santa Mª de Montederramo. Proceso de revisión arquitectónica, s.f.
GRANDE NIETO, V., Proceso metodológico y compositivo del Renacimiento en Galicia. 1499-1657, Tesis doctoral, Universidade da Coruña, Departamento de Composición, 2014.
PERNAS ALONSO, M. I., Escaleras de piedra de los conjuntos monásticos de la provincia de Ourense entre los siglos XVI y XVIII. Análisis gráfico, Tesis doctoral, Universidade da Coruña, Departamento de Representación e Teoría Arquitectónica, 2011.
http://viajarconelarte.blogspot.com.es/2017/09/el-monasterio-de-santo-estevo-de-ribas.html 

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