Los retablos de la Iglesia pública del Noviciado de San Luis de los Franceses de Sevilla

El Noviciado jesuita de San Luis de los Franceses de Sevilla, uno de los edificios barrocos más impresionantes que conozco, con una iglesia pública conformada como la más llamativa y sugerente que tuvo la Compañía no solo en Andalucía sino en toda España, se ubica en el popular barrio de Santa Marina, en el centro histórico, en plena calle San Luis, antes llamada calle Real porque era el eje utilizado por los monarcas para hacer sus entradas triunfales en la ciudad desde la Puerta de la Macarena hacia los Reales Alcázares, una de las principales arterias de la ciudad antigua, el cardo máximo romano, que fue perdiendo su importancia a partir de los ensanches del siglo XIX en favor de la calle Feria, paralela y de mayor longitud y anchura.

Cabecera de la iglesia con el retablo mayor dedicado a San Luis y los retablos vitrina en los machones dedicados a San Ignacio de Loyola y a San Francisco Javier

Su Iglesia pública era el lugar en el que los jóvenes aspirantes a jesuitas se iniciaban en su carrera eclesiástica para después ejercer su misión evangelizadora por todo el mundo y en su conformación se utilizó la retórica, el teatro sacro, los sermones, las pinturas, las yeserías, las maderas doradas y policromadas, los herrajes, los mármoles, los espejos y todo tipo de efectos visuales para crear un ámbito apabullante plagado de un intenso simbolismo bíblico en relación con el Templo de Jerusalén y como templo de la Sabiduría como sede de un noviciado jesuita, buscando persuadir a los jóvenes para que militaran como soldados de Cristo.

En todo este entramado, los siete retablos, de gran calidad artística y coherencia formal y una de las series más elaboradas del arte del retablo español del siglo XVIII, jugaron un papel esencial complementando y modificando radicalmente la concepción espacial de la iglesia además de ser el marco de exaltación de los santos a los que están dedicados, contribuyendo a la creación de un entorno que buscaba fomentar la oración, la contemplación y la liturgia.

Todos los retablos, salvo el retablo mayor, bajo la advocación del patrón de la iglesia, San Luis, están dedicados a santos de la Compañía canonizados y dispuestos por orden cronológico en el que fueron elevados a los altares: San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier en 1622 por Gregorio XV, ocupan los altares en los machones que enmarcan el altar mayor; San Francisco de Borja en 1671 por Clemente X y San Estanislao de Kostka en 1726 por Benedicto XIII, están en los brazos del crucero; y San Luis Gonzaga en 1726 por Clemente X y San Juan Francisco de Regis en 1737 por Clemente XII, se ubican en los machones que enmarcan la entrada.

Planta de la Iglesia pública de San Luis de los Franceses (1). Las indicaciones de los retablos son mías

Fueron ideados por Pedro Duque Cornejo, un artista completo, capaz de trazar un complejo retablo, tallar una delicada escultura de pequeño formato con una sensibilidad muy cercana a la de su tía Luisa Roldán, “la Roldana”, o completar un retablo con una pintura. Investigó en el campo de la retablística a partir de los colaboradores de su abuelo, Pedro Roldán, enriqueciéndose con las experiencias escenográficas madrileñas de Jerónimo de Balbás y las complejas trazas de Francisco Hurtado Izquierdo en la Cartuja de Granada y su obra es una síntesis de la expresividad y emotividad de la escuela sevillana de escultura barroca y la elegancia y proporción de la escuela granadina que pone en práctica como tracista y director de un gran taller de ensamblaje de retablos.

Se implicaría en el proyecto de San Luis a partir de 1716, durante el periodo en el que se refugió en el Noviciado huyendo de la justicia para no ser encarcelado por una denuncia por no haber terminado un retablo en Trigueros, adjudicándosele el encargo del retablo de la Capilla doméstica, colaborando en la decoración de esta iglesia principal y participando en la elección de diseños e iconografía con los rectores antes de que el templo estuviera concluido. Allí también conocería el tratado Perspectiva Pictorum et Architectorum del pintor, arquitecto y teórico jesuita Andrea Pozzo, que estaría siendo utilizado por el arquitecto Leonardo de Figueroa, y que tan útil le fue para los retablos. En San Luis muestra plena madurez y larga tradición de colaboración con los jesuitas en la exaltación de sus principales devociones, tanto en Sevilla como en otras ciudades.

Felipe Fernández del Castillo colaboró con Duque Cornejo en los retablos de San Francisco de Borja y de San Luis y, muy posiblemente, también en los cuatro retablos hornacina de San Ignacio, San Francisco Javier, San Luis Gonzaga y San Francisco Regis.

El Retablo Mayor fue financiado por el canónigo de la catedral y arcediano de Niebla Francisco Lelio Levanto († 1736), hombre de gran cultura que se trasladó al noviciado en los últimos años de su vida y legó a la institución un importante capital para la finalización de las obras. Está dedicado a San Luis Rey de Francia, advocación del templo y patrón de la fundadora de la institución (puede consultarse la historia del noviciado en este enlace), y en el confluyen el culto eucarístico, la devoción a la Virgen María y al titular de la iglesia, rodeados de toda una serie de alusiones a santos, y el valor de la experiencia apostólica, siempre apoyada en el sacrificio y el martirio.

Retablo mayor dedicado a San Luis

Enmarcado por una gran corona de la que surge un dosel recogido en la parte superior por dos ángeles pintados para dejar ver lo que contiene, como descubriéndolo al espectador y quizá una alusión a la Monarquía como protectora de la Compañía, su estructura es bastante plana y adaptada a la superficie del ábside, en el camino hacia su disolución que surge en el post-rococó, aunque aquí todavía se respeta la articulación típica, con banco corrido, cuerpo principal y ático y calles separadas por pseudopilastras salomónicas que se convierten en columnas entorchadas y capiteles que soportan fragmentos de entablamento y de cornisas.

El dosel alberga una serie de cuadros, esculturas, manifestadores, vitrinas, marcos y relicarios presentados con intención decorativa y acumulativa, una especie de cámara de maravillas a partir de la colección particular de obras artísticas y devocionales que el canónigo Lelio Levanto tenía en su oratorio privado mostradas al espectador tal y como los coleccionistas lo hacían en las fiestas y celebraciones barrocas, como dispuestas sobre un repostero o cortina agrupadas de acuerdo a la simetría y la composición, en relación con las decoraciones efímeras de la Compañía, siendo las últimas y más espectaculares las de las Canonizaciones de San Estanislao y San Luis, celebradas en Sevilla en 1727 y diseñadas precisamente por Duque Cornejo.

En la calle central se ubica el sagrario, un lienzo con la Virgen y el Niño de fines del siglo XVI de autor anónimo que es una copia de la Madonna de Passavía, María auxilio de los cristianos, una advocación muy extendida en Centroeuropa e Italia, una talla de la Inmaculada Concepción de Duque Cornejo que se alternaba con la exposición de la Eucaristía, y un lienzo de San Luis que fue entregado al noviciado por los fundadores a comienzos del siglo XVII, adscribiéndose al naturalismo.

Copia de la Madonna de Passavia en la calle central del retablo mayor (2)

Inmaculada Concepción de Duque Cornejo en la calle central del retablo mayor (3)

El resto de piezas, que presentan la heterogeneidad propia de una colección privada, parece seguir un orden concéntrico, que dirige la mirada al centro, enfatizando la imagen de la Virgen y la del sagrario.
También destaca la rica y menuda talla con temas eucarísticos, espigas, racimos, hojas de cardo… y el uso efectista de espejos, plateados y azules, que simulan lapislázuli, para crear destellos y aristas y una visión cambiante a la luz de las velas.

Los retablos colaterales están dedicados a San Francisco de Borja en el lado del Evangelio, y San Estanislao de Kostka en el de la Epístola, personajes que se conocieron en vida porque el primero fue quien recibió al segundo en el noviciado de Roma.

Retablo colateral en el brazo del Evangelio dedicado a San Francisco de Borja flanqueado por los retablos en los machones de San Luis Gonzaga y San Ignacio de Loyola

Retablo colateral en el brazo de la Epístola dedicado a San Estanislao de Kostka flanqueado por los retablos en los machones de San Francisco Javier y San Juan Francisco Regis

Sus retablos, con traza y labor escultórica de Duque Cornejo con intervención de Felipe Fernández del Castillo y lienzos de Domingo Martínez, presentan una estructura arquitectónica idéntica, el uno reflejo del otro. Pero el de San Estanislao se ilumina con luz natural todos los días debido a su orientación hacia el norte, mientras que el de San Francisco de Borja permanece en la oscuridad porque está ubicado al sur. Se cree que el primero en ejecutarse fue el de San Estanislao y que después se realizó el de San Francisco, sufragado por el arzobispo de Sevilla Luis Salcedo y Azcona, de ahí que esté coronado con su escudo.

Retablo de San Francisco de Borja en el brazo del Evangelio

Retablo de San Estanislao de Kostka en el brazo de la Epístola

Son retablos cascarón, ajustados al espacio absidial en el que están encajados, pero en planta se aprecia una tensión entre la línea cóncava del perímetro del retablo y la convexa del pabellón central, buscando acercar las tallas de los santos al espectador y generando una traza con movimiento muy cercano a los diseños de Borromini, Guarini y Pozzo. Presentan banco, cuerpo principal y ático, con sólidas columnas con múltiples aristas, estrangulamientos, facetas y molduras que enmarcan la calle central y pilastras de estípite exteriores casi invisibles, todo ello fruto de la fusión entre elementos clasicistas, germánicos y franceses con los propios de Duque Cornejo, y la multiplicación de perfiles y líneas arquitectónicas busca una percepción cambiante y susceptible de movimiento, acrecentados con el uso de espejos. También destacan porque combinan el habitual dorado de la retablística del momento con pintura de colores claros en una técnica conocida como maque o laca para realizar una decoración vegetal en azules y verdes que recuerda a la porcelana.

La figura central del santo se adelanta hacia el espectador, mientras que los lienzos parecen retrotraerse, formando distintos planos de representación como un trasunto de las representaciones de teatro sacro en las que los jesuitas eran auténticos expertos, obras en las que se utilizaban apariencias o escenas pintadas o compuestas con maniquíes vestidos que se abrían mediante cortinas en un momento de la representación, aquí sustituidas por los pequeños lienzos.

San Francisco de Borja sujeta un cráneo con corona en la mano izquierda que simboliza cuando fue comisionado para trasladar el cuerpo de Isabel de Portugal, esposa de Carlos V, desde Toledo hasta Granada, y la impresión que sufrió cuando al abrir el ataúd para identificar el cadáver contempló el cuerpo en putrefacción de la emperatriz y se prometió “nunca más servir a señor que se pueda morir” y decidió dedicar su vida a Dios, convirtiéndose en gran promotor de la reforma y reorganización de los noviciados y ejemplo máximo de la renuncia a las glorias mundanas y de la conversión.

San Francisco de Borja

San Estanislao de Kostka lleva al Niño Jesús en brazos para recordar la aparición milagrosa de la Virgen que le salvó de una grave enfermedad entregándole al Niño durante unos instantes y  rogándole que ingresara en la Compañía, encarnando el modelo ideal del buen novicio, recompensado incluso en vida por la divinidad y recalcando el ejemplo de renuncia a la vida mundana de un príncipe polaco que abandona su posición privilegiada, sus bienes y su familia.

San Estanislao de Kostka

Las esculturas están rodeadas de pinturas de caballete con escenas de las vidas de los santos, obras del taller de Domingo Martínez, y emblemas. A los pies del retablo de San Estanslao está la reliquia del cráneo de San Faustino y a los pies del de San Francisco de Borja, la del cráneo de San Fructuoso.

Reliquia del cráneo de San Fructuoso a los pies del retablo de San Francisco de Borja (2)

Los retablos embutidos en los machones que sustentan la cúpula de la iglesia están protagonizados por santos de la orden presentados como verdaderos pilares de la Compañía.

Los que flanquean el retablo mayor se cree que serían ejecutados por Felipe Fernández del Castillo y están dedicados a San Ignacio de Loyola y San Francisco Javier. Son retablos vitrina con soportes en forma de estípites abalaustrados en una sencilla traza enriquecida por la cantidad y variedad de efectos que producen los cristales, espejos, reliquias y agnus dei embutidos en la propia estructura, en la exedra y en los frontales, que son auténticos relicarios, reforzando el carácter martirial del conjunto y confirmando el gran interés de la Compañía por el culto a las reliquias.

El del Evangelio, sufragado por doña Gregoria Torres, contiene la escena de San Ignacio de Loyola en la cueva de Manresa, con el santo arrodillado ante la aparición de la Virgen, en actitud de éxtasis y recibiendo la inspiración para elaborar el libro de sus Ejercicios Espirituales. La talla se atribuye a Duque Cornejo.

Retablo de San Ignacio de Loyola

El de la Epístola, sufragado por el canónigo Levanto, muestra a San Francisco Javier recuperando el crucifijo que le regaló el fundador, un episodio conocido como “El milagro del cangrejo” que sucedió en una playa de las Molucas cuando, tras embarcarse en una barca, se declaró una tormenta y el santo arrojó el crucifijo para que se aplacaran las aguas y cuando la tempestad se calmó y llegaron a la orilla, encontraron el crucifijo sujetado por un cangrejo. La talla se atribuye a José Montes de Oca. Las escenografías, plagadas de detalles naturalistas, serían de Juan de Hinestrosa, siendo ésta una de sus especialidades.

Retablo de San Francisco Javier

Los otros dos retablos en los machones del hastial están dedicados a San Luis Gonzaga, canonizado en 1726, cuando el conjunto escultórico y retablístico ya estaba iniciado, resumen de las virtudes de un estudiante cristiano (caridad, castidad, nobleza y estudio), y San Juan Francisco Regis, jesuita francés discípulo de San Francisco Javier considerado encarnación de la entrega y la caridad por su labor evangelizadora en zonas del interior de Francia donde se había desarrollado el calvinismo, beatificado en 1716, primer jesuita francés que alcanzó tal dignidad, y canonizado en 1737 a instancias de las casas reales de Francia y España, quizá incluido en el programa del noviciado como sutil homenaje a la nueva dinastía Borbón introducida en España con Felipe V.

Retablo de San Luis Gonzaga

Retablo de San Juan Francisco Regis

Son similares a los otros dos aunque con variaciones en los estípites y en las hornacinas, que no contienen vitrinas, y su gran calidad técnica parece indicar que su ejecución fue directamente dirigida por Duque Cornejo aunque la ejecución fuera de algún artista de su círculo. No se conoce la identidad de los donantes pero tuvieron que ser miembros de la oligarquía de la ciudad. Su abundancia de espejos da sensación de ingravidez, como si la talla flotara y las pinturas con escenas de las vidas de los santos, emblemas y esculturas que la rodean fueran como ventanas a otro mundo. Igual que en los demás, la obra pictórica y la policromía corrieron a cargo de Domingo Martínez y su taller.

La talla de San Luis Gonzaga es una de las más exquisitas del templo, mostrando un movimiento suave y acompasado, un estudiado juego de líneas en las vestiduras para proporcionar contraste y un rostro delicado propio de un adolescente. Sus manos sujetan un crucifijo y su mirada y expresión denotan felicidad celestial. La talla de San Juan Francisco Regis, que se considera obra de taller, es más rígida, aunque el rostro y las manos muestran expresividad y energía.

Detalle de la talla de San Luis Gonzaga (2)

Entre las obras que completan ambos retablos destacan los bustos del Ecce Homo y de la Dolorosa de Pedro de Mena, una tipología que él mismo popularizó en su última década de producción, entre 1678 y 1688. Reflejan una forma de religiosidad intimista y persuasiva muy cercana a la espiritualidad jesuítica, con el interés añadido de ser un documento sobre la relación del artista y su taller con la Orden, donados por él mismo a raíz del ingreso de su hijo en la Compañía.

La acumulación de reliquias encastradas en todos los retablos subraya el sentido funerario, de martyrion, del espacio, también configurado como lugar de meditación en el sentido ignaciano del término.

Aquí os dejo con el resto de artículos dedicados al noviciado de San Luis que ya he publicado o que publicaré en breve en Viajar con el Arte:

La Cripta y la Capilla doméstica del noviciado de San Luis de los Franceses de Sevilla
La Adoración de los Reyes Magos de Velázquez procedente del noviciado jesuita de San Luis de los Franceses de Sevilla

Imágenes ajenas:

(1) HERRERA GARCÍA, F., “La arquitectura de retablos sevillana en torno al Lustro Real”. En MORALES, N. y QUILES GARCÍA, F. (Coords.), Sevilla y corte. Las artes en el Lustro Real (1720-1733), Madrid, Casa de Velázquez, 2010, pp. 95-104.

Fuentes:

CAMACHO MARTÍNEZ, R., “La iglesia de San Luis de los Franceses en Sevilla, imagen polivalente”, Cuadernos de Arte e Iconografía, II, 3, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1989, pp. 202-213.
HERRERA GARCÍA, F., “La arquitectura de retablos sevillana en torno al Lustro Real”. En MORALES, N. y QUILES GARCÍA, F. (Coords.), Sevilla y corte. Las artes en el Lustro Real (1720-1733), Madrid, Casa de Velázquez, 2010, pp. 95-104.
LLEÓ CAÑAL, V., “Barroco y retórica: el edificio elocuente”. En VV. AA., Andalucía Barroca 2007. Teatro de Grandezas, Sevilla, Junta de Andalucía, 2007, pp. 24-41.
MORALES, A. J., “La arquitectura jesuítica en Andalucía. Estado de la cuestión”. En ÁLVARO ZAMORA, Mª I., FERNÁNDEZ IBÁÑEZ J. y CRIADO MAINAR, J. (Coords.), La arquitectura jesuítica, Actas del Simposio Internacional celebrado en Zaragoza del 9 al 11 de diciembre de 2010, Zaragoza, IFC, 2012, pp. 327-354.
NOGALES MÁRQUEZ, C. F., “La Calle San Luis de Sevilla”. En CAMPOS FERNANDEZ de SEVILLA, F. J. (Coord.), Patrimonio inmaterial de la Cultura Cristiana, Sevilla, 2013, pp. 703-718.
OLLERO LOBATO, F. “La arquitectura en Sevilla durante el Lustro Real (1729-1733)”. En MORALES, N. y QUILES GARCÍA, F. (Coords.), Sevilla y corte. Las artes en el Lustro Real (1720-1733), Madrid, Casa de Velázquez, 2010, pp. 85-94.
RAVÉ PRIETO, J. L., San Luis de los Franceses, Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla, 2018.
RODRIGUEZ G. de CEBALLOS, A., “Reconsideraciones de la iglesia del noviciado de San Luis, de Sevilla, a la luz del tratado del jesuita Andrea Pozzo”. En ÁLVARO ZAMORA, M. I. y IBÁÑEZ FERNÁNDEZ, J. (Coords.), La Compañía de Jesús y las Artes. Nuevas perspectivas de investigación, Zaragoza, 2014, pp. 315-336.
SOLIS SANTOS, J., “Los jesuitas y la cultura humanística en Sevilla (1554-1767)”. En PEÑALVER GÓMEZ, E. (Coord.), Fondos y procedencias: Bibliotecas en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla: Exposición Virtual, 2013, pp. 41-59.

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