La historia del Monasterio de Santa María de Oseira, en Orense

El Monasterio cisterciense de Santa María la Real de Oseira se ubica en una zona abrupta en la Sierra Martiñá que se conocía como “Ursaria” por la abundancia de osos (derivación del latín ursus), en la margen derecha del río Osera, perteneciente al ayuntamiento de San Cristovo de Cea, en el partido judicial de O Carballiño, al norte de la provincia de Orense, muy próximo a los límites con Lugo y Pontevedra, a unos 30 kilómetros de la capital y en un ramal de la Ruta Mozárabe a Santiago, de ahí su tradición de acogida de peregrinos, que se desviaban del camino para visitarlo.

Monasterio de Santa María la Real de Oseira (1)

Sus orígenes todavía no han sido aclarados por los historiadores. Se cree que la primera comunidad estaría formada por cuatro varones que decidieron retirarse como ermitaños, y aunque el primer documento en el que se menciona el monasterio es de 2 de septiembre de 1137, un privilegio de coto sobre unas tierras donadas por Alfonso VII de León en el que figura como abad un monje llamado García y donde se dice que la comunidad se regía por la Orden benedictina, hay especialistas que consideran este documento apócrifo.

Coronación de Alfonso VII en una miniatura de la Biblia Románica de San Isidoro de León (1162) (2)

Tampoco existe unanimidad en cuanto a la fecha en la que esa primera comunidad se incorporó a la Orden del Císter bajo dependencia directa de Clairvaux, que enviaría a varios de sus monjes a la nueva fundación para instruirles en la Regla cisterciense. Hay autores que defienden que sería en 1141, con lo que, teniendo en cuenta que Sobrado de los Monjes figura en 1142 como la primera fundación documentada, la convierten en la primera fundación cisterciense en la Península Ibérica. Otros lo retrasan a fines de la década de 1140, siendo esta fecha la más aceptada, y los hay que incluso mencionan la década de 1180. Lo cierto es que documentalmente esta vinculación no consta hasta una bula de Inocencio III de 25 de noviembre de 1199.

La Orden del Císter fue creada a fines del siglo XI por un grupo de trece monjes benedictinos encabezados por Robert de Molesme, que fundaron un monasterio alejado del benedictino Cluny, en un lugar llamado Cistercium en latín, de donde proviene el nombre, y Cîteaux en francés, puesto bajo la advocación de la Virgen, buscando reencontrarse con la soledad y pobreza que preconizaba la Regla de san Benito y que los benedictinos vivían de forma muy relajada, abandonando casi por completo el trabajo manual para poder cumplir con las múltiples funciones litúrgicas destinadas a reyes, abades y benefactores a las que se habían comprometido a cambio de importantes donativos.

La fundación de la nueva Orden propiamente dicha se debió a los sucesores de Robert de Molesme, los abades Albéric y Stephen Harding, que adoptaron, para diferenciarse de los monjes benedictinos, con hábito negro, el color blanco para sus vestiduras, de ahí que también se les empezara a llamar “monjes blancos”. Pero la expansión de la misma se produjo gracias a la fuerte personalidad de Bernard de Fontaine, monje de Cîteaux que en 1115 fundó el monasterio de Clairvaux, de ahí que se le conozca como Bernard de Clairvaux, Bernardo de Claraval en español, formando una de las cuatro ramas del tronco común de Cîteaux junto a La Ferté, Pontigny y Morimond, de las que surgieron el resto de monasterios cistercienses. En 1153, a la muerte de san Bernardo, ya eran trecientos cuarenta y tres establecimientos diseminados por toda Europa, alimentados por abundantes vocaciones a pesar de la austeridad de vida, la escasa alimentación, los ayunos, la oración y la penitencia que caracterizaban su vida monástica.

Ceremonia de entrada de Bernard de Fontaine, el único con aureola de santidad, y sus compañeros en Citeaux en una miniatura del manuscristo Mirior Historical de Vicent de Beauvais (siglo XV) en el Musée Condé de Chantilly (3)

Citeaux y la fundación de las cuatro primeras abadías en una miniatura del Commentaire sur l'Apocalipyse del franciscano Alexandre de Brême (1256-1271) de la University Library de Cambridge (3)

Los cistercienses llegaron a la Península Ibérica poco antes de mediados del siglo XII gracias al apoyo de la realeza como forma de asegurar los territorios que iba conquistando a los musulmanes, a través de las fundaciones de Sobrado de los Monjes, La Santa Espina, Fitero, Monsalud, Santa María de Oseira, Sacramentia, Veruela o Santa María de Moreruela.

El Císter llegó a Galicia durante el reinado de Alfonso VII, protector y propagador de la Orden en sus últimos años de reinado, igual que su abuelo, Alfonso VI había hecho con los benedictinos. Sus sucesores, Fernando II y Alfonso IX, reyes de León, también contribuyeron a difundirla mediante donaciones y tomando bajo su protección los monasterios reformados, pues estos monarcas valoraron su capacidad para articular la vida rural y, sobre todo, servir de contrapeso al poder de los obispos y de la nobleza, en pugna con el de la corona. Las cartas de coto fueron, precisamente, las armas utilizadas por los monarcas para evitar que los monasterios cayeran bajo la dependencia de los nobles.

Privilegium Imperatoris de donación (1148) de unas tierras a un monasterio, conservado en la Hispanic Society de Nueva York. En él aparecen Alfonso VII, sus hijos Sancho y Fernando (los futuros Sancho III de Castilla y Fernando II de León), un abad y un miembro de la corte (4)

La estricta observancia de la Regla y el que no ejercieran ningún ministerio externo es la causa de que los monasterios se fundaran en lugares despoblados y silenciosos con abundantes bosques que les procuraran madera y les aislaran, cercanos a ríos con los que regar sus huertos y con canteras de las que obtener la piedra necesaria para construir sus edificios, que obedecen a disposiciones contenidas en el Exordium Parvum Cisterciensis Coenobii, en el que se ordenaba la eliminación de signos de ostentación en sus múltiples formas, incluida la ornamentación mediante pinturas y esculturas, signos suntuarios en objetos litúrgicos o vidrieras coloreadas por considerar que distraían de la meditación y el rezo.

La elección de los emplazamientos quedo ya fijada en el Capítulo General del Císter de 1134, donde se establece deliberadamente que no se construyan en ciudades, villas o castillos sino en sitios apartados y que no estén sobre tumbas de santos que puedan atraer peregrinos, teniéndose que establecer en valles reducidos, solitarios y cerrados para que el alma se reconcentrara en sí misma.

El monasterio de Oseira en su entorno (5)

Aunque el Císter tampoco se propuso fijar una estética concreta, la forma de vida de la comunidad, basada en la Regla benedictina, definió un prototipo arquitectónico de monasterio, caracterizado por la vida separada entre monjes de coro, que eran de origen noble, debían tener cierto nivel de estudios, pudiendo estar o no ordenados sacerdotes, y se ocupaban de los oficios litúrgicos y las tareas intelectuales, y entre conversos, hermanos legos, laicos de origen artesano o campesino, muchos de ellos iletrados, que trabajaban en labores agropecuarias y otras tareas manuales dentro del monasterio y en sus granjas, y que hacían vidas separadas dentro del cenobio, con partes destinadas a cada grupo y con escasas actividades en común.

La iglesia más habitual presentaba planta en T, con testero recto, que también se denomina “planta bernardina”, de tres naves, la central ocupada por dos coros diferenciados para monjes de coro, justo antes del presbiterio, y conversos, en la parte de atrás, con accesos separados en la cabecera y los pies de la nave de la Epístola, respectivamente.

Planta tipo de un monasterio cisterciense tomada de (6) con algunas modificaciones: 1. Iglesia; 2. Altar principal; 3. Altares secundarios; 4. Sacristía; 5. Lavatorio; 6. Escalera de maitines; 7. Clausura alta; 8. Coro de monjes; 9. Banco de enfermos; 10. Entrada de monjes de coro a la iglesia; 11. Coro de conversos; 12. Callejón de conversos y entrada a la iglesia; 13. Patio; 14. Armarium para libros de rezo; 15. Claustro; 16. Sala Capitular; 17. Escalera del dormitorio de monjes; 18. Dormitorio de monjes; 19. Letrinas; 20. Locutorio; 21. Salida a los huertos; 22. Scriptorium; 23. Sala de novicios; 24. Calefactorio; 25. Refectorio de monjes; 26. Púlpito de lectura; 27. Cocina; 28. Despensa; 29. Locutorio de conversos; 30. Refectorio de conversos; 31. Salida al exterior; 32. Almacén; 33. Escalera; 34. Dormitorio de conversos; 35. Letrinas.

El conjunto medieval de Santa María de Oseira no estaría muy alejado de estas características comunes, aunque la iglesia, que comenzó a levantarse entre fines del siglo XII y comienzos del XIII y es una de las iglesias más grandes de la Orden en España, presenta ábside semicircular con girola.

Iglesia de Oseira

Una vez construido el templo, se seguiría con el claustro procesional medieval, del que apenas quedan restos.

En los años finales del siglo XII y en el XIII Oseria fue incrementando progresivamente su patrimonio mediante donaciones y privilegios reales, exenciones pontificias, legados de particulares que buscaron la remisión de sus pecados y ganar la vida eterna y la compra directa de tierras, lo que unido a la implantación de métodos agrícolas novedosos, la erección de obras de infraestructura y la creación de una red de granjas que proporcionaban abundantes excedentes económicos, le convirtieron en el monasterio cisterciense más próspero de Galicia.

Pero en el propio siglo XIII el monacato gallego, igual que en el resto de países, ya empezó a dar señales de crisis por la conformación del reino portugués y la definitiva unión entre Castilla y León a la que no fue ajeno Oseira, que también se vio afectado por la peste negra, las frecuentes luchas nobiliarias y la relajación de las costumbres fruto de la acumulación de riquezas.

En la centuria siguiente la crisis internacional se vio agravada por la aparición de las órdenes mendicantes y la consiguiente pérdida de la influencia intelectual cisterciense, pues aquellas predicaban en las ciudades y proporcionaban a las universidades sus mejores maestros. También fueron demoledores la Guerra de los Cien Años (1337-1453) y el Cisma de Occidente (1378-1417), que supuso el costoso mantenimiento de dos curias, una en Roma y otra en Avignon, la consiguiente división de la Iglesia Católica en dos bandos que no acabó hasta la reunificación bajo el papado de Martín V. Todo ello unido a las epidemias, la degradación que sufría la vida conventual por la falta de vocaciones y la penuria económica por la que atravesaban los monasterios causada, sobre todo, por la disminución de las donaciones, las luchas de poder entre el papado y los obispos por el control económico de los cenobios, y la irrupción de los abades comendatarios, favoritos y protegidos, a veces extranjeros, otras hasta laicos, nombrados por los papas o los reyes, que se desentendían del gobierno y la administración de los monasterios al tiempo que malversaban y dilapidaban sus rentas en Roma, en la corte o en cualquier otro lugar lejos del cenobio que tenían que regir, empleándolas a menudo en las luchas intestinas entre la nobleza y la monarquía por acaparar parcelas de poder.

En 1425 el monje fray Martín de Vargas del Monasterio de Piedra, consciente de la decadencia de la Orden y de la incapacidad de su Capítulo General para atajarla, consiguió que el papa Martín V expidiera la bula Pia supplicum vota para erigir dos monasterios en Castilla en los que se observara estrictamente la Regla de san Benito según los usos cistercienses. Y así nacieron Montesión, como fundación ex novo a las afueras de Toledo, y Santa María de Valbuena, refundación en la provincia de Valladolid.

La situación incluso fue más grave en Galicia, imbuida en una profunda crisis política provocada por los conflictos dinásticos en el reinado de Enrique IV, con nobles que eran partidarios de la integración en la corona de Portugal enfrentados a los adeptos a Castilla, como lo demuestra que en 1487 los Reyes Católicos, buscando la unidad del reino, promovieran que Inocencio VIII emitiera la bula de Quanta in Dei Ecclesia por la que se comisionó a cuatro prelados españoles, los obispos de Córdoba, Segovia, Ávila y León, dirigidos por el obispo de Ávila, fray Hernando de Talavera, para reformar los monasterios gallegos benedictinos, cistercienses y de canónigos regulares de san Agustín, y en cuyo preámbulo puede leerse:

“De algún tiempo a esta parte, a causa de la relajación que se introdujo entre los abades, priores, comendatarios, monjes (…), se fue enfriando en los repetidos Monasterios la regular observancia, y no solo fue abandonada por completo la antigua regla de vida, sino que sus moradores, dejándose llevar de reprobados instintos, postpuesto el temor de Dios, hacen una vida libre y disoluta, hasta el punto de que en muchos conventos ha cesado del todo el culto divino, y sus abades y priores o comendatarios gastan con hombres de armas sus rentas y frutos o los emplean en otros usos profanos y poco honestos, los despojan de sus tierras y haciendas y otros bienes destinados al culto divino, echan fuera a los monjes y religiosos y no cesan de cometer cada día otros muchos y nefandos atentados para la perdición de sus almas, ofensas de la divina Majestad, desdoro de la Religión, disminución del culto divino en dicho reino de Galicia”.

Aun así, hubo que esperar a fines del siglo XV para que otros monasterios empezaran a incorporarse a la reforma y surgiera, impulsada por los propios Reyes Católicos, la Congregación Cisterciense de Castilla o Regular Observancia de san Bernardo, que supuso la existencia de un gobierno central integrado por un abad general, ocho definidores, visitadores generales y consiliarios del general que ya fueron españoles en vez de franceses, como habían sido hasta ese momento, la sustitución del abadiato vitalicio por el trienal y después cuatrienal bajo nombramiento de la propia Congregación, la renovación espiritual mediante la recuperación de la antigua liturgia cisterciense, el auge económico de los cenobios gracias a la eliminación de las encomiendas y al saneamiento de las rentas mediante el control de las fuentes de ingresos y la elevación cultural de las crecientes comunidades mediante la creación de una red de colegios en distintos monasterios.

Así, la Congregación generó una tipología arquitectónica común acorde con un nuevo modo de vida, una vuelta a la observancia que precisó que las fábricas se ajustaran a las nuevas necesidades, entre las que destacó la aparición de celdas individuales que sustituyeron al dormitorio común, un cambio que surge por la importancia que se dio a la oración y la meditación individual a partir del espacio concreto de la celda, el que las sacristías, los refectorios y las habitaciones destinadas al abad se hicieran más grandes, la ampliación de las hospederías, que duplicaron su capacidad, e instalaciones necesarias para la función docente.

Los conjuntos monásticos experimentaron profundas reformas de sus construcciones medievales en las dependencias necesarias para el desarrollo de la vida en comunidad, como claustros, refectorios, cocinas, salas capitulares… y también se añadieron nuevos edificios para adaptarse a los nuevos usos. Lo habitual es que se separaran las distintas actividades de la vida monástica mediante tres claustros, el reglar, heredero del medieval adosado a la nave de la Epístola de la iglesia, en torno al que se siguieron agrupando la Sala Capitular, la sacristía y el refectorio pero reformados; el grande, dedicado fundamentalmente a los dormitorios individuales, y al noviciado o colegio cuando éstos existían; y el de la hospedería, relacionado con el exterior y en el que se ubicaron las nuevas salas abaciales, que incluyeron una imponente escalera de representación.

Vídeo del monasterio a vista de pájaro

Escalera de Honor de Oseira (5)

Otro cambio fundamental fue la incorporación de un coro alto a los pies de los templos, como ya habían hecho otras órdenes religiosas como franciscanos, dominicos y jerónimos y que también habían adoptado los benedictinos de la Congregación de Valladolid. Ese coro no sustituyó al coro bajo, utilizándose ambos indistintamente para celebrar la liturgia de las horas, y aunque no existe acuerdo entre los especialistas respecto a por qué se duplicó este espacio. Además de la pragmática razón en cuanto a su uso en verano o en invierno dependiendo de las condiciones climáticas, el coro alto también podría haber respondido a las necesidades de buscar intimidad para la oración por el creciente número de seglares al servicio de los monasterios provocado por la ausencia de conversos y de ubicarlo cerca de las nuevas celdas individuales que ocuparon los claustros altos, con acceso directo desde estos.

Coro alto de la iglesia de Oseira

Los sotocoros fueron, precisamente, los espacios reservados para los fieles, de ahí que se les denominara “iglesia de los seglares”, “iglesia de la feligresía”, “iglesia del barrio” o incluso “parroquia”. Estaban al cargo de un cura elegido por los monjes de la comunidad, que se ocupaba de regular el acceso, administrar los sacramentos, organizar las cofradías que se fueron instaurando… contando con altares y retablos, pilas bautismales y hasta usados para enterramiento de feligreses.

Sotocoro de la iglesia de Oseira

Los abades comendatarios gobernaron Oseira desde mediados del siglo XV hasta 1545, año en el que el monasterio se incorporó a la Congregación de Castilla, uno de los últimos monasterios cistercienses gallegos en hacerlo después de un largo y complicado proceso entre encomenderos y reformadores para conseguir liberarlo de la jurisdicción eclesiástica de los primeros y de los abusos que cometieron en su patrimonio. 

El 29 de agosto de 1561 el monasterio sufrió un terrible incendio que afectó profundamente a todo el conjunto y del que solo se salvó la iglesia, perdiéndose también muchas obras de arte y documentos. Esta desgracia fue aprovechada para la reconstrucción total del Claustro Reglar o de los Medallones de acuerdo a las nuevas disposiciones.

Claustro Reglar o de los Medallones

Una de las primeras reformas emprendidas fue la de la Sala Capitular, que aprovechó la planta y disposición de la medieval para levantar una nueva pero con reminiscencias todavía muy góticas, con bóvedas nervadas que apoyan en columnas torsas.

Sala Capitular

En 1582 ya estaría terminado el nuevo refectorio, cubierto con bóvedas estrelladas de nervios curvos y alojado en la planta alta de la panda sur del Claustro Reglar buscando evitar las humedades.
También se emprendieron las obras para levantar una nueva fachada para la iglesia y dos nuevos claustros, el de los Pináculos, en el que se ubicaron las celdas individuales para los monjes, y el de los Caballeros, en el que alojaron la hospedería y las nuevas estancias del Abad y que dio nuevo aspecto al conjunto porque formó una L con la fachada de la iglesia, unas obras que se prolongaron hasta el siglo XVIII.

Fachada de la iglesia

Claustro de los Caballeros

Con las exclaustraciones del siglo XIX los monjes se marcharon de Oseira, la iglesia se convirtió en parroquia, el monasterio quedó abandonado, sin un destino concreto, sus materiales empezaron a ser utilizados como cantera y sus riquezas muebles se dispersaron. Así, los fondos de la biblioteca, los del archivo y otras obras de arte fueron trasladadas a Madrid o a Orense. La mayoría de los bienes que llegaron a la Biblioteca y al Museo Provinciales desaparecieron en un incendio y otros documentos se conservan hoy en el Archivo Histórico Nacional, en el Archivo Provincial de Orense y en el Archivo Catedralicio de esa ciudad.

La ruina se fue apoderando de todo el monumento, incluso de la iglesia, que aunque estaba en uso, tenía un grave problema de humedades que arruinó los retablos, las pinturas o el órgano barroco, y el baldaquino tuvo que ser desmontado ante el peligro de derrumbe.

La única solución a su desaparición total pasaba por volver a contar con una comunidad monástica. En 1921 tomó posesión de la diócesis de Orense don Florencio Cerviño González y en 1926 ya inició las primeras gestiones con el Císter para lograr que el monasterio fuera de nuevo habitado, consiguiendo que el abad del Monasterio de las Nieves en La Bastide-Lozère, Francia, aceptara la fundación, obteniendo la aprobación del Capítulo General en 1928.

Así, en octubre de 1929 llegaron los primeros monjes a Orense, que se encontraron con un monasterio completamente desmantelado en el que lo único medio habitable era la casa del párroco y una pequeña escuela construida adosada a la fachada del monasterio en el siglo XVIII para la formación de niños pobres, lugar en el que se instalaron los monjes.

El hermano Pablo escribe una crónica en la que se lee:

“¡Qué espantosa soledad parecía la casa llamada seminario (se refiere a la escuela)! Todo vacío, sin un mueble, las habitaciones llenas de polvo, y telarañas, la entrada llena de basura, la frontera de la casa parecía un estercolero. Se armaron camas, se improvisó una cena a base de pan moreno y conserva de pescado, queso y postre, que nos supo a regaladísimo banquete”.

Desde el principio la nueva comunidad se afanó en los trabajos necesarios para lograr la habitabilidad del monasterio.

"¡Qué desolación produjo la contemplación de tanta grandeza en ruinas! Tanta era la labor que había que hacer, que no sabíamos por dónde empezar. La yedra, el saúco, la zarzamora y toda clase de arbustos y plantas parasitarias y criptógamas habían invadido claustros, bóvedas y patios, contrafuertes y columnas y echado raíces tan hondas, que en los mismos muros hacía falta el hacha y el pico para cortar troncos y raíces. El agua, desviada de sus primitivos cauces, pululaba libremente socavando los cimientos y los techos, unos hundidos hacía luengos años, otros en tiempo más reciente, otros sin hundir, pero medio destejados, dejaban que la lluvia penetrase desde el último piso hasta la mayor parte de las bóvedas subterráneas, cuando éstas no estaban también hundidas. Todo eran matorrales, montones informes de piedras talladas y labradas, arcos y bóvedas llenos de líquenes de la más caprichosa variedad, y en general el gran Monasterio parecía una ciudad de piedra medio desolada y cubierta de verdín, sin otros habitantes que las aves nocturnas y de rapiña. Por un lado se veían estatuas decapitadas, por otro pináculos, obeliscos derruidos, por acá puertas y ventanas desvencijadas, por allá escaleras de peldaños desaparecidos, y doquier aparecían esculturas y tallas en madera o piedra, todo estaba mutilado”.
El monasterio antes de su restauración (7)

Las obras primero fueron dirigidas por el hermano Esteban, uno de los que habían venido de Francia, instalándose luz eléctrica e inaugurándose la traída de agua que permitió dotar a la casa de aseos y de otros servicios además de montar un pequeño colegio gratuito para los niños de las aldeas próximas.

A continuación se recuperó la bodega para la fabricación de cava y del aperitivo Osera, que desde el principio tuvo mucho éxito, y también se instaló una secretaría, un comedor de huéspedes, un taller de embalaje, un salón para las máquinas y la cámara frigorífica…

Después se hizo cargo de las obras de restauración el arquitecto Alejandro Ferrant, que restauró la Capilla de San Andrés, los ventanales de la iglesia, las escaleras del dormitorio, retiró el encalado de la Sala Capitular o de las Palmeras…

Justo antes de la Guerra Civil el gobernador republicano de Orense, don Miguel Carrascosa, tuvo la idea de establecer en la parte ruinosa del monasterio un reformatorio de niños, y estallada la guerra, el gobernador militar de Orense, don Luis Rodríguez Soto, envió al monasterio a presos políticos que se encargaron de restaurar los locales que después se destinaron a reformatorio. Después los presos también fueron utilizados para reformar el propio monasterio.

Durante la guerra la comunidad también montó una fábrica de quesos en Palas del Rey, trasladada poco después a Celanova.

Otra figura esencial en la restauración del monasterio fue el padre Juan María Vázquez Rey, que conocía de obra, de carpintería, de electricidad… y los responsables de Bellas Artes dejaron en sus manos gran parte de las obras, a las que se dedicó en cuerpo y alma hasta su muerte en 1993. Bajo su dirección en 1953 se restauró la torre norte de la iglesia, muy dañada por un rayo en 1927.

Restauración de la torre norte de la iglesia (5)

En los años siguientes se restauraron el torreón sureste, el Claustro de los Pináculos, el Claustro de los Caballeros, en el que se instaló el salón de estudio de los monjes, la biblioteca, el noviciado, la sala capitular, dormitorios individuales… En 1968 se comenzó a restaurar la iglesia, finalizando en 1973. También se unificaron las ventanas del Patio de los Pináculos y sus contrafuertes y se construyó una nueva hospedería con amplias habitaciones, calefacción y todos los servicios indispensables. En la década de 1970 se retiraron el retablo barroco de la capilla mayor para dejar a la vista su arquitectura y el coro bajo de la nave central. En 1977 comenzó la reconstrucción de la bóveda gótica del refectorio y del solarium, año en el que el cenobio también recuperó su dignidad abacial.

El Claustro de los Pináculos antes de su restauración (7)

El Claustro de los Pináculos restaurado (5)

El refectorio antes de su reconstrucción, con las claves de las bóvedas por el suelo. Foto tomada de un panel en el monasterio

El refectorio reconstruido

En 1982 se inició la reconstrucción de la Escalera de los Obispos y un año después la del dormitorio de ancianos, orientado hacia el sur y próximo al calefactorio y al solarium, donde quedaron instalados los dormitorios de la comunidad.

Bóveda de la Escalera de Obispos

Antiguo dormitorio de ancianos, hoy residencia de la comunidad

En 1990 la labor de restauración del Monasterio de Santa María de Oseira recibió la Medalla de Oro de la Diputación de Orense y el Premio Europa Nostra.

Tras la muerte del padre Juan María le sucedió en la dirección de obras el padre Eladino Marnotes, también monje de la comunidad, que dirigió la obra de la Biblioteca, la restauración del Claustro de los Pináculos, donde se colocó una fuente de piedra realizada por el cantero Nicanor Carballo réplica de la original que en el siglo XIX se trasladó a una plaza de Orense, la colocación de los balcones de hierro forjado en la fachada principal, el saneamiento del Claustro de los Medallones y la instalación del Museo de la Piedra en la galería baja de su crujía sur…

Claustro de los Pináculos (1)

Museo de la Piedra

En la actualidad el monasterio sigue en proceso de restauración, y además de albergar a una comunidad de monjes también es la sede oficial del Grupo Francisco de Moure para el estudio del arte orensano.

El  monasterio en la actualidad (8)

Este “paseo” por Santa María de Oseira se completa con los siguientes artículos en Viajar con el Arte:

La iglesia del Monasterio de Santa María de Oseira (en breve)
(7) TORRES BALBAS, L., Monasterios cistercienses de Galicia, Santiago de Compostela, 1954.

Fuentes:

ALONSO ÁLVAREZ, R., “Los promotores de la Orden del Císter en los reinos de Castilla y León: familias aristocráticas y damas nobles”, Anuario de Estudios Medievales, nº 37/2, 2007, pp. 653-710.
ÁLVAREZ, L., “El fénix de la piedra: visita guiada al monasterio de Santa María de Oseira (San Cristovo de Cea, Ourense)”, Porta da aira: revista de historia del arte orensano, nº 14, 2016, pp. 173-195.
FERNÁNDEZ-GAGO VARELA, C., “Restauración del refectorio del monasterio cisterciense de Osera (Orense)”, Boletín Académico. Escola Técnica Superior de Arquitectura da Coruña, nº 3, 1986, pp. 15-18.
GONZÁLEZ GARCÍA, M. A., “La restauración y reconstrucción del monasterio cisterciense de Oseira (Orense)”. En CAMPOS FDEZ. de SEVILLA, F. J., (Dir.), Monjes y monasterios españoles, San Lorenzo de El Escorial, 1995, pp. 691-716.
GRANDE NIETO, V., Proceso metodológico y compositivo del Renacimiento en Galicia. 1499-1657, Tesis doctoral, Universidade da Coruña, Departamento de Composición, 2014.
LIMIA GARDÓN, F. J., “A propósito de Oseira, Reliquia del Camino (Los espacios de la hospitalidad de ayer y de hoy)”, Diversarum rerum, nº 1, 2006, pp. 185-203.
TORRES BALBAS, L., Monasterios cistercienses de Galicia, Santiago de Compostela, 1954.
YÁÑEZ NEIRA, D., “Los monasterios cistercienses gallegos en los capítulos generales”, Boletín de la Real Academia Gallega, nº 356, 1974, pp. 77-92.
YÁÑEZ NEIRA, D., “Oseira: reforma del claustro de medallones”, Porta da aira: revista de historia del arte orensano, nº 7, 1996, pp. 111-124.
YÁÑEZ NEIRA, D., “Últimas restauraciones en Oseira”, Porta da aira: revista de historia del arte orensano, nº 11, 2006, pp. 209-228.

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