La historia del monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo, en Palencia

El monasterio premonstratense de Santa María la Real se encuentra a las afueras de Aguilar de Campoo, en la provincia de Palencia, extramuros de la villa, a los pies de la Peña Longa, que lo protege de los vientos del norte, junto a un caudaloso manantial y en la orilla izquierda del río Pisuerga, camino hacia Cervera de Pisuerga.

Fachada occidental de la iglesia del Monasterio de Santa María de Aguilar de Campoo, con su icónica espadaña

Canalización del manantial que suministraba agua al cenobio ante la fachada oriental del mismo

La población de Aguilar empezaría a formarse a partir de la repoblación de estas tierras tras la conquista a Al-andalus en el último tercio del siglo IX como punto clave junto al río y con un cerro, paso obligado hacia Asturias. Alfonso II de León encomendaría a un tal Nuño Núñez la repoblación de esta zona, que en el año 824 otorgaría fueros a Aguilar, y durante el reinado de Ordoño I, como parte del proceso encomendado a un tal Rodrigo para la defensa de esta zona entre las montañas de Santander y el Ebro, al que nombra primer conde de Castilla, se construiría el castillo, desde el que se podía dominar todo el territorio circundante. La fundación del monasterio de Aguilar, quizá por el conde Osorio Armíldez o Ermenegíldez en tiempos del conde Fernán González, que confirmaría dicha fundación en el año 968, provocaría un mayor desarrollo de la población, ya con asentamientos en el llano junto al río.

Ubicación del monasterio respecto de la villa de Aguilar de Campoo

La muralla, de la que todavía se conservan algunas puertas y varios tramos, se construyó a fines del siglo XIII ante la necesidad de proteger un núcleo urbano que ya contaría con un destacado desarrollo comercial y artesanal.

En tiempos de Alfonso X se sabe que era villa de realengo, pero en 1332 Alfonso XI constituyó un señorío para su hijo don Pedro, uno de los hijos naturales que el monarca tuvo con Leonor de Guzmán, y a la muerte prematura de éste le fue entregado a su hermano don Tello, confirmado por Enrique II de Castilla, el hermano de ambos que había accedido al trono después de batallar y matar a Pedro I, e iniciar la dinastía Trastámara, en el hijo de Tello y su propio sobrino, Juan Téllez de Castilla.

Escudo cuartelado de Castilla con águila utilizado por Tello de Castilla, hijo de Alonso XI
y señor de Aguilar de Campoo

A la muerte de este último en la Batalla de Aljubarrota en 1385 el señorío pasó a su hija Aldonza de Castilla, casada con Garci IV Fernández Manrique, de la poderosa Casa de Lara, I conde de Castañeda. El hijo mayor del matrimonio, Juan Fernández Manrique de Lara, II conde de Castañeda y IV señor de Aguilar de Campoo, recibió autorización de los Reyes Católicos en 1480 para fundar un mayorazgo para su primogénito y los monarcas convirtieron el señorío de la villa en marquesado, con lo que a la muerte de su padre, García Fernández Manrique de Lara, que también fue canciller mayor de Castilla, se convirtió en III conde de Castañeda y I marqués de Aguilar, promotor del palacio del que hoy todavía se conserva un ala en la plaza y en el que pueden verse los blasones de los Fernández Manrique.

Escudos de armas en la fachada del palacio de los marqueses de Aguilar en la plaza mayor de la localidad (1)

En la actualidad el marquesado está detentado por María del Pilar de las Morenas y Travesedo, XXIV marquesa de Aguilar de Campoo.

Según la Historia de la Milagrosa Imagen de Jesu-Christo que se venera en el Convento de Santa Maria La Real, de canónigos premostratenses, extramuros de la villa de Aguilar de Campóo, en que de paso se toca la fundación del Orden y de algunos Conventos y se da noticia de algunos varones insignes de Francisco de Toxar, publicada en 1790, el legendario caballero Bernardo de Carpio, al que se le atribuye la hazaña de haber derrotado a los francos de Carlomagno en la Batalla de Roncesvalles (778 o 808, según los autores), fue enterrado en la ermita rupestre de los santos Pedro y Pablo de la Peña Longa, justo enfrente del monasterio, en un sepulcro de piedra dura con una inscripción que identificaba al finado. Lo que sí es cierto es que esta leyenda fue de tal predicamento que Carlos V, en su estancia en la localidad tras haber desembarcado en Laredo de su regreso de Alemania en 1522, quiso visitar la cueva y se llevó la supuesta espada del caballero, en la actualidad en las colecciones de la Real Armería de Madrid.

El monasterio desde la supuesta cueva donde fue enterrado Bernardo de Carpio (2)

Supuesta cueva de Bernardo de Carpio desde la fachada occidental del monasterio

Las excavaciones arqueológicas han constatado un nivel de época visigoda, de fines del siglo VII, sobre el que se superpone otra del siglo XII, previa a lo premonstratense, bajo el monasterio. En cuanto al documento conservado más antiguo sobre sus orígenes, el primer diploma del Libro Becerro de Aguilar, de mediados del siglo XI, recogido también en la Crónica General de la Orden de San Benito del padre Antonio Yepes escrita en 1610 porque el autor pensaba que el monasterio fue benedictino desde su fundación hasta la llegada de los premonstracenses en el último tercio del siglo XII, hoy se considera que mezcla realidad y ficción a partes iguales, basado en una escritura de fundación que es una creación a partir de datos tomados de otros diplomas más antiguos intercalados con otros inventados. Este documento es

Así, esa mítica fundación se sitúa a comienzos del siglo IX en relación con el abad Opila del monasterio de San Miguel de Tablada a orillas del Ebro después de que en un día de caza por las orillas del Pisuerga su hermano Alpidio se tropezara con

“(…) una iglesia fundada al lado de una peña, y debajo de ella estaba otra edificada con tres títulos, esto es –conforme al estilo de aquel tiempo- que tenía tres altares y en cada altar colocadas reliquias… La primera estaba dedicada a San Pedro y a San Pablo, que debajo del ara del altar estaban las reliquias de Nuestra Señora; por ventura alguna parte de su sagrada vestidura…”

y tras avisar a su hermano, ambos la dotaran y restauraran y que después el abad

“(…) hizo la planta del monasterio, levantó sus paredes. Pasados los veinte años, después de la fundación del monasterio de Santa María de Aguilar o, por mejor decir, de San Pedro y San Pablo, que así se llamó primero este monasterio, aunque después mudo su nombre, bajándose a vivir los monjes a la iglesia de abajo…”

La leyenda se complementa con la mencionada Historia de la Milagrosa Imagen de Jesu-Christo... de Francisco de Toxar, publicada en 1790, donde se añade el hallazgo de los hermanos en el eremitorio primitivo de un arcón grande con una imagen de un Cristo de madera articulado para poder ser crucificado que despedía una rica fragancia de la llaga de su costado, una reliquia, hoy venerada en la colegiata de San Miguel de la localidad, que pronto alcanzó gran popularidad y atrajo peregrinaciones, siendo un sobrino de ambos, tocayo de Opila, quien en el año 822 fundara un eremitorio dedicado a San Pedro y San Pablo.

Cristo articulado procedente del monasterio en la colegiata
de San Miguel (3)

En el año 852 también se menciona una donación traditio corporis et animae del conde Osorio Armíldez o Hermenegíldez precedida de la fundación en el 850 de un cenobio bajo la advocación de San Martín de Aguilar, quizá adscrita a la regla benedictina, confirmada en el año 968 por el conde Fernán González, que también efectuaría una generosa donación.

Desde tiempos visigodos existía la costumbre del pacto de familiaritas, por el que una persona laica entregaba unos bienes e ingresaba como “familiar” en la comunidad de monasterio o a una iglesia a cambio de protección, ayuda espiritual y material y un lugar de entierro, una fórmula conocida como traditio corporis et animae desde el siglo XI que habitualmente culminaba con la toma del hábito a la hora de la muerte y el tratamiento igualitario al de los monjes en los sufragios por su alma post obitum. Lo habitual es que estas personas fueran recogidas en enfermerías, hospederías o incluso otras dependencias más alejadas del monasterio, pero también podían optar por residir donde ellas decidieran, recibiendo del monasterio todo lo necesario para su manutención.

Las primeras noticias documentales más fidedignas sobre el monasterio de Aguilar son de 1020 en el Cartulario de Aguilar, donde se mencionan una serie de donaciones a un monasterio ya bajo la advocación de Santa María de “fratres et sorores”, quizá fruto de una fusión cenobítica de las dos pequeñas comunidades mencionadas, un tipo de fundaciones de patronato familiar, a veces dúplices y frecuentes en Hispania desde el siglo VII, en las que hombres y mujeres convivían haciendo vida religiosa sometidos a la autoridad de un abad. El de Aguilar pasó a depender de la diócesis de Burgos a partir de la creación de ésta a fines del siglo XI.

En época romana y visigoda los obispados pertenecían a alguna de las seis sedes eclesiásticas: cartaginense, hispalense, emeritense, bracarense, tarraconense y narbonense. Con la nueva estructura político-eclesiástica derivada de la invasión musulmana y la formación de reinos cristianos independientes surgieron una serie de obispados exentos, y el de Burgos fue creado por el papa Urbano II por bula de 1096 con dependencia directa de la Santa Sede como solución al conflicto entre la pretensión del arzobispado de Toledo y el obispado de Osma, con la excusa de que Oca-Burgos había ampliado su territorio con tierras pertenecientes a Osma, que siempre había formado parte de la sede eclesiástica cartaginense o toledada, y el deseo de Burgos de seguir perteneciendo a la tarraconense, optándose por la solución de un obispado exento.

En 1169 el cenobio, que figura como propiedad de los Lara y los Osorio y tendría categoría de colegiata, se convierte en abbatia secularis mediante carta de donación de los condes Álvaro y Nuño, Gonzalo García y Sancha Osorio, Pedro Fernández de Rodelga, Pedro, Gonzalo y María Fernández y Gonzalo Rodríguez, todos ellos por sí y en nombre de sus familias, al abad Sancho del Monasterio de Santa María de Retuerta en Sardón de Duero, la primera fundación premostratense en la península, filial de Casadieu en Francia, con lo que el monasterio fue desalojado de sus ocupantes, a pesar de la resistencia que opusieron, y en 1173 ya pasó a ser habitado por los premonstratenses, conservando su advocación, devoción primordial de la Orden norbertina, para empezar a ser denominado ya como Santa María la Real por estar bajo protección de la corona. Como testigos de la donación figuran el obispo de Burgos don Pedro, los prelados de Toledo, Palencia, Segovia, Calahorra y Ávila y los abades de Sahagún Retuerta, La Vid, San Pedro de Cardeña, San Pelayo y San Cristóbal de Ibeas.

La Cándida o Canónica Orden Premostratense fue aprobada por la bula Apostolicae disciplinae de 1126 del papa Honorio II a partir de la fundación en 1120 de la abadía de Prémontré, por Norberto de Xanten, hijo del conde Heriberto de Gennep, canonizado en 1572, hombre de gran personalidad que en la década anterior había atraído a varios discípulos para que aceptaran un modo de vida canónica basado en el trabajo, la oración y la penitencia y después de que el obispo de Laon le apoyara para que la aplicara a los canónigos regulares de la Regla de San Agustín del monasterio de San Martín de Laon y la oposición de estos motivara una fundación nueva que viviera según las reformas proyectadas, aunque Norberto no habría deseado formar una congregación nueva sino perfeccionar la de los canónigos regulares para que ese cambio cundiese en el clero secular, pues su nivel de compromiso y dedicación eran deficientes.

Finalmente, fundó una nueva casa en un lugar pantanoso en el bosque de Coucy, “prae monstratum” por Dios en un sueño, de ahí el nombre de la abadía y de la nueva Orden, constituida para cumplir cinco fines: la alabanza a Dios en el coro, el ministerio de las almas, la penitencia para la salvación de la propia vida, un culto especial a la Eucaristía y gran devoción a la Virgen María, en una mezcla entre los preceptos canónicos, los dos primeros, monásticos, el tercero, y genuinos premostratenses, los dos últimos. A la muerte de Norberto en 1134 la Orden ya contaba con ciento veinte abadías repartidas por Europa. No son monjes sino canónigos regulares, comprometidos con votos pero también atendiendo la función sacerdotal y desempeñando labores de enseñanza, hospedería y atención a los necesitados. En su faceta de predicadores, prepararon el camino para el surgimiento de las órdenes mendicantes. Se los conoce como “norbertinos” o “canónicos blancos” para distinguirlos de sus coetáneos cistercienses, que también adoptaron el hábito blanco.

Miniatura de 1140 con San Agustín entregándole la
 Regla a San Norberto (4)

A partir de su adscripción a la Orden premostratense el monasterio de Santa María de Aguilar de Campoo quedó bajo la protección real de Alfonso VIII, que al año siguiente confirmó la donación y dotó institucionalmente al cenobio con mecanismos jurídicos de protección y defensa.

Alfonso VIII de Castilla y Leonor de Plantagenet en una miniatura del Tumbo Menor
de Castilla del Archivo Histórico Nacional de Madrid (5)

El primer abad fue Andrés, a la cabeza de una pequeña comunidad basada en la vida disciplinada, el apego al culto y la ayuda a los necesitados, funciones que el rey consideraba que no habían sido cumplidas por los monjes anteriores.

El monasterio se enriqueció con exenciones, como el pago del portazgo, y privilegios reales, como la carta de asentamiento, los derechos de tránsito por las vías que rodean al monasterio, privilegio de coto, derechos de pesca en todo el término de Aguilar, derecho a poblar la zona… así como con donaciones nobiliarias en bienes raíces, con un marcado interés entre los siglos XII y XIII de ciertas familias nobles, seguramente siguiendo el ejemplo de Alfonso VII, prolongado en años posteriores, por entregar bienes al monasterio, aumentando notablemente sus dominios y posibilitándole que pudiera basar su economía en el control de una importante red de molinos en los ríos Pisuerga y Camesa. También hubo compras y permutas realizadas por el propio convento, al que se le anexionaron, como prioratos independientes, San Agustín de Herrera y Santa María Magdalena de Fuentelaencina y, paulatinamente, unas cuarenta iglesias más, convirtiéndose, además, en uno de los hitos más importantes para los peregrinos camino de Santiago, que se detenían a rezar al Santísimo Cristo de Aguilar, obteniendo con ello indulgencia concedida por el papado.

Fases constructivas y excavaciones arqueológicas (6)

La construcción del nuevo monasterio, en tiempos del abad Gonzalo, siguió, en gran medida, la estructura de la planta del conjunto previo. Se cree que la iglesia estaría terminada en 1213, con una ceremonia de consagración del templo en 1222, durante el abadiato de Miguel, con la presencia del obispo de Burgos Mauricio, según consta en sendas inscripciones en la portada en las que se lee:

SVB ERA MCCLI FVIT CONSVMATA ISTA ECLESSIA

ISTA ECCLESIA EST CONSECRATA / PER MANVM MAVRICII / BVRGENSIS EPISCOPI / TEMPORE ABBATIS MICHAELIS / ET PRIORIS SEBASTIANI / REGNANTE REGE / DOMINO FERNANDO / III KALENDAS NOVEMBRIS / ANNO GRATIE MCCXXII

(En la era MCCLI (año 1213) fue terminada esta iglesia

Esta iglesia se consagró por el obispo Mauricio de Burgos en tiempos del abad Miguel y del prior Sebastián durante el reinado de don Fernando III en las kalendas de noviembre del año de gracia de 1222)

Reproducción de la lápida de consagración

También sería de estas fechas la sala capitular y el claustro, con una inscripción en uno de los fustes de una columna a la derecha del vano de entrada, hoy en el Museo Arqueológico Nacional, con la inscripción

ERA M CC XVLII FUIT FACTVM HOC / OPVS, D(ome)NICVS

(En la Era de MCCXLVII (año 1209) fue hecha esta obra. Domingo la hizo)

“Arrancadas estas hojas perdemos otro tesoro inmaterial de incalculable valor, como sucedió en Aguilar de Campoo, donde se destruyeron muchas inscripciones algunas de las cuales homos llegado a conocer por quienes las transcribieron antes de su definitiva pérdida” Navascués Palacio.

En otra inscripción entre los contrafuertes orientales se lee

ERA MCCLVI (año 1218)

Sala capitular

Muro de la fachada sur del claustro con las ventanas del refectorio, donde se distinguen las fábricas correspondientes a los distintos periodos de construcción

En la primera mitad del siglo XIV se registra una grave crisis del cenobio, con una rebelión de monjes contra el abad en 1323, que trasgrediendo el voto de obediencia se unieron con una centena de hombres de la villa, saquearon sus estancias y arrasaron tierras.

Después vinieron las considerables pérdidas territoriales para el abadengo por la mencionada constitución del señorío de Aguilar por Alfonso XI para uno de sus hijos naturales con Leonor de Guzmán, pues casi la totalidad de lo otorgado, que primero le fue entregado a don Pedro y después, a la muerte prematura de éste, a don Tello, estaba situado en la merindad de Aguilar y, en menor medida, en la de Liébana y Pernia. Según el Becerro de las Beherías de Castilla, encargado por Pedro I en 1353, el total de lugares y villas sobre las que el monasterio ostentaba diferentes derechos y posesiones que pasaron al nuevo señorío fueron veintiocho, paralizando el propio proceso de señorialización del abadengo de Santa María de Aguilar.

A continuación vinieron las guerras civiles entre Pedro I, hijo legítimo de Alfonso XI y sus hermanastros, que afectaron directamente a la población porque las tropas reales sitiaron el castillo de Aguilar en persecución de su señor, Tello de Castilla, saquearon la aljama judía y destruyeron los molinos de la localidad, varios de ellos pertenecientes al monasterio, con la consiguiente pérdida de ingresos. La guerra terminó con la ejecución del monarca tras la batalla de Montiel en 1369 a manos de su hermanastro Enrique, hermano de Tello, que inauguró la dinastía Trastámara como Enrique II.

Retrato de Enrique II Trastámara, hermano de don Tello, y su esposa, en
La Virgen de Tobed de Jaume Serra del Museo del Prado

El siglo XV supuso un periodo de tranquilidad para el monasterio pero en el XVI éste se vio sacudido por problemas internos porque el monje que eligió la comunidad no fue aceptado por Retuerta, del que dependía Aguilar. En medio del conflicto, además, Felipe II pensó en disolver la Orden en España y entregar todos sus bienes a los jerónimos porque el monarca la consideraba peligrosa por su dependencia de la casa madre de Prémontré, en su enemiga Francia, y aunque la disolución no se ejecutó, sí se impuso la elección de abades trienales y la separación de la casa madre mediante la fundación de la Congregación Hispánica de la Orden Premostratense, que para Aguilar supuso el inicio de un periodo de auge económico que permitió la ampliación del conjunto provocada por un cambio en las costumbres, pues el dormitorio se consideraba impropio y se levantó un claustro alto con celdas individuales, convirtiendo aquel en amplio salón para uso de los canónigos. A continuación, también se emprendió una ampliación mediante un cuerpo paralelo a la fachada oriental del conjunto y dos alas perpendiculares a los lados formando una U, en las que se instalaron dependencias administrativas, almacenes, cuadras, las industrias molineras y paneras… cerradas por una gran cerca de piedra y verja de hierro monumentales, quedando terminadas a fines del siglo XVIII.

Compás formado por las alas añadidas a la fachada oriental del convento a partir del siglo XVII (7)

Actual entrada al conjunto a través del compás formado por las tres alas añadidas a la fachada occidental

Entrando en el convulso siglo XIX, la Guerra de la Independencia francesa provocó una crisis económica que afectó a la economía de muchos monasterios y también a la de Aguilar, con el convento agobiado por la imposición de un nuevo sistema tributario implantado en 1817. A continuación vino la supresión del monasterio durante el Trienio liberal entre 1820-1823, añadiendo nuevas dificultades para la recuperación económica.

Aun así, en 1824 el Capítulo General de Retuerta decidió fundar un Colegio de Artes o de Filosofía en Aguilar para estudiantes premostratenses y el primer curso comenzó en octubre de 1827 alojando a unos quince jóvenes filósofos, que pagaban una pensión anual, con sus maestros, procedentes de los conventos de Bugedo, La Vid, La Caridad, San Cristóbal de Ibeas, Urdax, Villamayor y Retuerta. Estudiaban en Aguilar dos cursos de Filosofía siguiendo el plan universitario de 1834, con Lógica, Ontología, Física general y Matemáticas en el primer curso y Física particular (con Geografía y Astronomía), Metafísica y Ética en el segundo.

Pero el colegio tuvo una efímera vida, pues al comienzo de la Primera Guerra Carlista, la orientación liberal del abad, el padre Anastasio de Hircio, provocó una primera exclaustración temporal voluntaria en 1833 por miedo al ataque de las partidas carlista de la zona, un caso extraño porque la mayoría de los conventos, alienados con el carlismo, lo que temieron y sufrieron fue el ataque de los liberales. Y este abandono voluntario terminó por ser forzado y definitivo en la Desamortización de Mendizábal en 1835, a través de un decreto que suprimía

“(...) todos los monasterios de órdenes monacales, los de canónigos regulares de San Benito de la congregación claustral Tarraconense y Cesaraugustana; los de San Agustín y Premostratenses, cualquiera que sea el número de monjes o religioso de que en la actualidad se compongan”.

Esta desamortización fue un largo proceso que comenzó con la exclaustración obligatoria y continuó con la incautación de los bienes del monasterio, que pasaban a ser bienes nacionales administrados por el Estado para después ser enajenados definitivamente mediante venta o subasta pública, de modo que los antiguos bienes comunitarios pasaran a manos de propietarios particulares. Así, las tierras del monasterio premostratense de Aguilar y las dos hospederías que regentaba fueron vendidas, pero el edificio conventual en sí no encontró comprador y quedó abandonado, perdiendo gran parte de su patrimonio artístico, como en 1871, cuando la mayoría de los capiteles del claustro y varios de la iglesia, que conforman un excepcional conjunto figurativo de escultura del siglo XII española, fueron trasladados al Museo Arqueológico Nacional, donde todavía permanecen, todo ello a pesar de que en 1866 fue declarado monumento nacional por Real orden del Ministerio de Fomento. Así, a comienzos del siglo XX, el arquitecto Vicente Lampérez y Romea lo visita y escribe:

“Dolor grande produce la visita á la iglesia monasterial de Aguilar. Bóvedas hundidas, sepulcros abiertos, fragmentos esparcidos, cascotes, hierbas parásitas por todas partes, abandono y profanación: tal es lo que se ve allí”.
Grabado de Parcerisa de la fachada occidental de la iglesia a mediados del siglo XIX. Publicado en Recuerdos y bellezas de España: Valladolid, Palencia y Zamora (8). El campanario a la derecha de la espadaña se añadió en el siglo XVIII y se optó por no reconstruirlo en las restauraciones del XX

Fotografía del monasterio en 1908 desde la Peña Longa (6)

Fotografía actual del monasterio desde la Peña Longa (9)

Esta situación de ruina no varió después de que en 1914 el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes volviera a decretar su declaración como monumento nacional, de ahí que en 1921 Miguel de Unamuno escribiera en Andanzas y visiones de España:

“¡Las ruinas de Santa María la Real, convento que fue de premonstratenses! ¡Ruinas! Ruinas en que anidan gollorios y gorriones, piando alegría de vivir fuera de la historia, y allí cerca discurre sobre verdura el agua clara que baja de riscos calizos. Y las ruinas siguen arruinándose. Faltan capiteles que han sido llevados al Museo Arqueológico de Madrid. Es la tala de la ciencia ¿Ciencia? Y del mismo modo va yendo España toda al Museo. Y un Museo es el más terrible de los cementerios, porque no se le deja en paz al pobre muerto, Y luego ruinas de cementerio, ruinad de tumba (…) ¿Bastaría decir que hubo que declararlo dos veces Monumento Nacional para evitar su total destrucción y expolio? ¿Sería necesario recordar que, puesto a la venta en subasta tras la exclaustración, y también por dos veces, nadie lo quiso comprar ni siquiera para aprovechar sus materiales como se hacía habitualmente? ¿Es preciso señalar, que siendo Monumento Nacional por vez primer (1866), la propia administración central le arrancó de modo inmisericorde parte de sus más bellos capiteles para vestir unas salas del Museo Arqueológico Nacional de Madrid, mutilando el monumento de modo irreversible? ¿Tendría razón para hacerlo, a juzgar por el testimonio del arquitecto e historiador don Vicente Lampérez (1908), quien cuenta que los capiteles que quedaron en su lugar fueron “vendidos por quien ningún derecho tenía a ello; y otros son objeto de mutilaciones periódicas, porque las mujeres de los contornos han descubierto que la arena que de ellos se obtiene raspándolos ¡es magnífica para fregar suelos!”?”.

Fotografía del claustro en ruinas tomada de un panel informativo en el monumento

El claustro en la actualidad

Durante la II República empezó a intervenirse en el monumento y se restauró el tejado de la iglesia, pero el proyecto se vio interrumpido con la Guerra Civil, cuando el maltrecho edificio fue utilizado como improvisado cuartel, sufriendo más destrozos todavía.

Fachadas sur y este del monasterio en la década de 1910 (8)

En 1955 la Dirección General de Bellas Artes se hizo cargo del monumento y financió una primera campaña de restauraciones a cargo del arquitecto Anselmo Arenillas Álvarez, jefe de la segunda zona de monumentos, que duró hasta 1968 y en la que se desmontaron y armaron partes completas buscando un pretendido purismo románico, con profundas modificaciones que provocaron “falsos históricos” con apariencia de autenticidad. En la primera fase se desmontó el coro alto del siglo XVI a los pies de la iglesia, perdido para siempre, se repararon sus cubiertas y se remodeló todo el suelo sustituyéndose todo el enlosado de piedra de los enterramientos por una capa de doble rasilla y hormigón, otra pérdida irreparable.

Fotografía de la nave central desde el sotocoro antes de la
demolición del coro, con el ábside mayor al fondo

Nave central desde el crucero antes de la demolición del coro (6) y en la actualidad, sin el coro a los pies

A continuación se desescombró el claustro y se encimbraron sus bóvedas y arcos para evitar su hundimiento y se recalzaron los contrafuertes y se convirtieron en pilastras intentando homogeneizar con la planta superior del siglo XVII y se levantaron zunchos de hormigón para colocar o sustituir los sillares y dovelas caídas de bóvedas, arcos y fustes de columnas. También se limpiaron los muros, se añadió piedra arenisca de color rojizo ajena al resto de la fábrica del monasterio y se utilizó mortero de cal y hormigón.

Estado del claustro durante las intervenciones de Arenillas, con los contrafuertes convertidos
en pilares para que "homogenizaran" con la parte superior para después terminar
desmontando ésta (6)

El claustro en la actualidad, recuperados los contrafuertes inferiores y la galería superior

En la segunda fase se desmontó el claustro alto por no ser románico pero, afortunadamente, no se llegó a reutilizar su aparejo para reforzar los muros medievales de las crujías este y sur. También se retiró y clasificó todo el aparejo de la panda este, sus seis bóvedas y la sala capitular y la rampa de una escalera del siglo XVIII que se había construido dentro de ella para subir a los dormitorios del claustro superior, y se armaron de nuevo la fachada occidental, las bóvedas del claustro y la embocadura de la sala capitular. A continuación se repuso por completo con sillería nueva una bóveda de la sala capitular, dos arcos, una pilastra de esquina, cuatro tímpanos del claustro bajo, siete antepechos del alto, diez cornisas y seis arcosolios.

En 1978, gracias a la iniciativa privada, se creó la Asociación de Amigos del Monasterio de Aguilar, que consiguió involucrar a las instituciones privadas y públicas para iniciar una segunda etapa de restauración dirigida por el arquitecto José María Pérez González, Peridis, en la que ya no se aplicó el criterio historicista sino el didáctico y funcional, pues pretendió reconstruir pero también rehabilitar y crear espacios para nuevos usos. Aunque en paralelo a este proceso se hicieron excavaciones arqueológicas en la cocina, refectorio, cilla, corredor sur del claustro, capilla del Abad, entrada y patio de acceso al monasterio, en muchos puntos se removió sin criterio arqueológico y se hicieron zanjas para distintos fines, como acometidas de agua y luz, que produjeron grandes destrozos.

En cuanto a la restauración, en la iglesia, la sacristía y el claustro se siguieron criterios miméticos, volviéndose a montar el claustro alto y la espadaña, y para el resto de estancias, como el dormitorio común, el refectorio, la cilla o las alas modernas, se optó por el uso de materiales contemporáneos (hormigón, ladrillo, acero o gres) para reponer lo suprimido aunque dejando evidencia de que eran intervenciones.

Dormitorio primitivo común antes (10) y después de las restauraciones dirigidas por José María Pérez González

Primitiva fachada oriental del siglo XIII, con los contrafuertes de la cubierta del dormitorio y pasarelas voladas acopladas al ala añadida a ese lado en el XVII, a la que se le aplicó una techumbre plana con claraboyas cenitales y que hoy es zona de distribución del instituto

En 1984 ya pudo acoger un Instituto de Enseñanza Secundaria, en 1985 empezó a funcionar una Escuela Taller de formación arquitectónica y arqueológica enfocada a completar la restauración del monasterio. En 1988 la Asociación recibió el Premio Europa Nostra y derivó en el Centro de Estudios del Románico, que en 1995 se convirtió en Fundación Santa María la Real-Centro de Estudios del Románico, con sede en el propio monasterio, y en la actualidad se denomina Fundación Santa María la Real de Patrimonio Histórico y acoge el Museo ROM: Románico y Territorio en la sacristía y el templo, exponiendo maquetas y reproducciones de capiteles que están en el Museo Arqueológico nacional.

Maqueta de la colegiata de San Salvador de Cantamuda, icono del románico palentino. El pórtico sur se añadió en el siglo XVI y la torrecilla de la escalera para la espadaña en el  XVII

Maqueta de la ermita de Santa Cecilia de Vallespinoso de Aguilar, una de las más interesantes del amplio patrimonio románico de Palencia

La Fundación ha convertido el monasterio, declarado Bien de Interés Cultural con la categoría de Monumento en 2014, en emblema de un ambicioso proyecto de desarrollo para conocimiento del románico y de dinamización cultural y social, con múltiples actividades y gran prestigio nacional e internacional.

Las dependencias agrícolas, que estaban ante la fachada occidental, fueron habilitadas como hotel.

Jardín del hotel habilitado en las dependencias agrícolas ante la fachada occidental

Dejo para un próximo artículo una reposada visita por todos los recovecos de este majestuoso monumento.

Además, si queréis ver otros artículos de PALENCIA en Viajar con el Arte, podéis hacerlo abriendo este enlace.

Y para finalizar, quiero dar las gracias a la Fundación Santa María la Real de Patrimonio Histórico por su invitación para conocer el nuevo proyecto de viajes culturales de Cultur Viajes, la agencia vinculada a la fundación especialista en la organización de itinerarios a destinos cultuales relevantes de España y Europa. 

Imágenes ajenas:

(6) MATESANZ VERA, P. “Arqueología y restauración arquitectónica: el caso del monasterio de Santa María la Real (Aguilar de Campoo, Palencia)”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología, nº 21, 1994, pp. 313-340.
(10) Historia del Monasterio Santa María la Real, Fundación Santa María la Real (pdf sin autor ni fecha) https://studylib.es/doc/4852944/monasterio-de-santa-mar%C3%ADa-la-real-de-aguilar-de-campoo--p...).

Fuentes:

MATESANZ VERA, P. “Arqueología y restauración arquitectónica: el caso del monasterio de Santa María la Real (Aguilar de Campoo, Palencia)”, Cuadernos de Prehistoria y Arqueología, nº 21, 1994, pp. 313-340.
BALADO PACHÓN, A. y MARTÍNEZ GARCÍA, A., “Recientes excavaciones arqueológicas en el monasterio de Santa María de Palazuelos (Valladolid)”. En WATTEMBERG GARCÍA, E. (coord.), Conocer Valladolid. VIII Curso de patrimonio cultural 2014/2015, Valladolid, Ayuntamiento de Valladolid, 2015, pp. 37-52.
GONZÁLEZ DE FAUVE, Mª E., La Orden premonstratense en España. El Monasterio de Santa María de Aguilar de Campoo (siglos XI-XV), Aguilar de Campoo, Centro de Estudios del Románico, 1991.
HERNANDO GARRIDO, J. L., Escultura tardorrománica en el monasterio de Santa María la Real de Aguilar de Campoo (Palencia), Aguilar de Campoo, Fundación Santa María la Real, 1995.
Historia del Monasterio Santa María la Real, Fundación Santa María la Real (pdf sin autor ni fecha) https://studylib.es/doc/4852944/monasterio-de-santa-mar%C3%ADa-la-real-de-aguilar-de-campoo--p...).
HUIDOBRO SERNA, L., Breve historia y descripción de la muy leal villa de Aguilar de Campóo, Palencia, Institución Tello Téllez de Meneses, 1954.
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Comentarios

Calamidad ha dicho que…
(Estaba siendo un lunes típico, aburrido incluso, hasta que me ha dado por venirme a tu blog, Sira. ¡No sé cómo agradecerte este post tuyo más allá que dándote las gracias!)

Igual lo cuentas en la segunda entrega, porque seguro que ya lo conoces, pero ¿sabes cómo llamamos aún en estos días los aguilarenses a Santa María la Real? El convento caído. A mí me quedan pocos recuerdos de verlo hecho una ruina, pero mi padre todavía me contaba que de pequeño les mandaban allí a por madera para atizar la cocina (circunstancias de la pobreza extrema -y la ignorancia también extrema- que les trajo la guerra).

Parece increíble que estando como estuvo, esté hoy como está.

Esperando con ansia la segunda entrega... :-D :-D :-D

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