El noviciado jesuita de San Luis de los Franceses en Sevilla a lo largo de la historia

El Noviciado jesuita de San Luis de los Franceses de Sevilla, uno de los edificios barrocos más impresionantes que conozco, con una iglesia pública conformada como la más llamativa y sugerente que tuvo la Compañía, no solo en Andalucía sino en toda España, se ubica en el popular barrio de Santa Marina, en el centro histórico, en plena calle San Luis, antes llamada calle Real porque era el eje utilizado por los monarcas para hacer sus entradas triunfales en la ciudad desde la Puerta de la Macarena hacia los Reales Alcázares, una de las principales arterias de la ciudad antigua, el cardo máximo romano, que fue perdiendo su importancia a partir de los ensanches del siglo XIX en favor de la calle Feria, paralela y de mayor longitud y anchura.

Cúpula de la iglesia pública del Noviciado de San Luis de los Franceses de Sevilla

En él trabajaron los mejores artistas del momento, dotándolo de una extraordinaria coherencia entre su diseño, su función y su contenido ideológico, un edificio en el que se aúna el espacio barroco romano con la tradición y la práctica arquitectónica andaluza, albañilería, cantería, cerámica, sentido policromo y colorista, gusto por los contrastes…  

La Compañía de Jesús es una orden religiosa católica de clérigos regulares fundada por Iñigo López de Recalde, quien después cambió su nombre por el de Ignacio de Loyola, a partir de sus experiencias desde 1529 en el Colegio de Santa Bárbara, dependiente de la Universidad de París,  y de los Ejercicios Espirituales, un método ascético desarrollado por él mismo, junto a Pedro Fabro y Francisco de Javier. En 1533 a este pequeño grupo inicial se les unieron Diego Laínez, Alfonso Salmerón, Nicolás de Boadilla y Simão Rodrigues, y el 15 de agosto de 1534, fiesta de la Asunción de la Virgen, los siete se dirigieron a la cripta de la capilla del Martyrium, en la colina de Montmartre, para pronunciar tres votos: pobreza, castidad y peregrinar a Jerusalén. Los siguientes en incorporarse fueron los franceses Juan Coduri, Claudio Jayo y Pascasio Proët.

Imagen de San Ignacio de Loyola de 1610, año de su beatificación, en la Anunciación, la iglesia de la antigua Casa Profesa sevillana. Es una imagen de candelero, sólo están talladas la cabeza y las manos, obra de Martínez Montañés, y las vestiduras son de tela encolada encarnada y pintada por Francisco Pacheco (1)

Buscando cumplir su voto de peregrinación, se dirigieron al norte de Italia en espera de poder embarcarse hacia Jerusalén, pero la guerra entre Venecia y el Imperio Otomano se lo impidió y se dirigieron a Roma, donde el 27 de septiembre de 1540 Paulo III aprobó la Compañía de Jesús mediante la bula Regimini militantis Ecclesiae, una orden que desde su orígenes tuvo como finalidad esencial la defensa y propagación de la fe y la extensión de la doctrina cristiana, teniendo desde el principio claro que debían llegar a todos los sectores de la sociedad, desde los más desfavorecidos hasta los privilegiados.

En palabras del propio Ignacio de Loyola en sus Constituciones:

“El fin desta Compañía es, no solamente attender a la salvación y perfección de las ánimas propias con la gracia civina, más con la mesta, intensamente, procurar de ayudar a la salvación y perfección de las de los próximos”.

Paulo III aprobando la Compañía de Jesús. Pintura anónima en la antesacristía del Gesú de Roma

A partir de la aprobación papal su expansión fue meteórica, fundando colegios, reformando monasterios, participando en el Concilio de Trento y recibiendo adhesiones de personajes notables, como Jerónimo Nadal, Francisco de Borja, duque de Gandía y marqués de Lombay, virrey de Cataluña, que fue mayordomo de la emperatriz Isabel e íntimo amigo de Carlos V, Pedro Canisio, notable teólogo, Juan Alonso de Polanco… En 1556, cuando murió Ignacio de Loyola, ya eran mil jesuitas, nombre con el que se empezó a conocer a sus miembros acuñado por el mismo Ignacio a partir de su lectura de la Vida de Cristo de Ludolfo de Sajonia y del siguiente fragmento:

“¡Jesús, Jesús, cuánto dice un nombre! Este nombre de Cristo es nombre de gracia; mas este nombre de Jesús es nombre de gloria. Por la gracia del bautismo se toma el nombre de cristiano y de la misma manera en la gloria celestial serán llamados los santos, jesuitas, que quiere decir salvados por la virtud del Salvador”.

Retrato de San Francisco de Borja de Alonso Cano. Museo de Bellas Artes de Sevilla (2)

No todos los jesuitas fueron iguales ni tuvieron las mismas funciones, con una organización muy jerarquizada. Los grados eran los de novicio, escolar, coadjutor temporal, coadjutor espiritual y padre profeso. Estos grados fueron concebidos desde los distintos ministerios y servicios, distinguiéndose entre los que realizaban tareas domésticas, los que estudiaban, los que enseñaban primeras letras, gramática latina o leían en la cátedra de una Universidad y los que confesaban o predicaban.

La Provincia Bética jesuítica, que incluía a Andalucía y a Canarias, fue creada por el propio Ignacio de Loyola en 1554 cuando todavía sólo existía el colegio de Córdoba, fundado en 1553, y se estaban gestando los de Sevilla, Granada y San Lúcar de Barrameda.

Los jesuitas llegaron a Sevilla ese mismo año de 1554. Los primeros padres fueron Gonzalo González y el sevillano Basilio de Ávila, cuyo nombre antes de tomar los hábitos era Alonso de Ávila, hijo de Francisco Fernández de Pineda, miembro de una poderosa familia que ayudó mucho a la Compañía en los primeros momentos en la ciudad.

Francisco de Borja, en ese momento Comisario y Superior en la Península, encomendó al padre Juan Suárez, rector de Salamanca, la tarea de fundar una Casa Profesa, y tras varias vicisitudes y la compra en 1558 de una antigua casa solariega en la collación del Salvador, en 1561 se inauguró este primer establecimiento jesuita en Sevilla, que también incluyó unas escuelas públicas, teniendo como superior al padre Bartolomé de Bustamante y como rector al padre Diego de Avellaneda.

En 1563, dada la demanda de alumnos, ya fue necesaria una ampliación, y pocos años después la iglesia también quedó pequeña, confundida entre el resto de estancias, por lo que se levantó un nuevo templo, la iglesia de la Anunciación, con proyecto de Bustamante en colaboración con Juan de Herrera.

Antigua Casa Profesa e iglesia de la Anunciación (3)

San Ignacio de Loyola y San Francisco de Borja contemplando la Eucaristía de Juan Valdés Leál (1674) realizada para la Casa Profesa sevillana. Museo de Bellas Artes de Sevilla (1)

En los años siguientes, la Orden experimentó un rápido crecimiento e inició su estrategia de dispersión por la trama urbana de la ciudad y su imbricación en la sociedad sevillana. En 1579 la Orden adquirió unas casas al duque de Medina Sidonia junto a la parroquia de San Miguel y en 1580 se fundó el Colegio de San Hermenegildo con el apoyo del ayuntamiento a pesar de la oposición de otras instituciones religiosas y docentes. A continuación se sucedieron el Colegio de San Gregorio Magno para ingleses a iniciativa del jesuita Robert Parson e inaugurado en 1592 en una sede provisional en la plaza de San Lorenzo antes de su ubicación definitiva en la calle Armas, el Colegio de San Patricio para irlandeses inaugurado en 1619 en el barrio del Potro, en unas casas conocidas como del corral de Juan Ponce, y la culminación con el Colegio de la Inmaculada Concepción o de las Becas en 1620 en unas casas de la familia Roelas. Además, también estaban el Hospicio de las Indias, fundado en 1566 e instalado en San Hermenegildo y orientado a la formación de esos misioneros para las Indias, después trasladado al Puerto de Santa María, cuando la Casa de Contratación se reubicó en Cádiz, y la Casa de Misiones para atender a los misioneros que aguardaban su partida en la ciudad.

Antigua iglesia del Colegio de San Hermenegildo, lo único que se conserva, en la actualidad cerrada y a la espera de su restauración (1)

Iglesia de San Gregorio, lo único que queda del antiguo colegio jesuita (1)

Estado actual del Colegio de las Becas (1)

En cuanto a la formación de nuevos sacerdotes, el primer noviciado provincial comenzó a funcionar en Córdoba en 1555, pasando a Granada al año siguiente y trasladándose parcialmente a Sevilla hacia 1563, aunque a causa de una epidemia, los novicios sevillanos se fueron a Montilla en 1569 y hasta 1579 no volvió a haber novicios en la casa profesa de Sevilla. Estos cambios parecen indicar que la Compañía no tuvo claramente separada la estructura del noviciado como institución independiente hasta la fundación en 1600 del Noviciado de San Luis, a pleno rendimiento a partir de 1610, creado para racionalizar y unificar la preparación de los aspirantes a entrar en la orden de toda la provincia bética y poniendo en práctica las instrucciones dictadas por Francisco de Borja en cuanto a la creación de noviciados provinciales centralizados.

Para entrar en el noviciado había que tener, como mínimo, catorce años. La Primera Probación duraba entre 12 y 20 días en los que el candidato y la Compañía tenían que averiguar si su deseo de entregarse a Dios coincidía con la vocación de jesuita, y si se superaba, el aspirante se integraba en el grupo de novicios.

En los dos años siguientes el aspirante debía adquirir los fundamentos principales de la espiritualidad jesuítica, con un maestro que le ayudaba a profundizar en la oración con Dios, a madurar y a conocer y a aprender a querer a la Compañía. En esta formación, los libros tenían gran importancia, no sólo la literatura devocional sino también obras de retórica y otros muchos conocimientos que proporcionaban al novicio una formación primaria. También tenía que someterse a pruebas que demostraran que se adaptaba a las exigencias de la orden, como aprender a escuchar antes de hablar por cuenta propia, o como decían, “por cuenta de Dios”, a trabajar en los oficios domésticos por turnos, pues las tareas se desarrollaban entre todos, expresando así un modo de vida sencillo, y a obedecer las disposiciones de sus superiores. Si superaba esta fase era sometido a una Segunda Probación y pronunciaba sus primeros votos de castidad, pobreza y obediencia.

A partir de aquí el novicio se convertía en júnior, siguiendo sujeto a la enseñanza y la obediencia del maestro de novicios e iniciando su formación intelectual adquiriendo conocimientos de historia, literatura, idiomas, artes… para conocer las dimensiones y complejidades de la vida y expandir sus horizontes hacia el deseo de un servicio más universal. También tenía que decidir si quería unirse a la Compañía como hermano, formándose en distintos conocimientos profesionales para después trabajar como pintor, administrador, cocinero, portero… o adquiriendo otros conocimientos de mayor peso científico o técnico para después ser médico, astrónomo, arquitecto… o formarse como sacerdote, completando su formación intelectual y espiritual.

La formación del futuro sacerdote se componía de estudios de Filosofía, donde aprendía a pensar con lógica y precisión y se formaba su sentido crítico, una etapa de Magisterio en la que se interrumpían los estudios para tomar contacto con la vida cotidiana, desarrollando trabajos, habitualmente educativos, en algún colegio de la Compañía, y estudios teológicos para obtener el bachillerato de Teología.

Terminados los estudios, el escolar se sometía a la Tercera Probación, un semestre más de pruebas, y si las superaba era admitido definitivamente en la Compañía como coadjutor temporal, convirtiéndose en hermano, o como coadjutor espiritual, siendo ordenado sacerdote, ambos confirmando a perpetuidad los tres votos de castidad, pobreza y obediencia y expresando su deseo de vivir y morir en el seno de la Compañía.

San Ignacio añadió un cuarto voto especial, el de obediencia al papa en relación con las misiones de la Compañía, buscando enfatizar que los jesuitas siempre estarían al servicio de la misión de la Iglesia y acentuando su disponibilidad para ir allá donde el papa, representante máximo de la Iglesia, considerase necesario para transmitir el Evangelio. El jesuita que aceptaba este cuarto voto se convertía en profeso, el máximo grado de integración, la élite intelectual y moral de la orden, pasando a residir en una casa profesa y formando parte del cuadro directivo de todas las instituciones de la orden.

El noviciado de San Luis se dedicó a la Primera y Segunda probación. La Tercera se hacía en San Ignacio de Baeza, normalmente después de la ordenación sacerdotal o muy poco antes.

Fachada de la iglesia de San Ignacio de Baeza (4)

Aunque tradicionalmente se dice que San Luis fue fundado por doña Luisa de Medina en 1609, el verdadero fundador, según un documento conservado del propio noviciado, fue su marido, don Juan Fernández de Castro, aunque habría que remontarse a los padres de éste, don Fernando de Castro y doña Juana de Aranda, para entender la relación de la familia, de origen converso, con la Compañía, con tres hijos reconocidos jesuitas, Alonso, Gaspar y Melchor de Castro, que influirían decisivamente en la voluntad de su hermano y, tras la muerte de éste, en la de su viuda, una dama procedente de la élite de la ciudad, nieta del administrador de la Casa de la Moneda.

Melchor de Castro, catedrático en el Colegio de San Hermenegildo, miembro de un grupo de jesuitas de origen judío muy influyente en Sevilla del que formaban parte el biblista Luis de Alcázar, el venerable Alonso Rodríguez y sus otros dos hermanos, fue, precisamente, uno de los jesuitas que más se rebelaron cuando a partir de 1593 se excluyó de la entrada a la Compañía a los conversos y descendientes de judíos.

Éste podría ser el clima que podría explicar que en 1599 don Juan Fernández de Castro, pocos días antes de su muerte, legara en su testamento todos sus bienes libres a la Compañía para la fundación de un noviciado reservando solo una parte y en usufructo a su viuda para su manutención. Lo que alegó, con una vehemencia comprensible desde el punto de vista de un cristiano nuevo, fue que continuase

“la nobleza de sus padres y agüelos y heredase la hacienda que les había dado, determináronse consagrada a su divino servicio. Y hacer herederas a sus almas y nuebos hijos espirituales de la Compañía que dilatasen su santa fe y llevasen su sancto nombre por todo el mundo”.

En los años siguientes el noviciado fue recibiendo más donativos de la fundadora y de otros particulares, tanto en metálico como en obras de arte y objetos litúrgicos.

En cuanto al emplazamiento, se consideró que el mejor era un palacio en la Calle Real de don Fernando Afán Enríquez de Ribera y Téllez-Girón, III duque de Alcalá de los Gazules, junto a la parroquia de Santa Marina, que se había quedado deshabitado hacía más de un siglo, cuando la familia se trasladó a la Casa de Pilatos. Pero formaba parte del mayorazgo y su enajenación resultó complicada, aunque gracias a la intervención del hermano del fundador, Alonso de Castro, que era confesor de la duquesa de Tarifa, madre del duque, pudo separarse del mayorazgo y ser adquirido por la Compañía. La escritura de venta se firmó el 7 de enero de 1602 y los jesuitas tomaron posesión del mismo el 7 de julio del año siguiente, poniéndolo bajo la advocación del patrono de la fundadora, San Luis rey de Francia, en vez de, como era lo habitual en la Compañía, la festividad del día. Doña Luisa también compro los ornamentos necesarios para el calendario litúrgico, un cáliz y manteles para los altares.

El primer rector fue el propio Alonso de Castro. En vez de derribar el edificio se optó por adaptarlo a los nuevos usos, una labor que quizá correspondió al arquitecto José Torrecilla. Así, el salón principal del viejo palacio, la qubba del caserón mudéjar, construida en tapial, fue ampliada y convertida en templo, inaugurado el 11 de enero de 1604, y los restos de don Juan Fernández de Castro fueron trasladados desde el Salvador y colocados bajo el altar mayor. La parroquia de Santa Marina fue ocupada temporalmente para dar los primeros servicios externos y ejercer apostolado en el barrio.

Antigua qubba del palacio convertida en iglesia del noviciado y después en capilla privada

En 1615, después de haber trasladado a los novicios de Montilla y de Osuna y de agrupar sus respectivas rentas, en San Luis ya vivían unos 70, al tiempo que continuaba la reforma de la primera parte del edificio. En plena disputa inmaculista, el altar estaba presidido por un lienzo de la Inmaculada Concepción y también contendría un cuadro de San Luis, titular de la fundación, donado por la fundadora, hoy en el retablo mayor de la iglesia pública.

En esta capilla doméstica también habría estado la Adoración de los Reyes Magos de Velázquez, fechada en 1619 en una piedra a los pies de la Virgen, cuando el pintor tenía solo 20 años, y considerada una de sus obras maestras de la etapa sevillana, hoy en el Museo del Prado. Dada su importancia, le dedicaré en breve un artículo monográfico.

Adoración de los Reyes Magos de Velázquez (1619). Museo del Prado, Madrid

Aunque desde el inicio se consideró la necesidad de una iglesia pública más grande, ésta se hizo imperativa tras el hundimiento del presbiterio de la primitiva capilla en 1695 y del cierre de la misma por amenaza de ruina, abriéndose dos años después apuntalada.

Ya en 1683 se constatan obras de modernización del conjunto que comenzarían por esa capilla primitiva para convertirla en capilla doméstica, concluyéndose en 1712, continuándose por las dependencias, financiadas por el arzobispo Manuel Arias, hasta aproximadamente 1717.

La iglesia principal se comenzó a construir en 1699 y fue inaugurada, con momentos de celeridad y de inactividad intercalados, el 12 de noviembre de 1731, coincidiendo con el Lustro Real, cuando Felipe V e Isabel de Farnesio decidieron trasladar la corte a Sevilla, aunque el día 10 ya se hizo el solemne traslado de la Eucaristía al nuevo tabernáculo desde la capilla doméstica y las ceremonias, presididas por el arzobispo don Luis de Salcedo y el deán Gabriel de Torres de Navarra, marqués de Campo Verde, y con la predicación del arcediano Luis Ignacio Chacón, marqués de la Peñuela, continuaron hasta el día 14 con la participación de los cabildos eclesiástico y municipal, la nobleza y el pueblo en general, destacando la presencia del príncipe de Asturias, futuro Fernando VI.

En ese momento el noviciado contaba con 15 sacerdotes, 32 novicios escolásticos y 27 coadjutores. La consagración tuvo lugar un año después, el 25 de enero de 1733, pero todavía faltaban detalles, pues se cree que sólo estaría terminado el retablo mayor y la decoración pictórica de la exedra de acceso no se culminó, tal y como informa una inscripción, hasta 1743.

Fachada de la iglesia pública de San Luis de los Franceses (5)

Retablo mayor de la iglesia pública con el cuadro de San Luis que estuvo en el retablo mayor de la iglesia primitiva arriba en la calle central

Cúpula de la iglesia pública de San Luis de los Franceses

Una obra de tal complejidad, con tanta riqueza artística e iconográfica, precisó de la labor conjunta de destacados artistas pero también fue esencial el papel de los promotores y de los patrocinadores. Los artistas más relevantes fueron los arquitectos Leonardo de Figueroa y, en menor medida, el hijo de éste, Matías José de Figueroa, los escultores Pedro Duque Cornejo y Felipe Fernández del Castillo y los pintores Lucas Valdés y Domingo Martínez.

En cuanto a los promotores, éstos fueron Francisco Tamariz, Francisco Acebedo, Juan de Arana y Jerónimo de Ariza, miembros relevantes de la Compañía que, como rectores del Noviciado, actuaron como creadores de conceptos o como autores del programa ideológico e iconográfico que presenta el edificio. Casi todos viajaron a Roma en plena construcción, por lo que pudieron aportar las últimas novedades estilísticas desarrolladas en la ciudad. Todos ellos tuvieron una reputada formación intelectual, conocimientos arquitectónicos e iconográficos, escribieron varios textos teológicos, históricos, retóricos o hagiográficos. Todos tuvieron altos cargos de responsabilidad en la Compañía además de rectores, siendo también provinciales o representantes de sus comunidades en la provincia Bética y en Roma, y desde ellos apoyaron la obra de San Luis. Fueron excelentes gestores y desarrollaron una eficaz labor pastoral, capaces de atraer a la alta sociedad sevillana para que proporcionara los recursos económicos necesarios. También estuvieron muy ligados a los principales arzobispos de la diócesis de Sevilla y al cabildo, de ahí que los patrocinadores más destacados fueran los arzobispos de Sevilla Manuel Arias y Porres y Luis Salcedo Azcona y el canónigo de la catedral Francisco Lelio Levanto.

Figueroa y los promotores estuvieron obligados a colaborar durante todo el periodo de construcción, aunque las relaciones no fueron fáciles. Se sabe de un primer desencuentro cuando en 1700 la Compañía rechazó una planta también centrada para la iglesia del colegio San Teodomiro de Carmona. Además, los jesuitas no le perdonaron un informe sobre el estado de conservación de la iglesia de la Anunciación, su Casa Profesa, en 1724 en el que el arquitecto exigía el cierre parcial del templo y su apuntalamiento y que pudo ser la causa de que la obra de San Luis estuviera parada en 1727, año en el que Ariza entró como rector. Este desencuentro pudo ser el origen del ocultamiento y de la casi damnatio memoriae que la Compañía ejerció sobre el arquitecto, lo que explica que no fuera mencionado en la Breve Noticia de 1731 ni en las distintas memorias históricas que recogen a los autores de las pinturas, esculturas y retablos usadas por don Miguel Espinosa Maldonado y Tello de Guzmán, II conde del Águila, y el resto de historiadores ilustrados.

En breve publicaré un artículo dedicado a todos estos relevantes personajes sin los que San Luis de los Franceses nunca hubiera sido posible.

Una vez terminada la iglesia pública se empezaron a construir las Escuelas Pías, que seguramente formarían parte del proyecto fundacional de la institución para prestar servicio social y cultural al barrio. Fueron patrocinadas por don Nicolás de Robles, comerciante palentino establecido en Sevilla, y por su esposa, doña Dionysia de Encinas, al fallecimiento de él. Las obras se iniciaron en 1764 y las escuelas se abrieron a la enseñanza pública al año siguiente, conformándose como uno de los colegios gratuitos más antiguos en funcionamiento en España. Hasta ese momento la Compañía en Sevilla no se había ocupado de la enseñanza de las primeras letras. Asistirían a las mismas unos 1600 alumnos y era gratuita, como toda la enseñanza jesuítica, facilitándose también todo lo necesario para las clases: plumas, papel, libros…

Vista aérea del conjunto, con la iglesia en el centro y las escuelas pías a la izquierda (6)

Se pusieron bajo la advocación de la “siempre Virgen María Madre de Dios, en el Mysterio de su Inmaculada Concepción. Purísima e Inmaculada Señora” aunque desde el primer momento quedaron intituladas como “de la Purísima”, seguramente porque en Sevilla ya existía un colegio, también jesuita, con el nombre de la Inmaculada Concepción, el conocido como Colegio de las Becas.
Se conserva una lápida que resume la fundación de la institución en la que se lee:

IHS D. NICOLAS DE ROBLES NATURAL DE LA CIUDAD DE PALENCIA VECINO Y DEL COMERCIO DE ESTA CIUDAD FUNDÓ ESTAS ESCUELAS DE LEER Y ESCRIBIR Y DESPUES DE SU FALLECIMIENTO QUE FUE A 1º DE ENERO DE 1763 SU MUGER DOÑA DIONISIA DE ENCINAS NATURAL DE ESTA CIUDAD EN CUMPLIMIENTO DE LA VOLUNTAD DE SU MARIDO DIO PRINCIPIO A LA FABRICA DE DICHA ESCUELAS A 5 DE MARZO DE 1764. CUIA PRIMERA PIEDRA SE COLOCO A 24 DE ABRIL DEL MISMO AÑO SE CONCLUIO LA FABRICA A 23 DE MARZO DE 1765. Y SE ABRIERON LAS ESCUELAS PARA LA ENSEÑANZA PUBLICA A 6 DE MAIO DEL MISMO AÑO A MAYOR HONRA Y GLORIA DE DIOS

En el siglo XVIII la Compañía se había convertido en la orden más influyente socialmente y mejor organizada de España pero también se había granjeado multitud de enemigos. Su vocación de nueva religión dentro de la Iglesia católica implicaba la búsqueda de la salvación propia pero también la salvación de los demás, persiguiendo sus objetivos de defensa y propagación de la fe sin importarles los medios políticos y económicos que tuvieran que utilizar y proyectando una imagen pública de orgullo, soberbia, prepotencia, autosuficiencia… que despertó la animadversión del resto de órdenes regulares, una actitud agravada por el monopolio docente que alcanzaron, sus misiones, su cercanía con el poder político o sus privilegios y exenciones, sin que tuvieran que pagar diezmos, lo que les ocasionó también interminables pleitos con los obispos.

Grabado de las costumbres criticadas a los jesuitas (7)

Además, su consideración de que la Iglesia estaba por encima del Estado y su apoyo incondicional al Papa, definido como el jefe espiritual de una familia de naciones cristianas, con un poder indirecto de regulación en las cuestiones espirituales sobre los gobernantes seculares, claramente posicionados en contra del absolutismo y del regalismo, también despertó la enemistad de las monarquías, que terminaron por considerar a la Compañía peligrosa para sus intereses.

En 1767 en España esta situación desembocó en la Pragmática Sanción decretada por Carlos III y el extrañamiento del reino a los jesuitas profesos y a los novicios que quisieran permanecer en la Compañía, una pena decretada por crimen de lesa majestad, por atentar a la vida del rey o a su dignidad de rey para desposeerlo y dar el reino a otro rey e incitar a los súbditos a la desobediencia, todo ello basándose en su obediencia “ciega” al general y al papa, al que reconocían el poder de deponer a los príncipes y de desligar a los vasallos de la obediencia debida al soberano, convirtiendo a cada jesuita en potencial asesino de reyes.

Frontispicio de la Pragmática Sanción (8)

“(…) He venido en mandar estrañar de todos mis Dominios de España, é Indias, é Islas Filipinas, y demás adyacentes á los Regulares de la Compañía, asi Sacerdotes, como coadjutores ó Legos que hayan hecho la primera profesión, y á los Novicios que quisiesen seguirles; y que se ocupen todas las temporalidades de la Compañía en mis Dominios”.

Retrato de Carlos III de Anton Rafael Mengs (ha. 1765). Museo del Prado, Madrid

También se aprobó una designación de cien pesos anuales de por vida a cada sacerdote y de noventa a cada hermano, exceptuándose a los extranjeros y a los novicios, a los que se les explicó que, siendo tan exiguo lo asignado a los jesuitas, éstos no podrían socorrerlos y se iban a encontrar en la miseria, y que después de salir de España, aunque dejaran la Compañía, ya no podrían regresar, quedando, además, ellos y sus familias deshonrados si se obstinaban en permanecer en la Compañía, aconsejándoles que la abandonaran para poder permanecer en España como vasallos con todos sus derechos. En el caso de San Luis, el mismo rector del noviciado, Manuel Duarte, aconsejó a muchos de ellos que se quedaran en España sin tomar estado hasta que volviese la Compañía o que si se retardaba el retorno los llamarían a Italia.

Expulsión y embarque de los jesuitas en marzo de 1767. Grabado francés anónimo (9)

Los especialistas consideran que la expulsión se realizó en virtud de una falsa razón de Estado tomando como pretexto un supuesto liderazgo (después desmentido por la historiografía) en los motines contra Esquilache que estallaron por su prohibición de vestir capa larga y sombrero ancho para evitar que se portaran armas ocultas. Los jesuitas se sintieron víctimas propiciatorias de una persecución contra la Iglesia.

El Motín de Esquilache de José Martí y Monsó (1840). Museo del Prado, Madrid

Carlos III nunca dijo en qué hechos se basó para tomar una medida tan drástica, y los inculpados fueron condenados sin su citación ni comparecencia, sin ser oídos y sin que pudieran arrepentirse de sus supuestas faltas. La medida quedó amparada por el despotismo ilustrado potenciado precisamente por el regalismo, que atribuía al monarca competencias también en asuntos religiosos en detrimento de las atribuciones del papa.

Pero no fue una simple expulsión o destierro, sino una condena de las más graves después de la pena de muerte y la prisión perpetua, que implicaba la “desnaturalización”, lo que hoy entenderíamos como pérdida de la nacionalidad, la ocupación de todas sus propiedades, el exilio perpetuo, con confinamiento y prohibición absoluta de establecerse o detenerse en ninguno de los dominios de su Majestad Católica, incluidos los territorios de Ultramar.

Mapa de España en el que se señalan nos puertos desde donde partieron los jesuitas al exilio (10)

En 1732 la acepción “extrañar” en el Diccionario de Autoridades de la Real Academia Española se definía de la siguiente manera:

“Extrañar de los Reynos a uno: Es privarle de los privilegios y honores de vassallo, ocupándole las temporalidades, bienes y hacienda de que goza en el Réino, y mandándole salir fuera de los dominios, sin permitirle que páre y viva en parte alguna de ellos”.

Así, todos los miembros de la Compañía se convirtieron en proscritos expuestos a la pena de muerte o de prisión perpetua, confinados a vivir en el ámbito geográfico de los Estados Pontificios, aunque después también se les permitió residir, con conocimiento de la corte de Madrid, en cualquier parte de Italia salvo Nápoles, Palma y Toscana.

Este acontecimiento formó parte de la corriente antijesuítica generalizada que recorría todas las cortes ilustradas europeas, expulsados de Portugal en 1759 y de Francia en 1762, y que culminó con la supresión de la Compañía de Jesús decretada por Clemente XIV en 1773 a través del breve apostólico Dominus ac Redemptor.

Grabado de la Expulsión de los jesuitas de Portugal en 1759 (11)

Frontispicio del breve de Clemente XIV de 1773 de supresión de la Compañía de Jesús (8)


Medalla conmemorativa de la supresión de la Compañía de Jesús (9)

Monumento fúnebre del papa Clemente XIV de Antonio Canova en la Basílica dei Santi Apostoli de Roma (12)

A los ex jesuitas se les ofreció pasar a otras órdenes religiosas pero la mayoría permanecieron como sacerdotes seculares dedicados a fomentar la cultura, la investigación y la literatura porque no pudieron acceder fácilmente a los ministerios sacerdotales. También los hubo que se casaron y tuvieron hijos.

Tras el extrañamiento en 1767, el Noviciado de San Luis quedó abandonado, iniciándose un periodo de indiferencia, ignorancia y desidia que convierte en casi un milagro que haya llegado hasta nuestros días. Diferentes instituciones religiosas seculares y regulares quisieron ocuparlo. Primero se pensó destinarlo a seminario diocesano, aunque nunca llegó a realizarse el traslado. En 1778 la Sociedad de Amigos del País solicitó parte del edificio para celebrar allí sus juntas y como sede de su archivo, biblioteca, máquinas y escuelas. En 1782 se planteó vincularlo al colindante Hospital de Inocentes para ampliar sus instalaciones, aunque tampoco en este caso llegó a ocuparse. Finalmente, en 1784 fue entregado a los franciscanos de San Diego, que el año anterior habían sufrido una gran inundación en su casa en el prado de San Sebastián extramuros de la ciudad. En junio de ese año tuvo lugar el traslado del Sacramento.

Plano general del Noviciado quizá realizado por el arquitecto de la Audiencia de Sevilla Lucas Cintora, aunque no está firmado, fechado en 1784, cuando ya estaba ocupado por los franciscanos de San Diego tras la expulsión de los jesuitas. Archivo Histórico Nacional (13)

Los bienes muebles también despertaron mucho interés y algunas órdenes y parroquias pidieron enseres, retablos y vasos sagrados, aunque la comisión encargada del monumento las rechazó todas alegando, por ejemplo, que los vasos estaban ya destinados a las nuevas poblaciones de colonización, habiéndose ya entregado algunas a distintas poblaciones de Sierra Morena y a capillas en Tetuán, Tánger y Larache. En 1784 los filipenses consiguieron algunos muebles, pinturas y retablos que no les servían a los franciscanos, objetos que después pasaron a la Real Casa de Ejércitos, un espacio inaugurado en 1788 en el que se impartieron ejercicios espirituales.

Los franciscanos habitaron San Luis hasta la exclaustración durante la invasión francesa, cuando se convirtió en hospicio de sacerdotes ancianos y pobres de la zona. Con el fin de la guerra, el edificio volvió a ser ocupado por los franciscanos hasta 1817, devuelto a los jesuitas tras la derogación de Fernando VII de la Pragmática Sanción de Carlos III en 1815.

La Compañía había sido suprimida pero no extinguida, consiguiendo seguir desarrollándose gracias a su pervivencia en Rusia, protegida por Catalina II, y en Prusia, de la mano de Federico II, paradójicamente una zarina ortodoxa y un soberano protestante. Así, en 1778 el papa autorizó la fundación de un nuevo noviciado en Polotsk y en 1782 el vice provincial obtuvo permiso para convocar una congregación que lo eligió vicario general con autoridad de prepósito general para toda la Compañía, con lo que estructuralmente ésta ya estaba salvada. El siguiente paso fue el breve pontificio de Pío VII Catholicae Fidei de 1801 que aprobó formalmente la Compañía de Jesús pero solo limitada al imperio ruso. A partir de esa fecha, muchos ex jesuitas se incorporaron a la Compañía en Rusia y, secretamente y con autorización papal, algunos de ellos se fueron repartiendo por Inglaterra, Estados Unidos, Suiza y Holanda, donde no se había publicado claramente el breve de supresión. A continuación, el breve Per alias de Pío VII de 1804 extendió a Nápoles las concesiones de Rusia y el paso definitivo para la restauración fue la bula Sollicitudo omnium ecclesiarum de 1814 que universalizó las restauraciones parciales de Rusia y las Dos Sicilias.

Grabado de la lectura de la bula de restauración de la Compañía por Pío VII (14)

La duda sobre si se había restaurado la antigua Compañía o se había creado algo nuevo quedó zanjada en la bula Plura inter de León XII en 1826, en la que se le restituyeron las prerrogativas concedidas entre 1540 y 1773. El restablecimiento se completó con la confirmación del Instituto y los privilegios de la Compañía mediante Dolemus inter alia de León XIII en 1886.

Tras la restauración y la devolución del noviciado de San Luis a los jesuitas en 1817, en el curso 1818-1819 atendieron a 12 escolares y 12 hermanos y en 1820 ya eran 38. El arzobispo también devolvió a la Compañía la gestión de las escuelas de primeras letras, que atendían a más de 800 niños pobres.

Pero el hecho de que la Compañía fuera restablecida por el absolutista Fernando VII la estigmatizó, convirtiéndose en blanco de los gobiernos liberales. Así, en el trienio liberal (1820-1823) se dejó sin efecto la restauración, a la muerte del rey en 1834 la Compañía fue de nuevo suprimida y después llegó la desamortización de Mendizábal, cuando los jesuitas se vieron obligados a vivir como clérigos seculares en grupos semiclandestinos para poder continuar con su labor de apostolado.

El noviciado a mediados del siglo XIX (6)

El noviciado de San Luis se convirtió en Hospicio provincial dependiente de la Diputación Provincial, ampliado con la incorporación del antiguo Hospital de los Inocentes, trasladado poco antes al Hospital Central o de las Cinco Llagas, antiguo Hospital de la Sangre. En 1847 el Hospicio empezó a ser gestionado por las Hijas de la Caridad.

Tras La Gloriosa en 1868 la Compañía de Jesús volvió de nuevo a comenzar de cero y a desarrollarse, pero el noviciado sevillano nunca les fue devuelto.

En 1919 las escuelas de primeras letras fueron entregadas para su funcionamiento a los Hermanos de la Salle y empezaron a llamarse La Salle-La Purísima.

Aspecto actual de las antiguas escuelas pías, Hoy Colegio La Salle-La Purísima (15)

Durante la II República el hospicio se denominó Residencia-Escuelas de San Luis, con dos grupos de escolares de enseñanza primaria, un colegio mixto de sordomudos, la escuela provincial de artes gráficas y la escuela Nuestra Señora de los Reyes de formación profesional además de una residencia de ancianos, y gracias a su actividad docente y social se libraría de la destrucción de templos durante la guerra civil.

En 1943 el edificio fue declarado Monumento histórico artístico y fue sometido a una restauración parcial dirigida por José Hernández Díaz y el arquitecto Alberto Barbotín de Orta desde la escuela de Bellas Artes, con el trabajo técnico del escultor Juan Luis Vasallo Parody, el pintor Juan Miguel Sánchez y el restaurador Félix Lacarcel, pero tras el traslado de todas las instituciones docentes alojadas en el edificio a la Ciudad Juvenil en 1968, origen del complejo educativo Blanco White, éste quedó abandonado.

En 1984 se inició un complejo proceso de restauración de la zona del noviciado financiado por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía y dirigido por los arquitectos Fernando Mendoza y Félix Pozo que finalizó en 1990, configurándose el espacio para un teatro y destacando la implantación de una sala polivalente de Experimentación Teatral para 200 personas.

A continuación el edificio fue ocupado por distintas instituciones como el Centro Andaluz de Teatro, el Centro Andaluz de Danza, el Centro de Estudios Escénicos de Andalucía, el Centro de Documentación de las Artes Escénicas de Andalucía o el Programa de Formación de Jóvenes Instrumentistas / Orquesta Joven de Andalucía…

Bajo la misma dirección facultativa también se restauraron la fachada, las torres gemelas, la cúpula y las cubiertas del templo principal, poniéndose de manifiesto la necesidad de una intervención integral del conjunto, por lo que en 2010 su propietaria, la Diputación Provincial de Sevilla, con la colaboración de la Fundación Sevillana Endesa, patrocinaron una restauración integral que fue dirigida por Fernando Mendoza, siendo reabierto al público en septiembre de 2016.

La iglesia pública durante la restauración (16)

La iglesia pública restaurada

En este proceso se restauraron todos los retablos del templo, se acondicionó la cripta, donde se localizaron abundantes restos óseos, la mayoría de mujeres, quizá monjas, y también varones y niños,
se consolidó la logia, se mejoraron los ornamentos de la iglesia y del coro, se restauró el órgano y se recuperó la carpintería artística.

El coro restaurado

La cripta durante la restauración (16)

La cripta restaurada

En cuanto a la capilla doméstica, se eliminaron humedades y grietas, se renovó la cubierta, se reparó la sacristía, se repusieron la solería y el zócalo, se restauraron las pinturas murales y el retablo.

El retablo mayor de la capilla doméstica restaurado

La bóveda de la capilla doméstica restaurada

También se adecuaron los espacios de conexión entre la iglesia pública, la capilla doméstica y la cripta para su apertura a las visitas. La intervención culminó con la iluminación ornamental de estos tres ámbitos abiertos al público. En el interior de la iglesia la iluminación se centra en el altar mayor y los menores, los frescos de la entrada, el coro, el órgano, la cúpula y la logia.

Aquí os dejo con el resto de artículos dedicados al noviciado de San Luis que publicaré en breve en Viajar con el Arte:

El noviciado jesuita de San Luis de los Franceses en Sevilla a lo largo de la historia
Promotores, patrocinadores y artistas de la iglesia pública del noviciado jesuita de San Luis de los Franceses de Sevilla
El Noviciado de San Luis de los Franceses de Sevilla en la actualidad
Los retablos de la Iglesia pública del Noviciado de San Luis de los Franceses de Sevilla
La Cripta y la Capilla doméstica del noviciado de San Luis de los Franceses de Sevilla
La Adoración de los Reyes Magos de Velázquez procedente del noviciado jesuita de San Luis de los Franceses de Sevilla

Imágenes ajenas:

(13) RAVÉ PRIETO, J. L., San Luis de los Franceses, Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla, 2018.

Fuentes:

ALMODÓVAR MELENDO, J. M., Desarrollo de métodos de simulación arquitectónica: ampliación al análisis ambiental del patrimonio, Tesis doctoral, Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Sevilla, 1999.
BURRIEZA SÁNCHEZ, J., “La Compañía de Jesús y la defensa de la Monarquía Hispánica”, Hispania Sacra, vol. 60, nº 121, 2008, pp. 181-229.
CAMACHO MARTÍNEZ, R., “La iglesia de San Luis de los Franceses en Sevilla, imagen polivalente”, Cuadernos de Arte e Iconografía, II, 3, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1989, pp. 202-213.
MEDINA ROJAS, F. de B., S. J., y SOTO ARTUÑEDO, W. S. J., Sevilla y la expulsión de los jesuitas de 1767, Sevilla, Fundación Focus Abengoa-Compañía de Jesús, 2014.
NOGALES MÁRQUEZ, C. F., “La Calle San Luis de Sevilla”. En CAMPOS FERNANDEZ de SEVILLA, F. J. (Coord.), Patrimonio inmaterial de la Cultura Cristiana, Sevilla, 2013, pp. 703-718.
NOGALES MÁRQUEZ, C. F., “La fundación de la escuela de la calle San Luis de Sevilla, actual Colegio La Salle-La Purísima”. En RODRÍGUEZ MIRANDA, Mª A. (Coord.), Nuevas perspectivas sobre el barroco andaluz. Arte, tradición, ornato y símbolo, Córdoba, 2015, pp. 554-567.
OLLERO LOBATO, F. “La arquitectura en Sevilla durante el Lustro Real (1729-1733)”. En MORALES, N. y QUILES GARCÍA, F. (Coords.), Sevilla y corte. Las artes en el Lustro Real (1720-1733), Madrid, Casa de Velázquez, 2010, pp. 85-94.
RAVÉ PRIETO, J. L., San Luis de los Franceses, Sevilla, Diputación Provincial de Sevilla, 2018.
SOLIS SANTOS, J., “Los jesuitas y la cultura humanística en Sevilla (1554-1767)”. En PEÑALVER GÓMEZ, E. (Coord.), Fondos y procedencias: Bibliotecas en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla: Exposición Virtual, 2013, pp. 41-59.

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