La cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla a lo largo de su historia

El Monasterio de Santa María de las Cuevas de Sevilla es uno de los cuatro monasterios de la Orden Cartuja que hay en Andalucía. Situado en la que se conoce como Isla de la Cartuja, a la que da nombre, en época almohade fue terreno de hornos alfareros que aprovechaban la situación junto al Guadalquivir y la abundancia de arcillas, que extraían labrando cuevas de las que después también se surtieron los alfareros de Triana. La leyenda dice que en 1248, tras la conquista de Sevilla por Fernando III, se encontró una imagen de la Virgen María de alabastro o mármol en una de esas cuevas, escondida allí por los cristianos dispersos por la vega del río durante la dominación musulmana, y que en su honor se construyó una ermita que se puso bajo la advocación de Santa María de las Cuevas. En 1394 el arzobispo de Sevilla don Gonzalo de Mena y de las Roelas entregó la ermita a la Orden Tercera de San Francisco, que construyó un pequeño convento.

Vista aérea de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla (1)

Don Gonzalo de Mena, natural de Toledo, antes de ser nombrado arzobispo de Sevilla en 1393 había ocupado las sedes diocesanas de Calahorra y Burgos. En ese periodo la iglesia católica estaba dividida en dos sedes papales: Aviñón con Clemente VII y Roma con Urbano VI. En 1394 Pedro de Luna Gotor, el “papa Luna”, sucedió a Clemente VII con el nombre de Benedicto XIII. La Orden Cartuja también estaba dividida y las pestes y hambrunas de décadas anteriores habían obligado a exclaustrar a cientos de frailes que sobrevivían como goliardos. En Sevilla los disturbios fomentados por el antisemitismo habían culminado cuatro años antes de la llegada del nuevo arzobispo con la matanza de cuatro mil judíos mientras en la ciudad las facciones formadas por Pedro Ponce de León, V señor de Marchena y Alvar Pérez de Guzmán, alguacil mayor de Sevilla, por un lado, y Juan Alonso de Guzmán, I conde de Niebla, y Diego Hurtado de Mendoza, por el otro, se disputaban el dominio de la ciudad y de sus instituciones. Como medida para controlar la situación don Gonzalo decidió concederles a las familias en liza sepulturas en distintas parroquias hispalenses para crear así una división territorial que lograra aplacar las luchas.

Retrato del arzobispo don Gonzalo de Mena en la galería de retratos del Palacio Arzobispal de Sevilla (2)

La fundación de un monasterio por una orden contemplativa fue otra de las primeras medidas tomadas por el arzobispo como remedio a la relajación moral y el caos civil en el que se encontraba la ciudad. Se decidiría por la Orden Cartuja por consejo de don Ruy González de Medina, mayordomo y caballero veinticuatro de Sevilla, tesorero mayor de la Casa de la Moneda, despensero mayor de Enrique III y señor de La Membrilla, que había conocido a los cartujos a través del Monasterio del Paular, fundado por Juan I de Castilla en 1390.

La Orden Cartuja tiene su origen en 1084 cuando Bruno de Hartenfaust, un religioso alemán (canonizado en 1623 por el papa Gregorio XV), fundó en un lugar aislado de los Alpes el pequeño establecimiento de La Chartreuse, cartuja en francés, que años después, ya muerto el fundador, se convirtió en cabeza de la orden.

Detalle de una ilustración con San Bruno y los primeros monjes construyendo la Chartreuse publicada en los Statuta ordinis cartusiensis... impresos en Basilea en 1510
 
Le Grande Chartreuse en la actualidad (3)

Esta primera fundación nació en medio del clima de renovación general del monacato occidental surgido en el siglo X y que se mantuvo hasta comienzos del XII con propuestas de vida monástica más acordes con el espíritu evangélico, sobre todo en lo relativo a la sencillez y la pobreza cristiana, en reacción contra la riqueza y el poder que las grandes abadías habían adquirido. La experiencia más conocida en este sentido fue la de la Orden Cisterciense, cuyo primer mentor fue Roberto de Molesme, que vivió en la misma época que Bruno de Hartenfaust, conociéndose y compartiendo los mismos ideales de pobreza y desprendimiento del mundo, aunque mientras los cistercienses optaron por un modelo de vida monástica basado fundamentalmente en la vida en común, los cartujos decidieron una vida de dedicación a Dios en soledad y aislamiento a la manera de los antiguos ermitaños.

Retrato idealizado de San Bruno de Girolamo Marchesi ha. 1525, pocos años después de su canonización (4)

Bruno de Hartenfaust nació en Colonia poco antes de 1030. Estudió en Colonia y en Reims, ciudad en la que fue canónico del cabildo catedralicio y escolástico, profesor principal y orientador moral de los jóvenes aspirantes a clérigos, cargo que ejerció hasta 1075. En 1083, después de rechazar la dignidad de arzobispo, dejó la ciudad y se trasladó a Séche-Fontaine, en la diócesis de Langres, para vivir su primera experiencia eremítica. Meses más tarde se fue a los Alpes y, gracias al apoyo de Hugo de Grenoble, obispo de esa ciudad (canonizado en 1134 por Inocencio II), se instaló en un lugar desierto del macizo de Chartreuse junto a cuatro clérigos y dos laicos construyendo un eremitorio formado por algunas cabañas de madera abiertas a una galería comunicadas con un templo, un refectorio, y un capítulo para conjugar la vida eremítica y cenobítica, permaneciendo allí hasta 1090, pues el papa Urbano II, que había sido su alumno en Reims, le llamó al servicio de la Sede Apostólica en Roma como su consejero. Al marcharse de Chartreuse los monjes se dispersaron, aunque después se reagruparon en torno a Landuin, nombrado sucesor por Bruno.

Ilustraciones en A Carthusian miscellany of poems, chronicles and treatises... (1460-1500) con el Sueño de san Hugo en el que ve siete estrellas, representación de Bruno y los seis primeros monjes de la Chartreuse, El obispo recibiendo a Bruno y sus compañeros, San Hugo entregándole la ubicación a los fundadores y la Construcción de la Chartreuse

Visita de San Bruno a Urbano II. Francisco de Zurbarán, ha. 1655. Museo de Bellas Artes de Sevilla procedente de la Cartuja de Santa María de las Cuevas (5)

Meses después rechazó por segunda vez una sede arzobispal, la de Reggio Calabria, y pidió al papa autorización para retirarse y fundar otro eremitorio en un bosque de Calabria denominado La Torre, muriendo allí en 1101.

Aunque Bruno había fundado dos pequeñas instituciones, no redactó regla alguna ni se cree que tuviera intención de fundar una orden. Además, el segundo establecimiento en Calabria terminó quedando asociado a la orden cisterciense, por lo que la orden cartuja estuvo a punto de no existir.

Fue trascendental que bajo el mandato del quinto prior de la Chartreuse, Guigo I, se fundaran varias nuevas casas con la misma forma de vida y para satisfacer las demandas de sus priores, entre 1121 y 1127 y a instancias de Hugo de Grenoble, el prior redactara las Consuetudines Cartusiae, que fijaron por escrito las costumbres de los cartujos, tanto en el plano litúrgico como en el material.

El modo de vida establecía la separación entre monjes y legos en edificios distintos. Los monjes o padres permanecían en la cartuja propiamente dicha o casa alta, domus superior, compuesta por el claustro grande, la iglesia con sacristía y los ámbitos propios de un monasterio, con el claustro pequeño o claustrillo, la sala de capítulo, el refectorio, sólo utilizado en determinadas fiestas, una cocina, la biblioteca, capillas para misas particulares… Los legos o hermanos conversos vivían en la casa baja, domus inferior, correrie en francés, compuesta por pequeñas celdas y edificios de explotación, molinos, panadería con horno, zapatería, graneros, establos, cocina, despensa… y la parte del terreno de la cartuja destinada a huerta, todo a cargo de los legos, además de las zonas en comunicación con el exterior, como la portería y la hospedería para visitantes muy restringidos.

Los monjes vivían de forma eremítica en soledad, silencio y aislamiento en celdas individuales distribuidas a lo largo de galerías en el claustro grande dedicados en exclusiva a la contemplación, la oración y el trabajo manual no productivo. Sólo iban a la iglesia en maitines y vísperas, no celebraban misa conventualmente todos los días y pasaban la mayoría del tiempo en sus celdas, que eran como pequeñas casas, con oratorio, cuarto de estudio, zona para comer, alcoba, taller, letrinas y huerto.

Los legos eran otra unidad independiente encargada de garantizar la autonomía económica del monasterio mediante trabajos productivos y manteniendo la necesaria comunicación con el exterior, con un régimen de vida menos severo para hacer posible el aislamiento de los monjes.

Al principio el número de monjes fue de trece o catorce y el de legos de dieciséis, por lo que las primeras cartujas fueron edificios de pequeñas dimensiones salvo el claustro grande con las celdas de los monjes.

Ni las Consuetudines ni textos posteriores dan directrices sobre la distribución de los edificios en sus monasterios, de ahí que se adapten a la configuración del terreno teniendo en cuenta la necesidad de fuentes de agua y de una importante superficie llana para la construcción del claustro grande con las celdas individuales de los monjes. Desde el siglo XII se adoptaron distintas soluciones. En la mayoría de ellas el claustrillo o claustro pequeño, de carácter cenobítico, que agrupaba las dependencias de vida comunitaria, estaba al lado de la iglesia, y el claustro grande, de carácter eremítico, se situaba detrás, alrededor del ábside, como en el caso de Santa María de las Cuevas. En otros casos éste último podía estar al otro lado de la iglesia o delante de ésta, el claustrillo entre la iglesia y el claustro grande… Lo que primó fue el sentido común, tendiéndose a ubicar la entrada en el ámbito cenobítico y dejando mayor aislamiento para el gran claustro. De todos modos, pocos monasterios conservaron el trazado simple del inicio, incorporándose ampliaciones y nuevas construcciones a lo largo de los siglos.

Distribución de los distintos ámbitos de vida en una cartuja a partir de la planta de la cartuja de Clermont dibujada por Eugène Viollet-le-Duc en 1856 (6)

Las iglesias, orientadas de forma canónica con el ábside hacia el este, son de nave única con ábside poligonal o semicircular y el espacio se divide en dos con un muro de cierre, un tabique de madera o una verja para separar el coro de monjes, más cerca del ábside, del de legos. A veces hay otro muro o verja más para delimitar el espacio reservado a los laicos a los pies de la iglesia, como en Santa María de las Cuevas.

Las cartujas fueron aumentando pero todavía no formaban una verdadera orden. El primer capítulo general no se reunió hasta el séptimo prior de Chartreuse, Antelme de Chignin, probablemente en 1141. La decisión más importante que tomaron fue la integración de todos los monasterios bajo la dependencia de la Grande Chartreuse en vez de las autoridades diocesanas, convirtiéndose en cabeza de la orden y sede del prior general. A partir de 1155 el capítulo general se reunió todos los años y casi siempre en la casa-madre, insistiendo en el cumplimiento exacto de la Costumbres de Guigo I y dictando nuevas disposiciones.

San Antelmo, Francisco de Zurbarán, ha. 1638, Museo de Cádiz (7)

Se estableció que la primera autoridad fuera el capítulo general. A continuación estaba el prior general, que siempre coincide con el prior de la Grande Chartreuse, elegido por su propia comunidad. Luego estaban los visitadores, encargados de controlar e inspeccionar que se seguían las Costumbres, y finalmente los priores locales, elegidos por el prior general o el capítulo y sólo en casos determinados por la comunidad respectiva. Como observancias se establecieron la oración en soledad salvo el oficio de maitines, la misa conventual y vísperas. Como relajación para estas costumbres tan severas se permitió que los domingos y algunas fiestas principales celebraran todo el oficio en el coro, comieran juntos e hicieran una hora de recreo. Una vez a la semana también podían dar un paseo largo fuera de la clausura. Como mortificación, desde el siglo XIV debían abstenerse de comer carne y tenían que levantarse a media noche.

Las primeras casas estuvieron próximas a la Grande Chartreuse pero en poco tiempo ya hubo fundaciones más alejadas, como Mont Dieu en las Ardenas, Seitz en Eslovenia o Scala Dei en Tarragona, todas en zonas rurales alejadas o de difícil acceso. Pero en el siglo XIII ya hubo algunas fundadas próximas a centros urbanos como la de Vauvert a las afueras de París y en el XIV en el interior de las ciudades, como en Colonia, ciudad natal de San Bruno.

La implantación cartuja en la península Ibérica al principio fue lenta, con una casa fundada en el siglo XII, la mencionada Scala Dei en Tarragona, y dos en el XIII, San Pol de Mar en Barcelona y Porta Coeli en Valencia. En el siglo XIV hubo cinco fundaciones, Vallparadis en Tarrasa, Val de Cristo en Segorbe, Vallformosa en Mallorca, El Paular en Segovia (aunque ahora sea de la provincia de Madrid) y Santa María de las Cuevas en Sevilla ya en 1400. En total se fundaron veintiuna cartujas masculinas y una femenina. De las masculinas, dos tuvieron una vida muy corta y tres más se quedaron prácticamente en proyectos. Las diecisiete restantes fueron más estables y se organizaron en las dos provincias de Cataluña, con dos en Cataluña, tres en Aragón, tres en Valencia y una en Baleares, y de Castilla, con tres en Castilla y cuatro en Andalucía. En 1785 se formó la Congregación nacional de cartujas españolas, independiente de la casa madre de Grenoble. Durante las desamortizaciones de la primera mitad del siglo XIX casi todas fueron abandonadas y sus bienes expropiados y en 1867 se suprimió la Congregación española, pero poco a poco la orden fue recuperando alguna de sus antiguas fundaciones y en la actualidad existen los cuatro monasterios masculinos de Miraflores, Montealegre, Aula Dei y Porta Coeli y el femenino de Benifaçá.

Volviendo a Santa María de las Cuevas, don Gonzalo de Mena vio necesaria la fundación de un monasterio cartujo porque la ciudad de Sevilla, con constantes hambrunas, crecidas del río, epidemias de peste y toda clase de miserias, precisaba de almas piadosas que atendieran a los más necesitados y que, además, infundieran los preceptos de una apropiada vida religiosa tanto a la sociedad como al resto de órdenes de la ciudad.

Grabado de Juan Méndez de 1629 La fundación de la Cartuja de Santa María de las Cuevas por el arzobispo don Gonzalo de Mena. El fundador aparece entregándole la cartuja a la Virgen con el Niño y San Juanito (8)

En 1399 el arzobispo obtuvo permiso del prior de la Grande Chartreuse para su fundación y la primera ubicación prevista fue el interior del castillo de San Juan de Aznalfarache, aunque nada más comenzar los trabajos surgieron problemas constructivos que hicieron abandonar el proyecto, así que don Gonzalo optó por la ermita que seis años antes les había dado a los franciscanos, a los que en compensación les entregó otras posesiones en San Juan de Aznalfarache y Niebla. Ese nuevo emplazamiento enfrente de Sevilla permitía un contacto con la ciudad para cuestiones como la caridad practicada por los cartujos pero al tiempo también estaba lo suficientemente apartado como para proporcionar la paz y el retiro necesarios.

En 1400 ya llegaron a Sevilla procedentes de El Paular los primeros cartujos y tomaron posesión de la ermita. La comunidad inicial estaría formada por cuatro monjes y algunos legos. El arzobispo Mena entregó a fray Juan Fernández, fraile regidor, fondos para los primeros gastos y para la compra de algunos terrenos. Aunque ese mismo año el arzobispo murió sin haber hecho testamento y sus bienes pasaron a la curia romana, había dejado 30.000 doblas de oro para la construcción del nuevo monasterio a su albacea y canónigo de la catedral Juan Martínez de Vitoria. En 1402 los monjes obtuvieron la condición de vecinos de la ciudad, con todas las ventajas, sobre todo fiscales, que ello suponía. En 1403 Benedicto XIII expidió la bula Sacri Cartusiensis Ordinis confirmando la fundación y dotación del monasterio, al que donó 5.000 doblas de oro más y ornamentos eclesiásticos.

Pero en 1407 las 30.000 doblas de oro que guardaba el albacea fueron incautadas por el infante don Fernando de Antequera para sus campañas militares contra el reino nazarí de Granada y los cartujos tuvieron que solicitar su devolución por mediación del papa, que en 1409, en compensación, consiguió que doña Catalina de Lancáster, regente junto a don Fernando de Antequera durante la minoría de edad de Juan II de Castilla, les otorgase los tercios reales de los diezmos de las vicarías de Sanlúcar la Mayor, Aznalcázar y Constantina además de hacer una donación de 1.000 florines. Aun así, los cartujos quedaron en una situación de precariedad para afrontar las obras del nuevo monasterio y se vieron obligados a firmar un contrato de patronazgo con derecho a entierro para él y sus descendientes con don Per Afan de Ribera el Viejo, adelantado mayor de la frontera y notario mayor de Andalucía, que a cambio les asignó rentas perpetuas de productos agrícolas y subvencionó la construcción de una iglesia con la condición de convertirla en su panteón familiar.

Sepulcro de don Per Afán de Ribera "el Viejo" y sus dos esposas, doña María Rodríguez Mariño y doña Aldonza de Ayala. Estuvo en el presbiterio de la iglesia pero en la actualidad está en la sala capitular

El patronato de los Ribera implicó que los restos de don Gonzalo de Mena no pudieran descansar en su fundación y fueran sepultados en la capilla de Santiago de la catedral de Sevilla, teniendo que esperar hasta 1594 para que los cartujos consiguieran, finalmente, su traslado al monasterio previo acuerdo con la familia Ribera para que la iglesia nueva fuera destinada a la familia y la iglesia primitiva, convertida en capilla de la Magdalena, fuera el lugar de descanso del fundador, que estuvo allí hasta que tras la desamortización de Mendizábal de nuevo fue trasladado a su primitivo emplazamiento en la catedral, donde hoy permanece.

Sepulcro del arzobispo don Gonzalo de Mena en la capilla de Santiago de la catedral de Sevilla (2)

Pero el patronato de los Ribera también supuso un punto de inflexión para del monasterio y a continuación se sucedieron prebendas, donaciones y exenciones de tributos de papas, reyes y cardenales además de abundantes aportaciones de la nobleza sevillana, profesando también en la cartuja, de gran popularidad en Sevilla por su labor social de alimento y cuidado a los necesitados, muchos monjes pertenecientes a los linajes más ricos de la ciudad. También fue fuente de donaciones la veneración que alcanzó la imagen de la Virgen de las Cuevas ubicada en la capilla exterior o “de afuera”.

Entre sus benefactores nobles estuvieron doña Beatriz de Castilla, hija bastarda de Enrique II, casada con don Juan Alonso Pérez de Guzmán, I conde de Niebla, doña Teresa González de Medina, viuda del jurado don Juan Fernández de la Quadra, doña Leonor de Guzmán, hija de don Álvar Pérez de Guzmán, alguacil mayor de Sevilla, don Juan Ponce de León, II conde de Arcos de la Frontera y alcalde mayor de Sevilla…

Así, un siglo después de su fundación, consta que el monasterio poseía un gran patrimonio compuesto por inmuebles en Sevilla y propiedades rústicas con viñedos, huertas, olivares, cultivos de cereales… en multitud de pueblos sevillanos.

En el primer siglo de su existencia la comunidad afrontó la construcción del monasterio y en los tres siguientes se dedicó a su transformación, reparación, ampliaciones menores y, fundamentalmente, a su amueblamiento con un excepcional ajuar artístico.

Dada la coherencia del núcleo sagrado del recinto, éste respondería a unos planes trazados desde el principio, con una disposición habitual en los monasterios cartujos, con la iglesia, el claustrillo a su derecha y anexo a la cabecera el claustro grande. De todos modos, inicialmente no existió la iglesia actual y la iglesia primitiva estuvo en el ámbito que después se convirtió en capilla de Santa María Magdalena, en la panda sur del claustrillo. No se construyó el templo principal de forma inmediata por deseos del propio fundador Mena, que determinó que el primer edificio fuese una iglesia pequeña en la que celebrar los Oficios mientras se edificaba la mayor y el resto del monasterio. Y es que las fundaciones cartujas fueron verdaderas ciudadelas que aspiraban al autoabastecimiento con el menor contacto posible con el exterior, por lo que es posible que tras el replanteo inicial se comenzasen las construcciones necesarias para ser habitadas lo más pronto posible, dejándose para etapas posteriores la erección de los edificios de mayor envergadura, de ahí la necesidad de reajustes espaciales y la presencia de estilos sucesivos.

Plano de la cartuja de Santa María de las Cuevas con los distintos ámbitos (9)

El primer núcleo estaba formado por la antigua ermita de Nuestra Señora de las Cuevas, la capilla inicial de la Magdalena, el refectorio, algunas celdas del claustro de monjes y una cerca de tapial rodeando el recinto con la doble función de garantizar el aislamiento y resguardar el conjunto de las crecidas del Guadalquivir. Estas piezas presentaban las características del mudéjar sevillano de la época, un aspecto modificado en posteriores intervenciones.

Refectorio (10)

La iglesia fue consagrada en 1420 pero en 1436 ya hubo que renovar y fortalecer la bóveda porque amenazaba ruina. Los gastos se sufragaron con el dinero dejado por el arzobispo fundador porque ni Per Afán el Viejo ni sus descendientes dejaron fondos previstos para el mantenimiento del templo.

Iglesia de la cartuja, habilitada como sala de exposiciones desde la restauración del complejo conventual para la Expo 92

El claustrillo se levantó en 1454.

Claustrillo

Enrique IV de Castilla visitó el monasterio en 1469.

Entrando en el siglo XVI, en 1507 se levantó la capilla de Santa Ana a los pies del templo pero fuera de la iglesia, con acceso desde el atrio.

Capilla de Santa Ana

La capilla tiene una cripta subterránea en la que estuvieron enterrados Cristóbal Colón y otros miembros de su familia.

Cristóbal Colón fue amigo íntimo de fray Gaspar Gorricio, albacea testamentario y consejero espiritual de sus hijos, y recibió su apoyo durante sus estancias en Sevilla preparando sus expediciones a América. La defensa de sus argumentos en Salamanca antes de realizar su primer viaje la preparó en la biblioteca del monasterio. Gorricio también le asesoró a través de su conocimiento de las Sagradas Escrituras para la redacción del Libro de las profecías, que Colón dedicó a los Reyes Católicos. Otro de sus amigos cartujos fue el sacerdote Diego Luján, hijo de Sancho de Padilla, rico-hombre de Enrique IV y nieto de los Adelantados de Castilla y tres veces prior de la cartuja sevillana.

Aunque Colón murió en Valladolid el 20 de mayo de 1506 de camino a la corte itinerante de Fernando el Católico y su cuerpo fue depositado en el Convento de San Francisco de esa ciudad, en 1509 su hijo Diego mandó trasladar sus restos al monasterio sevillano. En ese momento sólo existían en la cartuja dos capillas funerarias: la de los Ribera en la iglesia y la de los Henriquez en la capilla de los duques de Alcalá en el claustrillo. Seguramente sus restos se ubicaron en la de los Henriquez hasta que en 1523 se terminó la capilla de Santa Ana, donde también fue enterrado su hermano Diego y su propio hijo, muerto en 1526 en la Puebla de Montalbán cuando se dirigía a Sevilla para asistir a la boda de Carlos V e Isabel de Portugal. El último Colón enterrado en la capilla fue el sobrino nieto de Cristóbal Colón, Luis Colón y Toledo, tercer almirante de la Mar Océana, que permutó sus cargos de virrey y gobernador de las Indias por los de duque de Veragua y marqués de Jamaica, aunque a comienzos del siglo XVII sur restos fueron trasladados a Santo Domingo. En cuanto a los restos de Colón, en 1543 también fueron llevados a Santo Domingo, aunque después volvieron a Sevilla y fueron enterrados en la catedral, donde permanecen.

De nuevo con la historia del monasterio, en 1523 se amplió la longitud del templo por los pies para dar acogida a la cada vez más numerosa comunidad de monjes y legos incorporando un nuevo tramo, por lo que el espacio del atrio quedó reducido. La marca de la dimensión original se dejó en el pavimento mediante un clavo “para perpetua señal de que a aquel punto llegaba la portada y frontispicio de la iglesia labrada por Per Afán” y delimitar exactamente el ámbito de la, para los monjes, incómoda piedad del noble. También se amplió la capilla de Santa Ana, que tenía acceso desde el atrio y que a partir de ese momento ya lo tuvo a través del templo.

A esos años también corresponde la remodelación de la sala capitular patrocinada por don Fadrique Enríquez de Ribera, I marqués de Tarifa, con la incorporación de un altar con la Virgen y el Niño y los mausoleos parietales de mármol realizados en Génova por Pace Gazzini (o Gaggini) de Bissone y Antonio Maria Aprile da Carona con forma de arcos de triunfo con las estatuas yacentes de doña Catalina de Ribera y don Pedro Enríquez, padres del comitente, obras excepcionales del arte funerario renacentista a las que en breve dedicaré un artículo monográfico.

Sala capitular

Sepultura de doña Catalina de Ribera y Mendoza (+1505) (11)

Sepultura de don Pedro Enríquez de Quiñones (+1493) (12)

En 1526 Carlos V visitó la ciudad con motivo de su boda con Isabel de Portugal y donó al monasterio su altar portátil, que estuvo en la sacristía hasta la invasión francesa.

En 1537 se amplió el espacio de la sacristía duplicando su anchura.

A mediados de siglo se acometió una importante obra en la celda prioral en la que se construyeron parte de las estancias del primer piso con diversos aposentos y cámaras para alojar a visitantes ilustres, sobre todo reyes, y se realizaron tres de los frentes de la galería siguiendo el modelo del único ejecutado hasta ese momento. En este sentido, Felipe II visitó el monasterio y se alojó en él durante tres días en mayo de 1570.

Patio de la celda prioral

En 1574 se ubicó en la celda prioral la biblioteca del monasterio, cuyo origen estuvo en el legado de la librería íntegra de don Fadrique Enríquez de Ribera, I marqués de Tarifa, a la Cartuja en 1539. Llegó a contar con gran número de ejemplares y fue de las bibliotecas más importantes de la ciudad.

En 1588 se amplió el refectorio de monjes y se añadieron paneles cerámicos, pinturas murales y pinturas al óleo a sus muros y se amplió la techumbre mudéjar.

Paneles cerámicos del refectorio

Techumbre mudéjar del refectorio (13)

En la segunda mitad del siglo se acometieron la renovación del sagrario, de la capilla de Santa Ana y de la capilla de la Magdalena. Con la ampliación del refectorio, la capilla de la Magdalena modificó su planta, perdiendo una parte a los pies y siendo ampliada por la cabecera con una pequeña capilla contigua cubierta con bóveda octogonal. Tras el solemne traslado de los restos del fundador, el arzobispo don Gonzalo de Mena, desde la catedral de Sevilla a la Cartuja para recibir sepultura en esta capilla en 1594, también se redecoró mediante la colocación de un zócalo de azulejos con las armas de Mena, pintura mural, yeserías con motivos de cartones recortados en la bóveda del presbiterio, la renovación de las losas del pavimento, la construcción de una portada de jaspe y la apertura de una ventana al claustrillo.

Bóveda de la capilla de la Magdalena

Capilla de la Magdalena

En los primeros años del siglo XVII se acometió la renovación del conjunto de construcciones alrededor de la capilla de Afuera porque las primitivas estructuras mudéjares estaban muy dañadas, sobre todo por las riadas. La capilla fue rehecha y se decoró con pinturas y azulejos. También se renovaron el refectorio de pobres, la cocina y la portería.

En 1607 la antecapilla de la sala capitular se decoró con un zócalo de azulejos con los escudos de armas de la casa Enríquez Ribera.

En 1613 se remozaron y decoraron las paredes de la iglesia con un enlucido de yeso sobre el encalado que hasta entonces tenía y se realizó una cornisa para decorar las paredes, un zócalo de azulejos y se estofaron y doraron los florones de las bóvedas que acompañan a los escudos de armas de los Ribera.

En 1616 se decidió colocar en la Capilla de Santa Ana un Cristo crucificado de Juan Martínez Montañés que el arcediano de Carmona don Mateo Vázquez de Leca había donado al monasterio, de ahí que también se la denomine capilla del Cristo de la Misericordia (en la actualidad está en la catedral de Sevilla). Con ese motivo se incorporó a este ámbito una nueva decoración de yeserías, cornisa y molduraje además de un zócalo de azulejos.

Cristo Crucificado de Juan Martínez Montañés (14)

Entre 1641 y 1650 aproximadamente la Cartuja sufrió la fraudulenta apropiación por parte de don Gaspar de Guzmán, conde duque de Olivares y valido de Felipe IV, que se adueñó de Camas y llevó su término, de forma ilegal, unos centenares de metros hacia el oeste incluyendo el asentamiento cartujo.

Felipe IV visitó el monasterio en 1642.

En 1672 se construyó un nuevo sagrario para adaptarlo a los usos barrocos del que, lamentablemente, no queda nada, con parte de su amueblamiento trasladado a mediados del siglo XX a la cartuja de Jerez de la Frontera.

En 1682 se realizaron las gradas y el resto de solería del templo con losas cuadradas de mármol de Génova azules y blancas, hoy desaparecidas.

En el siglo XVIII se prolongaron los trabajos de mejora compaginados con reparaciones de la cerca y los edificios tras las periódicas avenidas del Guadalquivir. El terremoto de Lisboa de 1755 también afectó gravemente al monasterio y obligó a la reparación de los desperfectos.

Uno de los trabajos más trascendentales del siglo fue su proceso de renovación artística de acuerdo a los gustos barrocos. Las labores se centraron en la iglesia y las capillas, que fueron engalanadas con pinturas, dorados y estofados como complemento de los nuevos retablos e imágenes y también se cambió el emplazamiento de los sepulcros de los Ribera, que pasaron desde el presbiterio, en donde eran un obstáculo para las celebraciones litúrgicas, a dos nichos en los muros. En 1751 la falta de luz del templo, pues el rosetón y las ventanas laterales estaban cubiertos con tableros para evitar las inclemencias del tiempo, motivó que se realizaran vidrieras.

Otra de las obras del siglo fue el cerramiento mediante puertas y ventanas de las galerías del claustro grande.

Hacia 1784, después de una sucesión de riadas, los cartujos se plantearon el traslado del monasterio. Ya en el siglo XVII, por ese mismo motivo, la comunidad llegó a pensar en cambiar el emplazamiento como única defensa ante el río, pero en este momento la decisión parece firme y hasta se llegan a encargar trazas para una nueva cartuja en la dehesa de Casaluega al arquitecto madrileño Felipe de Fontana, que se trasladó a Sevilla, inspeccionó los terrenos y trazó unos planos y una memoria, aunque la escasez de frailes conversos en la época, la carestía del proyecto y cuestiones administrativas derivadas del desglose de las fundaciones peninsulares de la casa madre de Grenoble frustraron los planes.

La magnitud de los daños obligó a hacer de nueva planta varias edificaciones, como la Puerta del Río y la Puerta de Tierra, la capilla de Afuera y su entorno, obras a cargo del arquitecto Ambrosio de Figueroa, donde se aplicaron rasgos propios de la arquitectura rural sevillana. La Puerta del Río adoptó un aspecto similar a las levantadas en la época para cortijos y haciendas y se reutilizaron azulejos antiguos para la decoración. En la construcción de la capilla de Afuera y sus dependencias también se aplicaron rasgos de la arquitectura rural sevillana. En la capilla se optó por una planta rectangular de nave única con portada ornamentada y cúpula en el crucero. La Puerta de Tierra, sin embargo adoptó una composición de arco de triunfo con contraste de materiales y texturas.

Puerta del Río (15)

Puerta de Tierra

Puerta de Tierra y capilla de Afuera

Interior de la capilla de Afuera

En 1796 Carlos IV visitó el monasterio y quedó muy admirado de la raza de caballos cartujanos que se criaban en el monasterio desde 1770.

Imagen de la cartuja con su estado en la segunda mitad del siglo XVIII publicada en Maisons de l'ordre des chartreux, Museo Británico de Londres (16)

Durante este siglo la crisis económica que venía arrastrando Sevilla se vio acentuada por el traslado de la Casa de Contratación a Cádiz, cebándose en la burguesía comerciante y también en algunas familias de la nobleza. Sin embargo la Cartuja de las Cuevas mantuvo un continuo ingreso de rentas y su autoabastecimiento casi completo de productos de primera necesidad procedentes de sus cortijos y sus molinos.

Ya en el siglo XIX, durante la Guerra de la Independencia la comunidad recibió la orden del Capítulo General de las cartujas españolas de abandonar el monasterio. La mayoría huyó en barca por el Guadalquivir hacia Cádiz y el resto se fue hacia la frontera de Portugal en mulas, repartiéndose los tesoros de orfebrería que poseían para salvarlos de la rapiña francesa. Pero los que se dirigían a Cádiz fueron interceptados en Sanlúcar de Barrameda y la mayoría de la carga fue requisada. En cuanto a los que se dirigieron a Portugal, cuando llegaron a Lisboa fundieron la plata para acuñar moneda y la mitad les fue arrebatada por el regente Juan de Portugal.

A pesar del breve periodo de ocupación francesa, destaca la asombrosa eficacia de las tropas para el desvalijamiento, destrucción y desmembramiento del inmenso patrimonio artístico español. En el caso de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, además de la profanación y el saqueo, en 1811 el mariscal Soult la convirtió, dada su situación estratégica, en cuartel de artillería y sede administrativa del Ejército después de que el mariscal Eusebio Herrera, gobernador del Alcázar, ordenara que se trasladaran a los Reales Alcázares, para ponerlos a salvo, dado que eran propiedad de la Corona, los papeles del archivo y casi setenta carros con obras de arte. La iglesia pasó a ser utilizada como almacén de víveres y bodega, la sala capitular y la capilla de la Magdalena como botica, la sacristía como carnicería, el refectorio como almacén de grano, la capilla de afuera como fábrica de cartuchos y mechas para las bombas o las celdas y el claustro grande como dormitorios. También construyeron una cocina en el cementerio del claustro grande, bastiones abaluartados irregulares, troneras, torres vigías y un camino de ronda en la tapia exterior, un profundo foso de doce metros de anchura y una estacada alrededor de todo el conjunto con un único puente levadizo frente a la Puerta del Río, la entrada principal fue tabicada y frente a ella se creó una plaza de armas para ejercicios de la tropa y la artillería a costa de arrancar todos los naranjos de una huerta.

Plano de la cartuja en el primer tercio del siglo XIX con las fortificaciones francesas, Cartoteca Histórica del Ejército, Madrid (16)

Con la expulsión de los franceses en septiembre de 1812 los cartujos sevillanos, que se encontraban en las cartujas portuguesas de Scala Coeli en Évora y el Valle de la Misericordia en Lisboa, regresaron a Sevilla, primero acogidos en el Oratorio de San Felipe Neri y después ya pudieron regresar a la cartuja, devastada tras el paso de los franceses, e iniciar las labores de demolición de las fortificaciones francesas y reconstrucción del monasterio. Además, como una parte de sus obras de arte habían sido salvadas al trasladarlas a los Reales Alcázares, también se iniciaron las tareas para su devolución. De todos modos, las pérdidas fueron muy cuantiosas, destacando los objetos litúrgicos de plata, la biblioteca que, lo poco que queda de ella, se encuentra repartida por el mundo, y los instrumentos astronómicos que había heredado del astrónomo del siglo XVI Jerónimo de Chaves.

En febrero de 1813 el intendente de Sevilla subastó el monasterio y lo alquiló al comerciante inglés establecido en Cádiz William Pickman, iniciándose la coexistencia entre una menguada comunidad de cartujos y la familia y empleados de Pickman. Pero la vuelta de Fernando VII en 1814 y la Restauración supuso la devolución a los cartujos de todas sus propiedades, que siguieron con las labores de restauración del monasterio.

En 1820, durante el Trienio Liberal, los bienes del monasterio fueron de nuevo incautados, sus monjes exclaustrados y el edificio se convirtió en casa de vecindad. En 1823 el monasterio les fue devuelto a los cartujos, que de nuevo iniciaron trabajos de restauración y la iglesia volvió a abrirse al culto, transcurriendo once años de relativa calma hasta los acontecimientos que desencadenaron la matanza de frailes en Madrid en 1834. Un año después, en medio de una tensa situación política y continuas revueltas callejeras, se promulgó la desamortización eclesiástica decretada por Juan Álvarez Mendizábal y la exclaustración definitiva de los monjes de la Cartuja de Santa María de las Cuevas llegó en marzo de 1836.

Tras la desamortización, el monasterio primero fue prisión y en 1838 fue arrendado, salvo las huertas Grande, Vieja y el Compás, por la sociedad Pickman y Compañía, formada por Charles Pickman, hermano de William, ya fallecido, su cuñado Guillermo Aponte, los señores La Cave y Juan Pablo Echecopar de Cádiz y Lorenzo Hernández de Sevilla para convertirlo en fábrica de loza.

Los nuevos inquilinos se comprometieron bajo contrato a no demoler ninguna construcción monacal, no ocupar edificios como la iglesia o el coro ni hacer uso de objetos como el reloj o los sepulcros de los Afán, propiedad de don Luis Joaquín Fernández de Córdoba y Benavides, XIV duque de Medinaceli.

Pero en 1840 Pickman compró el monasterio y, ya libre de esas condiciones, inició la construcción de los hornos con chimeneas en forma de botella, que han dado la imagen tan característica al conjunto a partir de esa fecha, y obras de acondicionamiento que consistieron en construir su residencia en la antigua procuración, ocupando gran parte del atrio de entrada a la iglesia, convertir ésta y el refectorio en almacenes de moldes para loza, de refractario y de útiles de horno, transformar la sala capitular en carpintería, la celda prioral en laboratorio, la capilla de san Miguel en zona para albañiles, la capilla de profundis en depósito… abriendo puertas entre todos ellos para facilitar los tránsitos y optimizar el proceso de producción. Las huertas monacales se transformaron en un jardín romántico burgués para esparcimiento de la familia Pickman, con las antiguas capillas cartujas aisladas adaptadas como pabellones historicistas afines a los paisajes representados en las lozas fabricadas in situ.

Chimeneas de botella en el claustro grande

La iglesia convertida en almacén de moldes de loza (9)

Al principio la nueva fábrica funcionó con cincuenta y seis maestros británicos pero en 1849 ya controlaban la producción operarios sevillanos, aunque los directivos siguieron siendo británicos, fabricando 250.000 docenas de piezas anuales. Su éxito fue enorme y a lo largo de los años siguientes recibió la visita de Isabel II, Alfonso XII, la regente María Cristina o Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia.

La fábrica significó un gran cambio en el tejido empresarial de la época. La jornada laboral era de 12 horas en verano y de 9 en invierno de lunes a sábado. Si por malas prácticas los obreros estropeaban piezas se les retraía una pequeña parte del jornal que iba a parar a un fondo común para cuidar a los enfermos. La empresa también realizaba otras actuaciones sociales como paliar la intoxicación producida por determinados minerales de los barnices proporcionando a cada obrero un litro de leche diario, contaba con una especie de guardería para los niños pequeños de las trabajadoras y el aire circulante de la mayor de las chimeneas se trasladaba al secadero de cerámica pero también calentaba los talleres más fríos en invierno.

Litografía Vista de la Cartuja de Sevilla de Jorge Wassermann, 1872 (17). Se aprecian las chimeneas y las nuevas construcciones fabriles

En 1867 la sociedad quedó disuelta y Carlos Pickman se quedó definitivamente con el total de la empresa, que siguió llamándose Pickman y Cía. En ese periodo, el de mayor expansión comercial, la empresa ganó gran prestigio en el mercado nacional e internacional, consiguió medallas y premios en exposiciones europeas que prestigiaron la marca y ayudaron a dar a conocer la producción no solo en España sino también en el extranjero y fue distinguida como proveedora oficial de la casa real española. Además, en 1877 Amadeo de Saboya le concedió a su dueño el marquesado de Pickman.

Cuando Carlos Pickman murió en 1883 la fábrica contaba con 1.200 obreros y, por lo menos, 12 hornos. Como única propietaria quedó su viuda y como gerentes sus hijos Ricardo y Guillermo y su yerno José de la Viesca, pero la muerte de Ricardo, el mayor, provocó la división del capital a partes iguales entre seis herederos y la constitución de la sociedad mercantil anónima Pickman, S.A. en 1899, un proceso que coincidió con el cenit de la expansión de la empresa y el inicio del declive cuando empezó a ser dirigida por Rafael de León y Primo de Rivera, casado con María de las Cuevas Pickman y Gutiérrez, III marquesa de Pickman, que no supo crecer y diversificarse ni utilizar las influencias como sus antecesores para conseguir beneficios arancelarios y terminó muriendo en un duelo en 1904.

En el momento de mayor apogeo de la fábrica se destinaban cinco hornos grandes para cocer bizcocho cerámico y siete más pequeños para barniz. Entre 1906 y 1912 de derruyeron los hornos de bizcochear de 8 metros para sustituirlos por otros de 6 e incluso se bizcocheaba en los hornos pequeños de barniz. En este periodo también se empezaron a utilizar grúas para mover los materiales, por lo que se despidió a gran parte de la plantilla, que quedó reducida a unos 500 obreros.

Por otro lado, los hornos de botella, que en su momento fueron una innovación en España, se habían quedado obsoletos. La industria alemana Villeroy y Bosch, del mismo tipo que la Pickman, había sustituido todos sus hornos de chimenea por hornos continuos y vendía sus productos entre un 30 y un 50 por ciento más baratos, por lo que los productos de la Cartuja dejaron de ser competitivos.

La situación continuó de mal en peor y tras la Guerra Civil los dueños emprendieron una gran renovación comprando maquinaria moderna como actuación de emergencia, pero la medida no consiguió los efectos deseados. Además, en 1950 hubo un devastador incendio que destrozó gran parte de las instalaciones.

En 1964 el monasterio fue declarado Monumento Nacional. Entre 1971 y 1978, con la fábrica de lozas todavía en activo, el arquitecto Rafael Manzano llevó a cabo la restauración y consolidación del núcleo de la Cartuja, compuesto por la portada principal, la iglesia, la sacristía, el claustrillo, el refectorio y la sala capitular, consolidándose las cubiertas de la iglesia y espadañas y el volumen exterior del ábside. Gracias a la opinión pública se tomó la decisión de conservar los hornos botella. En 1982 el monasterio fue expropiado por el Ministerio de Obras Públicas y la fábrica de loza se trasladó a Salteras.

Con motivo de la celebración de la Exposición Universal de 1992, la Cartuja de Santa María de las Cuevas entró dentro de los planes urbanísticos de integración de ese sector del río y la utilización de la isla como sede de la muestra, por lo que, ya bajo la tutela de la Consejería de Política Territorial de la Junta de Andalucía, en 1986 se le encargó a los arquitectos Luis Marín, Aurelio del Pozo y Enrique Yanes un proyecto de restauración y rehabilitación del monumento, y tomando este estudio como base, en 1987 la Consejería de Cultura encargó cuatro proyectos parciales a Fernando Mendoza y Roberto Luna para la capilla de Afuera, a los hermanos J. Ramón y Ricardo Sierra para el núcleo fundacional del monasterio, a Guillermo Vázquez Consuegra para la clausura de legos y la antigua fábrica de loza y a Fernando Torres Martínez para la construcción del Pabellón del siglo XV para la Expo 92.

En apoyo a la rehabilitación, entre 1987 y 1992 también se realizaron actuaciones arqueológicas dirigidas por Fernando Amores Corredano.

En 1989 se creó la institución Conjunto Monumental de la Cartuja de Sevilla con la misión de proteger el monumento y convertirlo en centro de investigación y difusión cultural.

Durante la celebración de la Expo, la zona de entrada con la capilla de Afuera albergó el Pabellón Real, lugar de recepción de las visitas de los jefes de estado y de gobierno que acudieron a la muestra.

A partir de 1997 el conjunto pasó a ser un organismo autónomo dependiente de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía con distintas instituciones. El núcleo del monasterio, formado por la iglesia, las capillas anejas y el claustro mudéjar y sus dependencias junto a la capilla de afuera o de la Virgen de las Cuevas están musealizadas como muestra de su uso original y también se utilizan para exponer obras, formando, junto a la celda prioral y parte del claustro de monjes, las dependencias del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo, que aúna las colecciones que sobrevivieron del Conjunto Monumental de la Cartuja durante la Expo y las del Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla. El claustro de legos y los terrenos donde se ubicaban algunos almacenes de la fábrica de loza se convirtieron en el Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico. Y a la izquierda de la portada occidental, donde estaba la zona de servidumbre, se instaló el rectorado de la Universidad Internacional de Andalucía.

En breve publicaré estos tres artículos más sobre la cartuja sevillana en Viajar con el Arte:

Una visita a la cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla en la actualidad

Los sepulcros de don Pedro Enríquez de Quiñones y doña Catalina de Ribera y Mendoza en la sala capitular de la cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla

Los cuadros de Francisco Zurbarán para la sacristía de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla


Imágenes ajenas:

(1) http://www2.ual.es/ideimand/cartuja-de-santa-maria-de-las-cuevas-sevilla/

(2) https://www.catedraldesevilla.es/finalizan-los-trabajos-de-conservacion-en-la-capilla-de-santiago/

(3) https://www.isere-tourisme.com/equipements/le-monastere-de-la-grande-chartreuse

(4) https://es.wikipedia.org/wiki/Bruno_de_Colonia#/media/Archivo:Girolamo_Marchesi_-_Saint_Bruno_-_Walters_37423.jpg

(5) http://ceres.mcu.es/pages/ResultSearch?txtSimpleSearch=La%20Visita%20de%20San%20Bruno%20al%20Papa%20Urbano%20II&simpleSearch=0&hipertextSearch=1&search=simple&MuseumsSearch=&MuseumsRolSearch=1&listaMuseos=null

(6) https://es.wikipedia.org/wiki/Monasterio_cartujo

(7) https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Sala_de_Bellas_Artes_del_Museo_de_C%C3%A1diz_(31738272702).jpg

(8) https://es.wikipedia.org/wiki/Gonzalo_de_Mena_y_Roelas

(9) https://arteyculturaenlabetica.com/monasterio-de-santa-maria-de-las-cuevas-1800-1992/

(10) https://www.visitarsevilla.com/que-ver/monumentos/el-monasterio-de-la-cartuja/

(11) http://www2.ual.es/ideimand/sepultura-de-dona-catalina-de-ribera-1520/

(12) http://www2.ual.es/ideimand/sepultura-de-don-pedro-enriquez-de-quinones-1493/

(13) MESONERO PRIETO, R., Las cartujas castellanas en la Baja Edad Media: análisis arquitectónico, Trabajo fin de Grado, Universidad de Valladolid, curso 2017/2018.

(14) http://artemagistral.blogspot.com/2016/11/cristo-de-la-clemencia-de-martinez.html

(15) http://robertopaneque.blogspot.com/2014/07/el-conjunto-monumental-de-santa-maria.html

(16) OLMEDO, F. y RUBIALES, J. (dirs.), Historia de la Cartuja de Sevilla. De ribera del Guadalquivir a recinto de la exposición universal, Madrid, Turner, 1989.

(17) VALVERDE MARTÍN, A., La fábrica Pickman de la Cartuja de Sevilla: Estudio Historiográfico, Trabajo Fin de Máster, UNED, 2016-2017.


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